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  4. Era de madrugada. El cielo había llorado tras los inclementes fajazos que se desprendían iracundos en forma de rayos con vislumbres brillosos y zigzagueantes. Los regaños que daba Dios con las voces de los truenos desde las nubes refunfuñonas dejaban entrever claramente que solicitaba con urgencia a la humanidad, una exhaustiva rendición de cuentas. El eco de su descontento rebotaba, dejándose sentir fantasmagóricamente tras de las cúpulas de los torreones altos que resguardaban a los campanarios de la inexistente 'iglesia de los milagros'... allí, donde -muchos saben y otros dicen- yacen catapultados los sueños agoreros, las pesadillas y los asuntos no resueltos.

    Todo aquel temporal temerario amainó poco a poco. Se aplacó como si san Francisco de Asís, se hubiese soltado de la cintura su beatífico cordón; o como si el resto de sus colegas -en grupal genuflexión- se le unieran elevando al Creador una oración.

    Estoy sentada vertiendo mis ideas, no con lápiz y papel como es mi costumbre hacer, sino que aprovechando que tengo entre mis manos el minúsculo teclado de mi teléfono celular, con el que aprovecho para escribir y no dejar escapar, lo que la mente proyecta rápidamente en las burbujas fluctuantes de los cuerpos efímeros que dan vida a la fugacidad etérea de los pensamientos.

    Mis ojos se detienen para observar por momentos las escenas del trópico que se proyectan desde la pantalla semi enmudecida de mi televisor. Me desconcentra el débil canto de los pajaritos que, posados en las ramas de los árboles frutales, con las tonalidades coloridas de sus plumajes, realzan más -de las hojas- su verdor.

    Aterriza de nuevo mi mente en su extenso cavilar. Afuera, se puede sentir al viento que circula con el carácter descompuesto... resopla como un torete que, enfurecido en el ruedo circular y arenoso de la barrera, se dispone a embestir al torero elegante que sostiene en sus manos el paño rojo que a su mirada aturde. Es ululante y rabioso su andar, lo que me permite imaginar las caras de sus rachas embravecidas; entonces, se redirigen mis pensares hacia las torres de esa iglesia construida con ladrillos de neblina, donde sólo quien posee una fe ciega y apasionada, llega a postrarse de rodillas -a solicitar los favores del Señor de Señores- como todo un penitente que se ha hundido en los pantanos de su 'mea culpa'-; y, sigo conjeturando frente a esa escenificación humeante, con la vista extraviada en los cuerpos enormes y regordetes de las doradas que cuelgan con la boca abierta, dejando ver sus badajos dormidos, impávidos, pasmados y yertos, simulando cíclopes de ojos secos, fríos e invisibles que me ven recelosos y pendencieros.

    Siento el susurro de una voz suave -que asumo pertenece a uno de los tantos espíritus alados y divinos que a diario me acompañan-. Esa vocecita me indicó sutilmente, al oído interno del subconsciente, que alzara la mirada para analizar los movimientos que daba la flecha de hierro que se mecía descontroladamente en lo alto y hacia todas las direcciones, como tratando de detener -junto con el gallo trémulo y famoso que le hubieron insertado en la punta- la furia de las descargas eléctricas célicas, que al caer iluminaban el cucurucho más alto de aquel templo imaginario. Era como si deseara con afán sacudirse en cada giro, a un joven Güiz que decidido cantaba sus endechas proféticas; mientras, el pararrayos, como hechizado, seguía bailando al son que llevaba el conjunto de los arpegios de los pianos de madera y de los bongos -que nunca se supo quiénes los tocaban-. ¡Qué indómito vaivén! Irónicamente en las orejas ensordecidas de los moribundos, un ente desconocido y volátil murmuraba lo que sabía de los tales sonidos lastimosos y someros.

    El destierro de las almas al paraíso o al inframundo se siente cuando la aurora aparece tras los débiles reflejos que soltó la luna agraviada por tanto desconsuelo, vomitado la noche anterior por la garganta del cielo. A las seis de la mañana, se desvanecieron los efluvios que se zafaron como un hálito piadoso de los labios delgados de Selene, agradeciendo por aquel amanecer prometedor, lleno de rosicleres. El astro rey, asomaba su faz llena de gloria desparramándose como rocío hacia el corazón de la flor o como lágrimas de velas erguidas y enteras, cayendo petrificadas sobre todo lo que me circundaba; de repente, se escuchó el doloroso "dingdongneo" desorientado y funerario que daban los inmensos gongos de acero fundido, anunciando el deceso de cientos de seres humanos que sin querer y sin darse cuenta, en un suspiro, partieron a la eternidad... unos, por dolencias conocidas y, otros -en su gran mayoría- por la virulencia coronada de la fatalidad, el COVID19, sinónimo de mortandad.

    Y, en este ínterin el planeta completo aprovecha y se sanea; la existencia de la raza humana, entera, se tambalea. No hay al momento nada que detenga al mal que nos ataca sin clemencia. Los rebrotes de la plaga están y seguirán a la orden del día por la falta de consciencia.

    ¡Hemos de acostumbrarnos a la nueva realidad! -así clama la mayoría que no acepta la verdad y exige su derecho de circular en libertad- pero, si no hacemos el intento de seguir con disciplina lo que debemos de hacer para paliar este mal, seguirá en su apogeo la peste y será un cuento sin final; faltará tierra para sepultar tantos cadáveres en los cementerios; y, hay que enfatizar que ya no hay cupos ni camas disponibles para los infectados que están rebasando la capacidad de los centros hospitalarios. El personal médico yace cansado de tanto explicarnos lo que está bien o mal; sin embargo, ellos no se rinden ante nuestra irresponsabilidad... debemos estarles agradecidos eternamente por seguirnos atendiendo con sacrificio y buena voluntad.

    Es menester, pues, estar atentos... no olvidarnos de meditar o de orar debería de ser un hecho, ya que: "todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá", según lo escrito en la Santa Biblia por san Mateo, capítulo 7, versículo 8.


    ©Katia N. Barillas
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