1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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    El día que Supermán se enganchó a la marihuana
    en mi reino descorchábamos caprinos
    desde los campanarios, aplaudíamos
    el acuchillamiento de mamíferos
    astados y practicábamos el hara-kiri
    (en vivo) a los cerdos.
    Por aquellos años yo dibujaba sueños
    y odiaba a los niños con olor a mierda
    de vaca, que chorreaban hostias
    tras la cerquilla aledaña a un colegio
    de piedra podrida (materia de sus progenitores
    y enlatados cerebros).
    En la primera cadena explotaba el espíritu
    de la paloma, en doble estéreo
    e improvisadas distorsiones a una sola mano.
    Nuestros padres se emborrachaban
    con vino de rosas y aromas de sangre
    seca: solera que hervía
    la bodega de las parroquias obreras y
    la festividad anual de la casa de campo.
    En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
    aún les sangraban los himnos a capela,
    se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
    y los anuncios musicados de nocilla.
    Ya entonces se fraguaban cambios terminales
    en el córtex de los barrios,
    mientras los negritos del Colacao
    del lejano sur
    se empeñaban en seguir muriendo
    antes de los cuarenta. La floreciente
    dislexia existencial ya presagiaba el apocalipsis
    en los imberbes pechos. Los camellos de los lacoste
    acumulaban matrículas de honor
    en inDerecho y ciencias políticas.
    Todos remaban hacia el horizonte
    que dictaban el anti-inmovilismo social
    y las feromonas de ocasión.
    Más tarde,
    yo aún aprendía a abrocharme los verbos
    en frecuencia modulada, engordando a golpe de uña
    y lengua la lista de mis futuros crímenes
    contra la humanidad
    y la línea crediticia del Corte-inglés.
    A las estatuas se les cayeron los anillos,
    y a otros
    el reloj del amor por las alcantarillas
    de algún paraíso en rebajas...
    Y Supermán, ya desintoxicado,
    estrellaba sus lágrimas de acero
    contra el techo del planetario
    de su vieja ciudad technicolor.
    Allá por mi reino, aún se mojaban los sexos
    y se empalmaban los miembros viriles
    de los machos ibéricos
    cuando algo de cuatro patas doblaba
    el esqueleto, y derrumbaba su sangre
    por la tierra. ...Pero, por aquel entonces,
    yo aún seguía creyendo en superhéroes
    que fundían con su mirada láser a los malos.
    Años después
    yo seguía digiriendo padres,
    yo seguía escondiendo venas,
    y yo seguía dibujando sueños...

    _________
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  2. `


    Venías con una flor salada en la cara
    y aquella mochila,
    presumida y amaestrada:
    devoto apéndice y jovial
    guardaespaldas de tus andares.

    Y ese océano ineludible
    de tus ojos,
    que traía al mismo sol
    bajo su mando,
    derritiendo mi ultra estudiado/insolvente
    guión diario,

    ...remolino estelar que desencajaba
    y al segundo se tragaba
    de un solo bocado
    la horma de mis tan trabajadas
    seguridades de tiza
    y cristal caramelizado.

    Venías con un centro comercial
    de feromonas
    emboscando a la estruendosa
    y babeante nidada adolescente,
    con la hisca de tus brillos
    y no transparencias afiladas,
    venenosas,
    subrayando a pincel
    esa rima prolífica
    que era tu cuerpo
    de diosa juvenil.

    Solíamos surfear en las orillas
    de aquel instituto,
    para envidias insanas
    de fantasmales
    y multiclonados transeúntes,
    desalados y unicolor.

    Aquella primavera, cuando tú,
    con esa playa en tus labios,
    aliviabas mis prematuras
    arcadas existenciales.
    Entonces espolvoreabas
    tu adictiva y candente seda
    sobre mis alas de zángano azul.
    Alguna vez, también te llovías
    a mi espalda, y entonces
    yo moría varias veces
    (hasta la siguiente cita)
    en un interminable invierno
    de veinticuatro horas.

    Intuíamos el frágil
    desequilibrio de aquellos días
    entre ecuaciones de pétalos impares,
    gramáticas furtivas y silenciosas,
    maremotos familiares
    y otros arrecifes
    inevitables de la edad.

    ¡Cuánto surfeábamos
    en esas tardes de lunas rosas
    que aceleraban mis arterias
    e insuflaban sus palpitantes
    atolones emergentes!.

    ¡Cuánto confluían en mi estómago
    aquellos puertos nocturnos
    y sus tormentas de mariposas carnívoras,
    desinventando los relojes
    tras cada poro
    de nuestro inverosímil reino
    de cera, salumbres y miel!

    Luego regresó el frío.
    Y yo ya solo podía ver
    una aleta de tiburón
    rondando la sopa
    a la hora de la cena,
    una boca de cocodrilo
    dibujada en tus labios
    que ya no me veían.
    Y junto al viejo acantilado de hormigón
    y aquel último rayo de sol
    hincándose en mi pecho,
    aquellas náuseas
    de escolar en su primer día
    de colegio.

    Y entonces las olas se desinflaron
    junto a mi risa.
    La playa me gruñía.
    Y otra vez volví a mi esencia,
    a mi versión original
    de náufrago,
    ...o de común -y eterna-
    sardina gris,
    orbitando a coletazos
    entre el tráfico ciego y hambriento
    de la desencantada
    y mate ciudad

    sin mar.

    ______

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  3. [​IMG]


    ¿Quién dice que no existen...?

    ¿...Cómo que nunca has visto a ninguno?

    Ellos:
    Nunca van a la moda.
    Visten sin demasiado estilo.
    No usan pieles o marcas caras
    ni brillan a primera vista.
    Combinan bien con playas solitarias,
    atardeceres anaranjados,
    súbitos chaparrones primaverales
    y otros amables entornos.
    No son dados a apreturas innecesarias.
    Esgrimen anchas hombreras,
    doctas en apuntalar estragos
    y alojar soledades,
    y un calzado que agarra fuerte
    pero no pisa.

    De lágrima dulce
    y matemática sencilla,
    sus ojos lucen inequívocamente,
    entrañables,
    entre rasgos templados,
    bellas e incorruptibles arrugas,
    orgullosas cicatrices
    u hondos cambios de rasante.

    No se esconden
    y tampoco hacen mucho ruido.
    Iluminan si apagones,
    eléctricos o existenciales,
    los rincones, trampas,
    prefabricadas cuevas
    y las largas noches sin luna
    (pues siempre llevan en la manga
    alguna de repuesto)
    Pueden oler a ascua o a musgo,
    a pastel de manzana,
    a pelo de perro,
    a café con brandy bajo la nieve de enero;
    pero sobre todo apestan a vida.

    No tienen alas, pero parecen levitar,
    y cuando se estrellan (a veces lo hacen)
    su sangre y sus vísceras
    evocan a gaitas y amapolas.
    Mas nunca se pudren en el olvido,
    pues su estela de luz queda tatuada
    cual sonrisa permanente en el aire,
    en la memoria imperecedera del mundo.

    No llenan estadios ni son portada de informativos.
    No blanden arpas ni adornan las iglesias,
    pero todos les reconocen
    menos los ciegos (y no precisamente
    de vista).
    Muchos se van demasiado pronto,
    otros llegan a viejos,
    pero todos ellos residirán por siempre
    en las retinas de los que un día
    se los encontraron por casualidad,
    de aquellos que cruzaron
    unos silencios con ellos.

    Usan sus cuerpos y su voz
    de copa, como aeropuerto o de abrigo.
    Y sus manos, tan suaves como firmes,
    patrullan la primera fila de las cornisas,
    los pretiles de los puentes,
    los túneles interminables
    y otros miradores verticales
    u horizontales al vacío.

    Oyentes vocacionales y devotos.
    Reparten coartadas, y por principios
    se confiesan culpables,
    ...aunque solo en parte.
    Navegan con la misma vela
    por mares a una gota de explotar
    y por otros mansos
    (de esos que se dejan cambiar el agua
    cada cuarenta días).

    También les duelen las muelas,
    odian el rechinar de las banderas
    y la subjetiva rectitud de los alfiles.
    Tienen sus pequeños vicios y maldicen
    (como todos)
    cuando se golpean con el pico de la mesa.
    Juzgan poco y jamás dictan condena,
    debido a su naturaleza sabia.

    Frecuentan el infierno y los hospitales,
    no tanto convenciones,
    (mucho menos palcos o mítines).
    La mayoría de las veces
    van en cuerpos y mentes ajenas,
    ajenas por supuesto,
    a cuestiones metafísicas
    sobre ángeles y cielos...

    ¿Y seguro que nunca conociste a ninguno?

    ___________
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  4. `

    -Ya sé que un día habremos de reflotar
    esos versos que duermen en el armario
    prohibido. Bucear entre las zarzas negras
    que bailan en los cajones de las noches rotas,
    que escapan y rondan como polución
    dolorosa de los sueños fríos-

    Y hoy ando de nuevo
    despotricando lluvias y agostos,
    defraudador honorario del destino
    in-adulto y descafeinado.
    Barroco de rocíos y taras.
    Hoy vengo otra vez
    deficitario de estrellas,
    desaprendido de constituciones
    y moralejas,
    prejubilado de escaparates
    y puntos suspensivos.

    A veces
    cuando lloro en seco
    y tuteo al vacío
    alguien que se parece a mí
    emerge desde mi sombra,
    y me recuerda
    que la felicidad es un eufemismo,
    que soñar que la luna fuma
    y brinda conmigo
    cuando los girasoles no miran
    solo era una maldita metáfora
    de mi cadencial timidez
    bien acostumbrada.

    Y vuelvo a perseguir
    religiosamente los infiernos,
    llegando impuntual
    a todas las primaveras y ultimátums.
    Sondeo sirenas moribundas
    en charcos con nombre de mujer
    donde tiemblan
    sobremanera las mañanas
    y fermentan lágrimas
    autómatas y furtivas;

    ...donde ícaros de alcantarilla
    fibrilan taquicardias bajo la lluvia.
    -Poetas del tuétano-
    Pretéritos y decimales;
    lácteos y paridos de octubres
    con el ala encadenada
    a la gravedad de su abismo,
    (como náufragos que aman su isla).
    Remolcando algún huracán
    de antiguas palomas
    y medias tintas
    en los bolsillos traseros
    de un pantalón desajustado
    y desteñido.

    Y es que siempre he portado
    una antorcha adicta a las tormentas
    y un niño ovillado bajo la cama;
    una virtud acomodada
    al defecto de no reconocerme,
    un pueblo pequeño junto al mar
    en el calendario
    y el escarnio de un espejo que juega
    al escondite con mi risa.

    Porque viajo con una puerta giratoria
    con vocación de horizonte a cuestas
    justo a la diestra
    de mis patentados desvaríos;
    una telaraña por paraíso,
    una disidencia de cremallera
    guardada en el último vagón
    de inextinguidas adolescencias
    y alguna canción
    con barba de más de cuatro días.

    Y es que arrastro un desorden
    de insolvencias y lubricidades
    bullendo tras el ocaso arrugado
    de un cuaderno amarillo.
    Cien pirañas anarquistas
    que se relamen con mi terror
    a vientos sin veleta.
    Una necesidad de nubes en el pecho
    y una ruina de ambulancia
    en la cartera.

    Porque hoy siento
    un precipicio de lunas
    en el costado herido de mi alma animal,
    una explosión nuclear de silencios
    y tierras movedizas
    bajo mi estancia,

    y por más que despierto

    ...no amanece.


    * * * * * * * * *




  5. Subir el volumen
    del silencio

    hasta quebrar los cristales

    de una verdad empañada,

    para caer

    con las venas sedientas
    -y sin red-

    sobre un mar orquestado

    de incógnitas escamadas
    y sin piernas.



    Oír respirar a la tierra.

    Confundirse con el papel.


    desnudarse en tinta.


    Empaparse del rojo
    -y primigenio-

    cimbrar del fuego.



    Sudar todo el humo
    de los ojos
    hasta ver amanecer

    los primeros bastiones

    de
    un esqueleto

    esculpido de luna
    y légamo.



    Agonizar de pura vida.

    Inhalar la oscuridad.

    Madrugarse cada noche,

    hasta que los sueños
    sueñen el día contigo.




    Desahuciarse de fe,
    despojarse
    de pasado
    y
    futuro.


    Desajustar la gravedad.

    Desenterrar nubes
    ya oxidadas.

    Descoyuntar el tiempo
    entre la arena
    de un reloj
    demente

    sin rostro y

    sin horas.



    Comandar el caos.

    Opositar a viento,

    a pájaro,

    ...a luz.



    Reencarnarse en río.

    Conquistar la nada.


    Zambullirse en el nunca.

    Y nadar hacia dentro.



    Correrse de músicas.
    Nutrirse

    de multitudes,
    de soledad.

    Y morirse de mentira
    para sobrevivir

    al ácido de la rutina

    de cualquier submundo
    y sus sombras.



    Ensalivar la corteza.

    Besar el tronco.

    ¡Arrancarse de raíz!,


    para, finalmente,

    y
    en un último acto necesario
    de

    transgresión
    existencial:

    Abrirse a la tormenta


    ...y contagiarse de cielo.


    * * * * * * * *

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  6. [​IMG]


    Y otra vez entre la tuétano y la ola.
    Entre el rayo que dicta prontitudes
    y el dulce suspense de las ascuas.

    De nuevo, por esta rambla, achicando vientos,
    del niño y esa cometa
    que sufrían de vértigo,
    de precipicios hermanos,
    de enjambres abiertos las veinticuatro horas
    y de blancas y parkinsonianas efemérides
    removiendo latitudes, estaciones...
    a pie de letra
    a flor de piel .

    ...Enclavados souvenirs de metrallas adolescentes,
    de sedas con sonrisa de cascabel,
    sanguíneas, solubles y sanguinarias.


    Otra vez acelerando el polvo.
    Circuncidado el nervio
    que alegra el hígado y el horizonte,
    que destiñe por las bocas y los dedos,
    que derrama lunas sobre la castidad
    de los inconformes
    (y no sabe de píxeles, de dioses
    a color, ni auroras).

    Y otra vez, otra maldita vez...
    ante esa muerte escondida
    entre las flores,
    entre el silencio de los vivos:
    Donde rememoramos
    la ternura de los dragones
    y la virginal curvatura
    del agua oxigenada.

    De nuevo (de viejo),
    navegando a gatas
    entre la vigía azul de los locos,
    la inexpugnable agorafobia
    de los dictiópteros y las verdades,
    las recámaras estúpidas del asfalto,
    el humo rosa y pretencioso de las ruinas
    que les calienta y nos hierve.


    Y otra vez regreso al lugar
    donde abrevan los unicornios
    y vuelan las bicicletas,
    donde siempre vuelven
    a hundir mi última nave
    (hoy puerto/ o isla) de papel;
    donde siempre cae y se ahoga
    el sol (irremediablemente)
    descoyuntado (como yo)
    entre dos aguas,


    ...en un vodevil de sombras,
    gemelas,

    sudorosas y arremangadas.


    ************
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  7. [​IMG]
    fotografía de John Stanmeyer


    En tierra de nadie
    el jinete vencido espolea
    el lomo de una bestia
    dormida.

    La lluvia seca
    destapa
    la certeza del hueso.

    Lleva la venganza del frío
    y
    la espina negra de la salumbre
    infligidas en la mirada.

    Porta en sus sombras
    el equipaje de un sueño vital
    sin memoria de alambre

    pero
    con la experiencia terrible
    y azul del mar
    agarrada en las venas.

    -----------

    El jinete clava
    su semilla de acero
    en el vientre
    aletargado de una roca
    vedada
    a sangres extranjeras.
    (La montaña gris no entiende)
    y su corazón es una inversión
    regalada
    de crisol y futuro.

    Acumula el rebufo
    de la noche
    en el litio de sus ojos.
    El vagido de los cristales
    oscuros
    será su montura,
    su continente
    y
    su palabra.

    -----------

    Los jinetes
    cabalgan en círculos
    al ralentí
    de vértices y olvidos,

    de culpas
    y mierda entretejidas

    ...pero la ciudad
    no les comprende,
    la Urbe
    no les perdona.

    -----------

    En otras tierras de nadie: todos
    yerguen sobre árboles,
    exentos de albarán /ni savia
    su bandera;
    todos quieren
    grabar su paraíso
    en el viento,

    y el viento les devuelve
    (en forma de pregunta):

    la incertidumbre de su piel,

    las psicofonías de sus raíces,

    ...el afilado y
    penetrante
    silencio de las piedras.

    -----------
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  8. [​IMG] [​IMG]


    Trozos de memoria son hoy despintadas cicatrices
    desde cunas percutidas: Hologramas de zombies,
    sementales, divinas y caqui desfilando
    por los ocasos rosas de Malasaña.

    Y entre los cráteres dentados que bostezaban
    espectros de fenol: rojeces vítreas y torpezas
    de cebada. Urgían urgencias innobles sobre
    aquellas aceras encendidas donde cada madrugada
    alternaban sin pudor tigres y mariposas.

    Residuos del ayer enterrados bajo el ámbar
    opaco del asfalto burbujean hoy entre el coral
    de la decadencia. Simbades eunucos en scooter,
    escotes de neón y sus horizontes infinitos:
    Transgresores del canon y el subconsciente.
    Albos y demacrados kamikazes esquivando
    amaneceres en los irretornables andenes
    del vacío.

    Ya sucumbieron las arrogantes cuerdas de romper
    el viento. Volaron hasta la Osa Polar las oxidadas
    palomas tras nebulosas azules y labios de fuego
    con sabor a refugio, a leyenda o sandía.

    Entes que embadurnaban de poesía los urinarios
    del corazón anidando en aglomeraciones de soledad,
    regurgitaban el dulce agave de la juventud inédita
    entre mármoles de manzana y hollines plastificados.

    Polen de luna mutado en pólvoras de aguja.
    Esqueletos de luz adheridos al alcohol de ladrillo
    que destilaban las viejas fábricas con vistas
    al infierno. Despegaron en alfombras voladoras
    y cuarteadas crines hacia Pacíficos convulsos
    y definitivos.

    En aquel jurásico de vinilo y peppermint cayó
    un meteorito escoltado por glamurosos rayos
    de éter y marfil.
    Arca de dragones multicolor lucía sienes de
    diamante líquido. Cáncer digital, inmunodeficiencias
    del tiempo, devoraron a sus vástagos esmeralda
    en la clausura de los sueños.

    Yacen hoy sus sombras en las globalizadas
    calas de la desubicuidad, sobre los podridos
    dinosaurios del neobudismo y sus ergofóbicas
    hembras de fulares apátridas.

    En mausoleos de alquitrán envejecen los herederos
    de la noche blanca;
    llaman a las puertas de un cielo a cobro revertido
    y sin respuesta. Autoestopistas del verso libre
    oteando soles verdes en un desierto de escamas
    y cenizas submarinas. Gurús del underground,
    engendros de la utopía y su estela de humo púrpura
    recorren hoy deformes,
    indiscernibles, las riberas del olvido.

    -----------

    En la buhardilla donde encallan los relojes
    y florecen los alacranes
    la princesa arrugada desamarra una estrella
    desde la galaxia de sus ojos
    y
    (junto a su séquito de adiestrados brillos)
    entreabre el cristal de su epígrafe;
    disemina por la ciudad los efluvios de un subrepticio
    y felino susurro a modo de lágrima,
    (la ciudad le revierte un eco de muda oscuridad).
    La princesa bella duerme para rememorar
    la llama, el beso inaugural y genuino que un día
    prendió el silencio
    Y duerme su destierro de luces,
    y duerme su destiempo de alas

    ...y duerme.

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  9. Hay un hombre que se muere por la boca,
    un hombre que le sobran razones para callar,
    un hombre que tiene motivos de sobra para gritar.

    Que se ahoga en un puzzle de conceptos y de estrellas,
    que cree que la niebla tiene orejas (y que le oyen),
    que sabe que tras lo oscuro no habitan sombras con dentadura
    y hambres de lobo.

    Hay un hombre que a ratos precisa y profesa de dioses y métodos
    que justifiquen su descomunal pequeñez;
    que bendigan su intolerable instinto de bestia,
    y que le permitan fotografiar desde alguna luna de Júpiter
    el arco iris de sus tribales y deshilvanados hormigueros de hombre.

    Hay un hombre que necesita de otros hombres
    y también de mujeres:
    mujeres con halo y brisas de madre,
    de mujeres que alteran las mareas.
    Un hombre que necesita orgasmos
    tibios y sencillos (de los de andar por casa)
    (los otros los guarda en el cajón donde crujen y se pudren
    recortes de cielo y sus perdices momificadas).

    Que también necesita tormentas de vino y litros de olvido,
    toneladas de paciencia,
    gramos de ilusión,
    moralejas de postre y bandas sonoras para llorar
    y para llevar.
    ...Que necesita también alas de plastilina
    y paredes con olor a isla y a humo,
    espejos y sus ismos,
    paréntesis, brújulas y ventanas, poesía y pistolas
    (estas últimas cargadas de insultos expectorantes
    y transgénicas primaveras).

    Pero sobre todo,
    sobre todo, lo que ese hombre necesita
    son unas manos que acaricien y alivien
    su endiablada acidez incorpórea,
    unos labios que compartan y amortigüen su dolor,
    su inconmensurable dolor por llegar a reconocerse
    en el turbio e infecto estanque
    de la(su) memoria humana,

    ...dolor de no sentir dolor.

    Hay un hombre que ya no necesita de amores
    que viajan en burbujas
    y explotan acribilladas de café y aspirinas
    al amanecer,
    un hombre que ya no necesita mentiras,
    tantas y tantas mentiras, tan engrasadas
    y bien sincronizadas como relojes suizos.

    Hay un hombre al filo del abismo de la desesperanza,
    a punto de romperse en un billón de átomos de insoportable lucidez.
    Un hombre que entre tanto se conforma con respirar,
    un hombre que ante todo sueña el triunfo del hombre,

    ...de ese hombre aún en proceso,
    de ese hombre con H de humanidad,
    y con el tan generalizado hábito entre algunos
    y algunas como él
    de enfrascarse en estúpidas e infructuosas discusiones
    con su silencio,
    a dejarse volar sin límites ni restricciones ,

    a la osadía y potencial pérdida de tiempo de verter,
    día tras día,
    en un alarde de aseptitud infinita,
    su monótono y repetitivo dolor
    sobre un mudo
    y jodido papel.

    __________
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  10. [​IMG]


    A menudo
    he visto tipos dispuestos
    a colgarse con la cadena
    del inodoro
    tras la octava cerveza
    mientras sonaba obsesiva
    y cruelmente
    en el hilo musical
    alguna canción
    de su grupo ochentero
    favorito.
    Gente a punto de rebanarse
    las venas
    con el filo de alguna estrella,
    fugaz, o de las que siempre lucen
    en el mismo resquicio de cielo,
    las madrugadas febriles
    y comúnmente primaverales
    llamadas a paroxismos
    y eméritas harturas.
    He conocido también
    algunas personas
    con la extraña disposición
    a despeñarse con el coche
    cada día
    por el mismo acantilado,
    en el mismo atardecer,
    desde la misma carretera,
    con vistas al mar
    y a ese horizonte
    risueño y de cálidos azules
    como los de su infancia.
    Gente dispuesta a arrojarse
    al foso del zoo
    para servir de almuerzo
    a los tigres de bengala,
    (o incluso a los perritos de las praderas),
    quizás atraídos por la compasión
    hacia los desesperanzados animales,
    o por el hipnótico brillo de su pelaje,
    las solemnes jornadas
    de lluvia y tormenta.
    Hasta yo mismo
    me he creído capaz
    más de una vez
    de inmolarme
    en el casete de la chimenea
    las noches
    que sobre el sistema solar
    que flota en mi salón
    empieza a cuajar la nieve
    y la cabrona de la gata
    me atraviesa
    con esa mirada clínica
    tan odiosa
    e insolentemente maternal,

    tan suya...


    * * * * * * * * * *
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  11. Ella
    venía de volar
    por todo el espacio aéreo,
    antes vedado,
    de sus descatalogados sueños.
    Recopiló cada margen, cada arista
    y cada poro de subconsciente
    traspapelado. Reivindicó
    la desnudez integral
    del pensamiento
    y el deseo, la melanina no alunada
    frente al ejército
    de sus acantilados.
    Recordó
    con una sombra de nostalgia,
    dos dedos de urgencia
    y tres hielos
    la tierra donde aún sudan
    los ojos yermos de sus afelpadas
    arritmias,
    donde mucho tiempo atrás
    había arraigado su desapego
    a los imperativos y duendes
    primaverales:
    la onerosa dicotomía
    que la condenaba.

    Entonces se supo aire puro,
    se supo extra de un (su) cuento
    al que ayer se le robó la magia
    y su mejor capítulo.
    Vomitó sus muertes más antiguas
    desde la cornisa de sus cuarenta
    y muchos abriles.
    Añadió un par de conceptos
    inclasificables
    a su vida
    y debatió a solas con la malvada
    bruja del espejo
    hasta toserla en la nuca.
    Arrojó un verso a vuelapluma
    al arcén de sus premisas,
    y se lo fumó
    mezclado con la lluvia
    (y el polvoriento retrato
    de unos desconocidos),
    justo antes
    de rendirse sin condiciones
    ni escalas
    a la altisonancia exenta
    de metáforas
    de un cuerpo arrebolado
    e incorrectamente húmedo.

    Ahora ya sabía
    dónde termina el invierno.
    Por fin había desentrañado
    el simple pero escurridizo
    sentido de la vida.

    _________

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  12. [​IMG]

    A un centímetro...

    A tan solo un centímetro del paraíso,
    quedamos irremediable
    y torpemente atrapados.

    Se fundieron las luces.
    Se calló la música.
    Retiraron el confeti,
    las jodidas serpentinas.

    La puerta tapiada.
    El hálito hueco y disidente.

    Las alas desprendidas.
    El corazón aplastado,
    como un escarabajo seco,
    abrazado al arcén
    de cualquier triste y sucia
    carretera secundaria.

    No ayudaron
    la escritura notariada
    de inmunidad + felicidad
    precozmente adquirida,
    ni ese registro malversado
    de nevadas promesas
    y lealtades;
    tampoco aquel trasatlántico
    a punto de zarpar,
    lleno de sueños con olor a nuevo,
    derrapando sobre una barra
    con síndrome de usher
    y memoria de sirena vieja.

    Allí quedamos,
    calados e incrédulos.
    La risa amarilla,
    la saliva escarchada.
    Sin explicación alguna.
    Condenados a despertar,
    a transitar a media luz
    por los estrechos pasillos
    y callejones
    sin barrer de la vida.

    Queríamos ser gaviotas y halcones
    entre el carbón y sus brillos,
    desalambrar revoluciones y estrellas,
    (de esas que incendian la noche
    y anidan en los ángulos
    más lúbricos
    y crápulas de los ojos).

    Tuvimos que tragarnos
    los indigestos gritos de la inocencia
    guillotinada
    y el excipiente de su venganza,
    anudarnos las venas al suelo
    y dilatar el estómago
    para que nos cupiera
    la porción siempre injusta
    y nauseabunda
    de todo aquello que le sobra
    al mundo.

    A solo un centímetro del paraíso
    descubrimos
    que hay centímetros infinitos,

    ...y paraísos tan delgados y exiguos
    como esas líneas
    de codificada sonrisa
    dibujadas
    en las palmas de las manos.


    * * * * * * * *
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  13. Reciclando últimos alientos nuevamente...
    desde aquellos superhéroes
    con mirada y testículos de kriptonita
    engullidos bajo el peso de su capa,
    de Bellas que ya no supieron despertar,
    de bunkers de silencio que un día rompieron a llorar.
    Desde aquellas princesas de los toldos azules
    que escaparon de nuestros sueños
    por las puertas traseras de los mapas del tesoro
    y la cara b de los vinilos.
    Encaramados a un escaparate de lunas y ceniza
    y alguna que otra alfombra flotando sobre el abismo,
    capeamos estribos en el pecho
    donde se desarticula como agrio trámite
    para los labios lo que nunca quisimos
    o supimos decir.
    Y hoy, amiga, ya lo sabemos...
    mil versos a la orilla del Támesis
    no serían suficientes para cumplir
    con la sola raíz cúbica de cada paraíso prometido,
    con cada puesta de sol aplastada
    bajo el remasterizado polvo de nuestras huellas.
    Desempañando ese haz de luz que atraviesa
    las paredes, habríamos de subirnos
    al último cielo en marcha
    con un brillante e insólito amanecer como única verdad
    que aún cabe en los bolsillos
    y una galaxia de sombras, -mis jodidos destiempos de siempre-
    enroscada bajo el brazo.
    Ayer cuando yo te recetaba abrazar el sol con el perímetro
    de mis enceradas y derrumbadas razones,
    en esos tiempos de pupilas nerviosas
    y químicas aún por inventar
    en que encendíamos cualquier materia oscura con solo un chasquear de dedos,
    de canciones interminables y charcos que se tragaban el mundo.
    Caladas de ternura y complicidad en aquella playa
    donde siempre regresan para morir
    las ballenas desorientadas,
    donde la bruma delinque sobre la conciencia
    y tocan hueso los esqueletos grises y lluviosos
    de indelebles juventudes.

    Puede que hoy sea el silencio nuestra mejor poesía.
    Hoy, tras los insomnios que prenden ocasos
    en la halógena ingravidez de los hoteles,
    en las avenidas que crujen, perennemente húmedas,
    las candentes miserias de la soledad;
    en esos ascensores de la memoria,
    fríos e impertinentes como cuchillas de ida y vuelta
    o entre el álbum de aquellos añejos amigos
    enjaulando futuro (mientras asomaba un hilillo de pus
    por la comisura de sus risas)
    Hoy asumo y reconozco que a pesar de todo
    aún me visto de salmón volador
    y consumo espumas vivas,
    que todavía riego espinas que desinflen
    mis intolerables letargos,
    y oteo sirenas de sangre caliente que me embrujen
    y me arrastren hasta el fondo,
    a ese altar donde se pudren las piernas y las agendas
    al contacto con las olas y la sal.
    A ese país donde claudican los sofás-burbuja unidireccionales y ultracelosos,
    y los relojes sin truco,
    los es demasiado tarde-ya está todo dicho
    y los adivinos del espacio-tiempo a equis descarrilamientos luz...
    Donde la felicidad no es solo dormir el infierno tras la esquina,
    donde la vejez sería firmar un tratado de paz
    con el rebufo de nuestros embarrados zapatos,
    y recuperar aquel cruce sobre el horizonte donde nos dejamos
    olvidados un día.

    Puede que hoy sea el silencio mi mejor poesía,
    puede que hoy solo sea el silencio...

    ____________
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  14. [​IMG]


    Lobos vestidos de cordero.
    Corderos con sangres desmemoriadas
    al son de la flauta y el tintineo
    de nuevas
    y relucientes loberas.
    Lobos maquiavélicos,
    (sonrientes como estrellas)
    se erigen estandarte del rebaño.
    Lobos que se venden anti-lobo.
    Corderos con piel de mariposa
    y cerebros de mármol blando.

    Lobos contra lobos,
    ovejas contra ovejas.
    ¿Se romperá el rebaño?
    ¡Los lobos babean!
    Los corderos tienen sueños de lobo.
    Lobos y ovejas
    hacen honor a su instinto.

    ...Y las banderas (y sus fabricantes),
    mientras,
    felices...

    ondean.


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  15. [​IMG]
    (Spirits Of The Flying Umbrellas by Leah Saulnier The Painting Maniac)


    Ayer
    sabíamos -y solíamos- entrar
    y navegar
    dentro de las botellas.

    Entornábamos las alas
    si el cielo desteñía.

    No fue extraño desmembrar
    el nombre de las cosas,
    ni filosofar con el humo
    dócil y franjiazul
    de las almohadas.

    Sabíamos también
    cómo vengarnos de las banderas,
    extraviar el corazón
    sobre el himno de las moscas.
    Embestir las rocas
    con la elegancia de las sirenas,
    y llenarnos los ojos
    en reconvertibles
    nostalgias de futuro.

    No fue tan extraño inventar
    arrecifes a nuestra medida,
    y vomitar sobre ellos
    las playas y las medusas
    de noches vueltas del revés.
    Y no lo fue
    sobornar Mary Poppins
    con dos rayas y un sol
    bajo el niki empapado,
    en aquellos baños
    de otras y empapadas vidas.

    Y algún día lloramos chimeneas
    y reivindicamos aquel gazapo
    arrebatado y abandonado
    por nuestros mayores
    en el valle de las águilas.


    En definitiva, éramos casi felices
    como golondrinas borrachas de primavera...
    como un coro de arco iris
    ronroneando
    entre dos tormentas.

    (La poesía vino con la resaca).


    ¿Sabes, cariño,
    que una buena felación
    es capaz de cambiar el rumbo
    de la historia?

    ¡Y ya no digamos
    un beso en los labios
    de despedida...,

    en silencio...,

    ...bajo la lluvia!.

    ________
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