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  1. AMOR ETERNO

    Hoy he leído en la prensa una noticia emocionante, que me ha inspirado el relato que quiero compartir con vosotros. Al parecer en un pequeño pueblo de Serbia vivía un matrimonio en crisis. Aunque permanecía la convivencia, sus diferencias eran insalvables y la ruptura anunciada. Tanto ella como él tenían contactos a través de internet; ambos habían encontrado a su “otro” y, como es habitual en las redes sociales de contactos, los habían adornado con todas las excelencias virtuales, que eran, precisamente, las carencias que encontraban en su pareja. Finalmente, tras las sesiones de chat, mails y demás protocolos decidieron conocerse en persona. Como era previsible, esa persona ideal que cada uno había encontrado en el otro era ni más ni menos que... su cónyuge. La noticia dice que tras ese encuentro decidieron divorciarse.

    Yo voy a tratar de hacer una ucronía desde el momento de la historia en el que se conocieron por el chat, cambiando lógicamente la personalidad de los protagonistas. Vaya por delante que no es mi intención matarlos al final, pero las exigencias del guión así lo requieren procuraré que sea una muerte dulce.

    Beatriz y Graciela fueron muy amigas durante su adolescencia. Educadas ambas en el mismo colegio religioso sólo las separó el ingreso en la Universidad. Aunque siguieron la amistad de forma intermitente, durante las vacaciones o en visitas ocasionales. Finalmente el matrimonio de ambas acabó por enfriar aquella sana amistad de juventud.

    Beatriz se casó con un antiguo vecino de su ciudad, un comercial de la banca que aspiraba a llegar a ocupar altos puestos de dirección en su empresa; un hombre ambicioso, aunque cultivado y de buenas maneras. Graciela conoció a su media naranja en la Facultad. Otro joven de familia rica, que se preparaba para seguir los negocios familiares. Así como Beatriz volvió a su ciudad natal para establecer su residencia junto a su esposo, Graciela se trasladó a un pueblo importante donde radicaban las empresas del grupo familiar de su marido.

    Pronto, en ambos matrimonios, empezaron a apreciarse faltas de sintonía entre los cónyuges. Las dedicaciones que los maridos, en uno y otro caso, daban al trabajo en progresivo detrimento de la atención al matrimonio, fueron erosionando la convivencia. Finalmente llegó el aburrimiento y la soledad; la rutina se impuso y la comunicación entre los esposos cayó en esos canales repetidos y apáticos. Además no tuvieron hijos; fue una decisión acordada, una vez que se vio la pobreza sentimental que aguardaba al futuro del matrimonio. Pero, en ambos casos, los intereses económicos y sociales aconsejaron prolongar la pervivencia matrimonial, previendo alguna posibilidad de solución, ya que, al menos en lo material, no existían problemas. Ambas esposas se refugiaron en internet; entraron en las redes sociales, primero como una distracción, pasando luego a considerar que podría ser un medio para aliviar sus soledades. Y, quién sabe, hasta de rehacer sus vidas.

    Beatriz encontró un perfil de hombre joven, maduro, experimentado y culto que le resultó atractivo:
    desde un primer momento encontró en ese ser virtual la personalidad que estaba buscando. Poco a poco, con prudencia, fue avanzando en confidencias y pequeños secretos, hasta manifestarle lo desgraciada que era en su actual matrimonio.


    Graciela, por su parte, casi simultáneamente y, desde luego con total desconocimiento de lo que hacía su antigua amiga, con la cual hacía tiempo que no se relacionaba, se registró en la red con una falsa personalidad: se enmascaró como hombre para dar cierto morbo a su aventura. Encontró una relación femenina, una amistad nueva (ella/él no buscaba otro hombre: su experiencia matrimonial fue un rudo golpe a sus aspiraciones de encontrar en el otro sexo el complemento a su vida). La personalidad de aquel “nick” encajaba perfectamente con su ideal de “persona”, de ser humano comprensivo y cordial que sería ese complemento que buscaba para aliviar su soledad. Una red de complicidades se tendió pronto entre ellos.

    Al poco tiempo de intimar decidieron conocerse personalmente. Para Graciela, naturalmente, aquello supuso una tremenda complicación. Ella, él, aquel hombre apuesto, varonil, educado, que “buscaba lo que ofrecía”, según las convenciones de aquellas búsquedas, tendría que desmontar previamente su imagen virtual. O seguir el juego hasta ver la reacción de su pretendiente.

    Se estableció la cita finalmente en un lugar discreto, a medio camino de sus respectivas residencias. Convinieron en verse en lo que ahora se llama un “hotel con encanto”, a última hora de una tarde de viernes. Así podrían disfrutar, si el encuentro era satisfactorio, de todo un fin de semana para conocerse mejor.

    El comedor del hotel estaba en una agradable semipenumbra; ya había oscurecido en aquella tarde otoño y la iluminación del salón no lucía al completo. Beatriz, a la hora convenida, apareció en la entrada vestida con un discreto traje sastre, de corte perfecto, que realzaba antes que ocultar, sus perfectas y sugestivas formas de mujer ya madura. De un rápido vistazo comprobó que, efectivamente, él había sido puntual. En una mesa del fondo, sobre el jardín en el que ya los añosos árboles lucían los primeros esplendores otoñales, semioculto tras un espléndido ramo de rosas rojas, entreveía a contraluz la figura de un hombre apuesto. Era él, sin duda. Se acercó marcando sugestivamente sus movimientos. Sus lujosos zapatos “stilettos” puntuaban sobre el pavimento un ritmo casi de marcha triunfal.

    Le sorprendió la inmovilidad de él. Se encontraba prácticamente a su lado y no hizo el menor ademán de levantarse. Como si una estupefacción profunda lo hubiese paralizado. Entonces “la” vio. No podía ser... Juan, el hombre a quien en su vida virtual había dibujado como un espécimen perfecto era... Graciela. Algo cambiada por la edad, pero espléndida, de una belleza en sazón absolutamente canónica. Elegantísima dentro de su blazier y su camisa deportiva, con un lujoso pañuelo anudado al cuello. Graciela, su amiga del alma, que ahora se levantaba y con mirada inquisitiva la llamaba por el nick de internet: “¿Minerva?”

    Las conversaciones que siguieron fueron largas, íntimas, cautivadoras y liberadoras. Ambas amigas eran, desde luego seguían siendo, aquellos seres que habían imaginado ser, a pesar de las supuestas identidades sexuales. El fin de semana se prolongó. La intimidad de las almas se amplió a la intimidad de los cuerpos. Como resultado establecieron que debieran seguir juntas, vivir juntas, puesto que ningún reparo moral ni ético encontraron en esa convivencia. Se establecerían en una ciudad grande, donde fuesen desconocidas. Ambas tenían recursos económicos suficientes para iniciar aquella etapa de sus vidas sin esa preocupación. Vivieron felices varios años. Dos mujeres juntas, sin estridencias, con normalidad, a nadie hoy día llamaba la atención.

    Pero aquella felicidad, aunque intensa y basada en un amor limpio y sincero, estaba llamada a acabar pronto. Un viaje de placer; un trágico accidente de automóvil. Las dos amigas murieron al mismo tiempo, instantáneamente. Un testamento, un acta notarial apareció en el registro judicial que hubo de practicarse en su domicilio. Sus antiguos maridos, informados del dramático final, excusaron su presencia. En aquel acta se expresaba su voluntad de ser enterradas juntas, fuesen cuales fuesen las circunstancias de sus muertes. De hecho, ya habían adquirido en el cementerio un nicho doble, al que solamente faltaba colocar la lápida. En ella se inscribió:

    " Que la muerte una para siempre lo que la vida separó".
    Graciela García Fernandez
    11/02/70 .......15/08/2020
    Beatriz Barca Lobera
    13/04/72........15/08/2020
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  2. LA MULTITUD

    Sábado, mediodía, verano. Una ciudad de provincias. Era una cita a ciegas. Habíamos quedado en una recoleta plaza, casi en las afueras, próxima a la zona industrial. Ella era una mujer conocida y yo recién acababa de llegar del otro lado del mundo, exótico y austral y no convenía. Ya se sabe: la gente es cobarde y murmura.. Yo, aunque negro, debía de llevar un pequeño bouquet de violetas en la mano para que ella no tuviese dudas. Y es que, pude comprobar, la gente de mi raza ya era numerosa en esa ciudad, sobre todo en la periferia. Decidí acudir al lugar de la cita en autobús, en uno de aquellos confortables asientos y disfrutando del aire acondicionado. Algunas cosas de esta sociedad bien merecen la pena los sacrificios que nosotros, viajeros de otras culturas, hemos de padecer. Podía haber llegado en bicicleta, esa especie de chatarra con la que acudo diariamente a la obra. Pero algo me decía interiormente que la mujer con la que estaba citado merecería una mejor representación.

    Me situé en los soportales, a la sombra, en la esquina convenida. La plaza y sus alrededores aparecían en total soledad. A esa hora, en plena canícula, era lo normal. Aunque, ahora, un pequeño grupo entró por una de las callejas laterales. Más gente, en ese momento, comenzó a acceder a la plaza por otras callejuelas. Yo procuraba disimular mi presencia y mi estúpido ramo de violetas. Siguió llegando gente, que ocupaba ya el centro de la plaza, incluso los exiguos parterres que rodeaban la fuente. Oh dios mío, más y más gente. ¿Qué era aquello? Cientos, quizá miles de personas se iban agolpando, ocupando todos los rincones. Yo era zarandeado, arrancado de mis posiciones inmediatas al lugar de la cita. Me encontré como desenchufado de la realidad, de aquella apacible realidad de apenas un rato antes. La multitud seguía aumentando hasta convertirse en una especie de monstruoso miriápodo, fragmentado y sudoroso. No se oían voces; sólo un murmullo, que recordaba al sordo golpear de cientos de martillos de madera sobre arena, con el bajo continuo del zumbido de millones de avispas invisibles. Aquello era como un terrorífico ensueño producido por el calor asfixiante del verano. Yo era presa ya de ola humana y había perdido toda referencia de mi situación. El espectáculo al que asistía incrédulo era alucinante, demoníaco, algo que ni en las terribles manifestaciones de desplazados a las que tuve que acudir en mi país pude comprobar con tan inhumanas propociones. (Reflexiono: ¿cómo una aglomeración semejante de seres humanos puede volverlos tan inhumanos?)

    Sudor/sofocón/golpes/gemidos/vaho/pechosaplastados/codospuntiagudosseclavanenmi pecho/fueranegrodemierda7incompetente/pandemoniumdemanosybrazoselevadoscomoimprovisadospulmones/brillodegafasrotas/miniñominiño/dondeestáminiño/faldasrasgadas/latarderota/ellarota/apenasplaza/nuncaciudad/measfixio/memuero...memuero…

    Noto que la presión de los cuerpos que me aplastan va cediendo, un poco más de aire, aun no veo sobre el mar de cabezas pero siento que la multitud va disminuyendo en cantidad y en densidad. Primer hueco, aumentan los claros por el centro, ya se distingue la fuente. La turbamulta ya apenas gentío. En silencio, ahora con rapidez, la plaza va quedando vacía. Al final yo, con mi mustio ramito, solo en un rincón. Miro a mi alrededor y allí está: ella con su sonrisa igual a una rosa apenas entreabierta que ilumina su rostro armonioso. Apenas deslucido su atuendo por la muchedumbre. El brillo de sus ojos glaucos es mi semáforo verde. Me acerco y tomo su mano…
    negra. Aquel momento me hizo absolver la crueldad recién vivida. Ella y yo y la plaza vacía. Es la hermosa soledad de los principios.

    A Oncina, Fulgencio Cibertraker y malco les gusta esto.
  3. En tiempos ya muy lejanos, en un viejo foro que ya no existe mas que en el recuerdo de quienes lo vivimos, alguien propuso la jitanjáfora como ejercicio para aliviar la soledad del soneto. Allí trabé conocimiento con tan extraño modo de versar que, sin embargo, era tan afín a mis gustos por el surrealismo. Os dejo la definición académica de ese tipo de poema y alguna referencia prestigiosa y, a continuación, algo que me recuerda a aquellos tiempos felices, de una inmersión casi celestial en la poesía y en la amistad. Tal que en MP, vamos.

    Jitanjáfora.
    nombre femenino
    Composición poética formada por palabras o expresiones carentes en sí mismas de significado y cuya función poética radica en sus valores fónicos, que pueden cobrar sentido en relación con el texto en su conjunto.
    "las jitanjáforas fueron apreciadas en ciertos movimientos vanguardistas"
    La jitanjáfora fue cultivada por algunos artistas de vanguardia, especialmente por los dadaístas. El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974) destacó en el uso de la misma, especialmente en su obra El señor Presidente, así como el escritor español Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999) en La saga/fuga de J. B. y la escritora argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972) en la extravagante La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa.


    CANCIÓN DE AMOR

    (Jitanjáfora con interferencias de romance)


    ¡Oh versiloquios del alba

    lunaciones nebuladas!

    estréllulas son tus óculos

    y rióforos tus miradas

    (Sueltos tus cabellos de oro

    y tus manos alas de hada

    tus manos como poemas)

    Silirrosas en mordículas

    Plauciones de color malva

    cancabuses heliofínicos

    concaleñas perforadas.

    Baustias de suarecillas

    Ardiformas acibadas

    (Envuélveme entre tus brazos

    inrígenos, corilunas como nata.

    Haylailos y norúgenos

    treman castielas doraces

    Los norúgenos acraecen

    los haylailos abisman boatas.

    en delirios sin mañana)

    Caranduelas saborosas

    palatillos montaraces

    azures cortan los gules

    rocamontes de torcaces.

    No sin ti noches ni albas

    arrullos de hiedra y agua

    nobles palacios morunos

    son para mí tus enaguas.

    ¡Ah de los rasgueamientos

    erizados de montañas,

    yegujuelas dormitadas

    cocican entre mis sábanas!

    Yazgue el coroco blandiente

    pitiminíes y pulsanas

    acurrúcame mi niña

    entre tus labios de nácar.
    A malco le gusta esto.
  4. Verano, tiempo de viajes y sueños. De recuerdos de lo viajado o lo soñado. Roma, ciudad para viajarla y soñarla; junto a Alberti, callejeando entre gatos y fontanas, en atardeceres multicolores en los que aparece Ella, el sueño o el deseo de soñarla. Desde la paz ya otoñal y también mediterránea, los pinos de Roma, tan a pie de casa, como melodía inacabable. Y Ella, la turista del Oriente que me hizo soñar y ahora evocarla.

    ATARDECERES ROMANOS


    A Natsumi, mi flor de nube,

    desde aquel único verano.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Fugaz amor de verano

    sobre acordes de pïano

    y atardeceres romanos

    bebiendo de fuente en fuente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Tu figura leve y clara

    en mi corazón entrara:

    feliz acomodo hallara

    en ese lecho latiente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Roma, un pïano y un sueño;

    y un beso, mortal beleño,

    me hicieron de tu amor dueño

    y enamorado doliente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Cálida noche romana,

    no tuvo nunca mañana.

    Tíber te llevó lejana.

    Yo, soñándote en tu Oriente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.

    A Runa le gusta esto.
  5. SIERRA DE IRTA (Nocturno junto al mar)
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    Verde lenidad de desmayo en la parábola

    Agua trémula que busca la sed para soñar

    Demorado paseo entre verdes y jacintos

    Es la noche que amaga.


    Grácil el horizonte que se disuelve en trinos

    el mar ronronea con mimo entre las rocas

    y al fin se disuelve desde sus sublimes centros

    Tarde acalorada, tarde mecida entre bruma, misterio.


    Como un labio que se entrega en la suavidad de la caricia

    como una onda estremecida recién nacida del mar

    así la sierra que nace desde el horizonte oscuro

    así los musgos y sus rocas, el rumoroso pinar.


    Acunada por milenios de anónimos trabajos

    las faldas pedregosas forman hirsutos pliegues

    donde habitan los viejos olivos, los míticos algarrobos

    los ignorados neveros y las fuentes siempre esquivas.



    Campos de visionarios antiguos, confín de mi vivir cotidiano,

    la que me cierra el camino al falaz resto del mundo

    y me obliga a ser de mar, a vivirlo en su azul inagotable

    y recorrer su inmensidad trascendida por el vuelo de las aves.


    Comparto allí mis silencios con las umbrías soledades

    buscando la luna llena que juega con los enebros

    aspirando aromas plácidos del pinar adormecido

    asustándome cual niño con los brillos repentinos de los furtivos lirones.


    Eternidad hecha roca con atisbos de cilantros

    Severidad cariciosa del algarrobo que duerme

    Pinos que laten al unísono con sus aves

    paz junto al mar que da la vida.
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  6. EL HOMBRE QUE SOLO ESCRIBÍA CARTAS AMOR.



    Mi muy querido Fernando Pessoa escribió: “Todas las cartas de amor son/ Ridículas, No serían cartas de amor si no fuesen/ Ridículas ” Más o menos. Pero hay personas que solo escriben cartas de amor. Toda su prosa es amorosa, suavemente erótica, meliflua y evanescente. Prosa de pobres de espíritu y menesterosos. Como yo, que solo he escrito cartas de amor.

    Una carta de amor que desborde ese ardor, ese fuego de pasión que incendia cuanto objeto de deseo se le pone por delante, nunca puede ser ridícula, que Fernando me perdone. Pero lo bueno, lo superior es no tener que escribirlas, claro; tener al susodicho objeto de deseo a mano y hacerle saber de manera directa, sin subterfugios, cuánta pasión nos produce, cómo solo siendo él o ella, la copa donde libemos, nuestra sed puede calmarse.

    Luego está lo de internet y todo eso. Pero son moderneces. Desde luego mi opinión no deja de estar mediatizada por mi condición de crápula callejero y noctívago. O sea, que no me hagáis mucho caso quienes, recostados en un verde terraplén, o ribazo, extasiándose con el rumoroso arroyo que discurre a vuestros pies y encantado con el dulce piar pajaril, estáis desgranando en vuestras mentes las palabras, ardientes, poéticas, dulcísimas con las que vais a llenar la pantalla del ordenador, o el folio color crema pastelera, para enviarle al amor eterno de vuestra vida, ése que vais a dejar estas vacaciones de verano más tirado que un chucho en gasolinera, todos los sentimientos celestiales, el èlan vital que os provoca su solo recuerdo.

    Esa carta de amor en la saboreareis palabra por palabra, corrigiendo, puliendo, perfeccionando, sin daros cuenta que el amor es un sentimiento inefable: i-ne-fa-ble. (Busquese significado en wordreference o en el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora.) Cartas que son los tejidos sutiles, las telas de araña en la que pronto os sentiréis presos, maldiciendo aquellos textos impulsivos, de juvenil imprudencia (aunque, como yo, seáis ya viejitos, que la soledad es mala consejera y empuja al hombre a la república del arrejuntamiento, sea concubinato, amancebamiento o cumplida y legal coyunda.)

    Pues eso; que tengáis cuidado y no seáis ridículos como las ridículas cartas de amor que escribís, como las ridículas cartas de amor que yo tantas veces he escrito y tras de las que, como hermosísimas puestas de sol, ha caído la noche.

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  7. Otro antiguo poema de corte metafísico que como tantos otros no tuvo apenas respuesta. La ventana del blog, aunque exigua, se abre generosa a los amplios paisajes de las relecturas. Aquí, desde aquí, lo dejo en libertad para que vuele sin límites hacia las difusas fronteras del olvido.
    Pessoa.

    Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra pequeña vida termina durmiendo.

    William Shakespeare -

    LAS DIMENSIONES DEL SUEÑO

    Todos mis sueños,

    los atroces, los húmedos, los no soñados...

    caben entre mis brazos en cruz.

    Mis manos se reflejan entre sí

    como las estrellas gemelas que nunca serán

    abrazo.


    El exorcismo antiguo del beso,

    las gruesas elipses de los labios agrietados

    por donde escapa mi lengua,

    todo eso y mis infinitas vidas pasadas

    cabrían en uno de mis sueños.


    Tú, la infinita,

    la cálida nube rosada

    cabes, pura esencia,

    en alguno de mis

    sueños que se expanden

    hasta caer, otoñales,

    en la gota de lluvia

    donde habito.


    El rústico caballo de batalla

    nacido, como yo, para la muerte

    piafa y cocea a punto de desbocarse

    y se desprenden de sus alas

    las plumas de bronce

    y las hojas que nacieron

    de mis sueños,

    como en un prematuro otoño.


    Plumas u hojas broncíneas

    de cromática sonoridad

    caen sobre los ríos que me llevan

    atravesando galaxias encendidas

    o bandadas de luciérnagas en flor.

    Sueños inacabables en el paréntesis

    de una vida limitada.

    Sueños paralelos tras el vacío que deja

    un ferrocarril en marcha.

    Sueños.


    Mis dedos extendidos en raíces

    buscan exuberantes subsuelos

    en los que fertilizar los sueños.

    Atraviesan sótanos y tumbas,

    alborotan cadáveres a punto de morir,

    avanzan oscuramente por los túneles del tiempo

    sin encontrar su remanso.

    Pobres, infinitos, limitados,

    sueños míos.





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    Ilust.: Fotografía minimalista de Hengki Koentjoro. “Paisaje de Indonesia”.
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  8. Unos antiguos versos, a modo de romance, creo, escritos hace ya tiempo; debiere ser yo, entonces, algo golfete. Ni la letra ni el espíritu, si lo tiene, reflejan en modo alguno mi sentir y mi respeto hacia las féminas, especialmente las que ejercen la dignísima profesión (muchas veces obligadas) de prestatarias de favores sexuales remunerados. Algunos otros poemas míos lo declaran y suscriben. Pero, en una tarde de sábado, con la tele chorreando estulticia... pues eso, que os guste.

    NOCTURNO



    Con mi esperanza y mi Estrella

    amanezco cada día;

    brilla una ciega osadía

    en mi aventura tras de ella.



    Ella, sueño o nube negra

    de una noche de alcoholes

    -como luz de los faroles-

    me apareció pelinegra.



    Pelinegra de ojos claros

    ¡qué peligro, que ocasión,

    que escultura, qué primor!

    Salgo pitando tras ella.



    Y desde entonces mi vida

    insoportable se ha vuelto.

    Mi Estrella me lleva al huerto;

    la esperanza ya he perdido.



    A Estrella, como nocturna,

    la comparto con mil hombres.

    maqueró ahora es mi nombre

    y ándome triste y soturno.



    Pero un amigo me dijo

    después de catar mi Estrella:

    “Bragada es la tal doncella,

    aunque sin bragas me vino.



    Montemos, amigo mío

    un suculento negocio,

    ¿quieres que seamos socios

    y la llevemos al río?



    Acuérdate del poeta,

    el que la creyó mozuela

    y a poco si se la cuela

    en cuanto abrió su bragueta.



    Una estrella reflejada

    en las aguas caudalosas

    son dos estrellas sabrosas

    que doblarán tu soldada.”



    No pensé más; así lo hice

    patentando mi negocio:

    el profano sacerdocio

    de duplicar meretrices.


  9. ENSOÑACIÓN EN UN PATIO CORDOBÉS

    (Recordando cierta música de Rimsky-Korsakov)



    Una

    pluma.

    Una pluma

    suave y negra,

    córvidamente negra,

    desprendida del ala abierta

    de un poderoso ángel negro,

    descendía en pausados remolinos,

    agitando leve -caricia casi-

    el aire densamente perfumado

    del jardín de los violines en flor.



    Rozaba en su ligero volar

    las cuerdas adormecidas,

    los cuajados vientres sonoros.

    Y este roce -casi caricia- producía

    una música celestial,

    recordando aquel su origen

    en el brillante ángel negro,

    desalado y silencioso.



    La pluma, en su pausado, rítmico vuelo,

    aderezaba amaneceres y trinos, adormecía las fuentes.

    Tristes sauces llorones entrelazaban sus flecos verdinegros

    con las bárbulas y el cálamo

    en recatados incestos.



    El sonido nocturno de un galán de noche

    aroma puro, latido de su flor blanca,

    acarició algunas notas discordantes.

    Plácido pez entre sonidos navegando

    la pluma requirió de pasiones y jinetes.



    Arábigas legiones de centauros despertaron a su paso.

    Su cadencia, ahora agarena, musitaba plegarias,

    reclamaba inciensos aromáticos.

    Los susurrados sonidos cual de argénteos añafiles o caricias

    trocaron en espanto,

    desenterrando cadáveres,

    concitando negros insectos lejanos,

    agonizando, acallando

    las oscuras voces de las marmóreas estatuas.

    Gumias y cimitarras, vírgenes de toda sangre

    zumbaban en sus delirios de fuego,

    negros moscardones vidriados.



    Revueltas aguas trizaban

    el aire augusto de la noche,

    los negros moscardones

    hacían vibrar los espejos.



    El silencio impuso la paz y su aroma de jazmines.

    Los violines y las estatuas callaron.

    El ángel, poderoso entre los suyos,

    extendió su brazo.

    Tomó la pluma escapada

    y la volvió a su regazo.



    Todo fue ya un diminuendo,

    un plácido agonizar

    de los añafiles de plata,

    de los violines tañidos

    por los vibrátiles insectos negros.



    Los jinetes agarenos envainaron

    sus cimitarras sonoras,

    las curvas gumias callaron.

    En el nocturno jardín de los violines en flor

    los amantes sus endechas susurraron.



    Yo tomé entre mis manos un brillante,

    delicado insecto negro que tejía

    con sus alas los arpegios.

    Lo dejé en las rojas azaleas

    y regresé a mis silencios.



  10. Era cuando mi fiebre poética sólo subía unas décimas. Repasando veo que todos los versos son octosílabos y las estrofas de diez sílabas. He pensado que serían décimas compartibles. Y aquí las dejo. Ya se me pasó la fiebre, gracias.

    Recuerdo infantiles años
    de inviernos crudos y fríos.
    Paseaba junto al río
    contemplando soterraños
    animalillos huraños:
    pequeños topos, ratones
    como erráticas visiones.
    De los árboles resecos
    colgaban helados flecos,
    del frío gélidos dones.

    Bajo el hielo del arroyo
    extraños rostros veía.
    Tritones o hadas nacían
    en aquel verdinegro hoyo,
    con el infantil apoyo
    de mi fantasía ardiente,
    esa que después, doliente,
    ya en los más maduros años
    viviendo en un mundo extraño
    sólo ha sido estéril fuente.
  11. EL PROSTITUTO.- 1ª Parte

    Aquel pueblo estaba a caballo entre la fábula y la tragedia. Todos sus habitantes, al menos los más representativos, disfrutaban o padecían peculiaridades que los hacían singulares, algo anómalos. Así el cura, viejo teósofo; la pareja de guardias civiles, reputados cómicos de la legua; el maestro de escuela, anarquista de maneras dieciochescas o el pastor de ovejas, profundo conocedor de la filosofía existencialista, curandero y experto en pócimas y brebajes. Quedan el Alcalde y el cacique, que además de coincidir en la misma persona representaban en las fiestas del pueblo, por separado, los papeles de Don Quijote y Sancho Panza, en versión para la ópera de Jules Massenet, con la Banda Municipal.

    Entre aquel paisanaje vino al mundo Teodulfo Sangróniz, hijo del pecado. Su padre, marino mercante, que siempre fue un poco buscavidas, y a quien el pueblo se le antojaba insoportable, se lo encontró en casa a la vuelta de una expedición a las Islas Feroe, islas que entonces, como ahora, estaban en el fin del mundo. Hombre de natural tranquilo no quiso asesinar a su infiel esposa, que es lo que hubiese sido lo correcto, bien visto y perdonado por la sociedad rural en la que vivían, vengando así el baldón que esa infidelidad arrojó sobre el escudo de armas, barrado en gules y con premonitorios cuernos de San Huberto en el cuartel inferior izquierdo, con fondo en sinople, orgullo de la familia.

    Pero el marino humillado enclaustró a la esposa infiel en un enorme caserón aledaño al pueblo, junto al arrabal, cuidada por dos mujerucas medio brujas que, para desmotivarla de aquellos desmedidos apetitos de la carne que fueron la causa de su caída y, como consecuencia, del nacimiento de Teodulfo, la sometieron a un riguroso régimen alimenticio, que determinó en poco tiempo que aquella lozana mujer, de curvas suculentas y alegría contagiosa, pasase a ser una especie de deforme imitación de mujer rubensiana, excepto en sus carnaciones y lozanía exultantes, como era fama que tenían las felices hembras de aquel pintor, barroco y vitalista.

    Gorda, fofa y ojerosa, Baudilia Fuentidueñas, la madre de Teodulfo, que fue tan voluble y casquivana, ya no era, ya no podría volver a ser el objeto de deseo de ningún otro buhonero trashumante y desvergonzado que la volviese a preñar. Su cuerpo apetecible ya no sería dádiva generosa a cambio de una noche de pasión.

    La criatura fue entregada al cuidado de dos hermanas de su padre, solteronas y beatas, que siempre vieron en aquel hijo del pecado un motivo de redención de su propia esterilidad y falta de productividad como madres. Teodulfo se crió físicamente sano y fuerte y anímicamente desvaído y con tendencia a la melancolía.

    Con ellas practicaba toda clase de rezos, jaculatorias, triduos y novenas que sus buenas tías le imponían, pensando que, por aquello de que la cabra tira al monte, no fuese el mozo a salir otro pendón como su desnortada madre. El sombrío salón de la casona solariega, cuajado de imágenes y altarcillos donde se veneraba, en continua mudanza, todo el santoral en sus más variadas advocaciones, según las necesidades del momento (sequías, plagas, enfermedades) fue el marco donde Teodulfo creció supuestamente protegido de las perversas atracciones del mundo y de la carne.

    Pero dejemos por ahora al joven Teodulfo, constreñido a vivir en aquella rutina, monótona y nada estimulante, que hizo que un día el marido de su madre huyese del pueblo buscando la aventura y ésta, la pobre, aburrida de tanto triduo y tanta novena, cayese en brazos de aquel jovial buhonero que, por una sola noche, la hizo tan feliz.

    2ª Parte

    Pasado ese desértico período en el que el tiempo forja la edad y la edad forja al hombre, volvemos a encontrar al joven Teodulfo en el salón de aquella casona, en aquel ambiente de estufa fría en el que sus buenas tías, devotas y beatas, cultivaban su espíritu cual si de flor exótica y delicada se tratase.

    A pesar de ello, al joven Teodulfo su naturaleza vigorosa e inquieta (con inequívocas trazas del carácter aventurero de su padre y la fogosidad carnal de la madre) la vida en el pueblo le parecía una barra rígida y pesada, a la que se encontraba atado, como si estuviese en galeras. Poco amigo de mudanzas, sin embargo, y menos aún buscavidas, quería encontrar su hueco, todavía indefinido, en aquella sociedad que, al tiempo, le atraía y le repelía.

    La paz olorosa de los campos o la umbría tranquilidad de la casona eran su hábitat; pero le faltaba el ámbito adecuado para el desahogo de sus ímpetus juveniles. De su madre, encerrada en el lóbrego caserón del arrabal, nunca supo nada. Era el secreto que muchas familias tienen y que sólo se desvela en los dramones novelados.

    Comenzó a frecuentar la compañía del pastor del pueblo, hombre excéntrico y cordial, querido por las gentes y vigilado por el cura teósofo, quien admiraba en él una extraña y superior cultura y conocimientos casi mágicos que salvaron más de una vida humana, además de numerosas ovejas, terneros y otros seres vivos más importantes para aquella sociedad pueblerina.

    Con él Teodulfo gustaba retirarse a las brañas, tras los montes, y allí el joven se inició en los mundos filosóficos y en los esoterismos rurales del pastor, quien además, vaya usted a saber porqué, conocía y recitaba pasajes completos de las obras de Kierkegaard :”¡Qué estéril está mi alma y mi pensamiento!... etc.,etc.”. El pastor, además, le introdujo en el más inmediato mundo de los placeres carnales, dejándole gozar de las ovejas más placenteras del rebaño. Una inesperada dádiva que turbó el sereno espíritu del joven.

    Así se abrió a la vida aquel fruto de ausencias: una dualidad entre la vigorosa juventud que le había sido regalada y las ansias de trascendencia que le imbuían sus tías beatas y el pastor filósofo.

    Las tías de Teodulfo Sangróniz decidieron trasladarse a la capital de la provincia.

    Habían leído recientemente “En busca del tiempo perdido”, y les entró el gusanillo de abrir un salón al estilo de Mme. Verdurin, pero más religioso, menos volteriano, que decían ellas. Y, evidentemente, en el pueblo no tenían parroquia.

    Entretanto Teodulfo se había transformado en un guapo mocetón, fornido y lenguaraz, para desesperación de sus tías, estereotipo del joven rústico, desclasado por familia, pues no tenía compromisos ni con el campesinado, a los que consideraba todavía como siervos de la gleba, ni con la escasa y rancia aristocracia que aún no había dado el salto a la capital, para dilapidar la menguada fortuna que heredaron de sus antecesores. Ello no le hacía, sin embargo, voluble ni indeciso en su idea de futuro.

    Los intentos de Teodulfo para orientar su vida se veían frustrados, uno tras otro, en aquel ambiente pueblerino. La intención de las tías beatas de trasladarse a la capital abrió en su imaginación la posibilidad de experiencias inéditas, aventuras impensables en el círculo ovejuno de sus relaciones sexuales. Nunca se llevó moza alguna a la era, por miedo a la inevitable coyunda eclesiástica. Como mucho, y si las condiciones de total discreción se daban, algún beso furtivo, como jugando, en los columpios de las afueras.

    En la ciudad, pensaba, aquello debía de ser otra cosa. Las mujeres se ofrecerían a él, ejemplo de virilidad según las amigas beatorras de sus tías, cansadas de aceptar los rudimentarios y rutinarios placeres que les ofrecían sus maridos o los que, imaginaban, ofrecerían los mozos capitalinos, escasos de fuerzas, pálidos y sicalípticos.

    Se efectuó el traslado y, como estaba previsto, sus tías abrieron un coqueto salón, donde los miércoles recibían a lo más granado de la sociedad capitalina, toda ella, naturalmente, adscrita a la Iglesia y a su ámbito: conferenciantes de San Vicente, novenarias de San Antonio... Y allí se le iluminó el camino a Teodulfo. Pronto su estampa recia de joven campesino, sano e ingenuo, caló entre las solteronas, viudas y casadas mal abastecidas que conformaban las tertulias.

    Discretos mensajes, encargos subrepticios, llevar y traer las capillitas de los triduos y novenas a los castos y cerrados domicilios de las damas... De ese caldo de cultivo brotó, poderosa y nítida la auténtica vocación de Teodulfo: sería prostituto; satisfaría a aquellas pudorosas damas a cambio de ciertas prestaciones pecuniarias. Y de esa situación pasó, por concesión de un marido cornudo, a ser empleado municipal. Pero eso ya es otra historia.

    (continuará... posiblemente.)
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  12. Este, el de la decadencia, es uno de los temas que más me apasionan, en Arte o en Historia. Y, entre ellos, el de la decadencia de Bizancio me interesa sobremanera. como en las mujeres hermosas, en las que su belleza parece adquirir una consistencia interior, que realza sus gestos, ademanes, las líneas más puras de su belleza juvenil que, ahora, se manifiesta espéndida en la madurez, así en aquella época histórica, y tal vez sólo en esta, las manifestaciones de la Belleza se depuran con más exquisitez. Parece como si los hombres y mujeres que forman la sociedad en decadencia quisieran ofrecer al devenir histórico lo mejor de sus esencias. Como si quiesieran decir a las generaciones futuras: "Este es nuestro legado. A vosotros os toca superarlo." cosa que, por desgracia, rara vez sucede. Estos torpes versos fueron, hace ya tiempo, una de mis admiradas ofrendas de admiración a los insuperables versos de Cavafis, quien retrató, como uno de sus protagonistas, a aquella Alejandria que vio desvanecerse una de las épocas más florecientes de la Historia.

    DECADENCIA




    Igual que muere la tarde

    en los dorados ocasos,

    cromáticas decadencias

    que son de Bizancio rasos.



    Desvaídos, tus cabellos

    entre los rojos y cárdenos

    de esas brumas y destellos,

    son como mantos cesáreos.



    Disueltos en el no ser

    de esa noche que aún no llega,

    ardiendo en los rosicler

    consumemos nuestra entrega.



    Muchacha de Alejandría

    ofréceme tu áurea copa.

    Unamos nuestra alegría

    al coro de hombres y diosas.


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    Ilust.: Franz von Stuck.- “Dos danzarinas.”





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  13. CHUCHO

    Este hombre con quien ahora vivo nunca ha tenido un perro. Eso puede verlo hasta un “mil-leches” callejero como yo. Pero sabe como tratar a un auténtico perro; es una intuición que pocos hombres tienen, como pocos tienen la sabiduría de tratar a las auténticas mujeres. Nos encontramos -¿me encontró, lo encontré? dejemos que la niebla del albur cubra la historia- en una tarde de abril con aguacero, como escribió algún poeta. Llovía a cántaros, pero a ninguno parecía importarnos la inclemencia de la lluvia (angélico llanto o meada celestial), tal era nuestro abatimiento, y seguimos caminando hacia lo obscuro.

    Yo decidí seguirle a una prudente distancia y él parecía ignorarme. Pero yo olfateaba una cierta aceptación suya a mi distante presencia. Llegamos a un viejo caserón de recias puertas. El entreabrió un pequeño portillo en una de ellas y entonces volvió su mirada hacia mí. ¡Dios de los perros, que tristísima mirada! Nunca vi nada igual en mis congéneres. Casi en un susurro me dijo: “Pasa, chucho.” Desde entonces soy un chucho. Ese es mi nombre y mi orgullo. No soy, y lo he sido, Cuqui, o Lesli, o el muy humillante Rambo. Un perro que se precie debe de ser eso: un chucho. He aquí el primer acierto para conmigo de mi nuevo compañero.

    Sacudí mi pelaje sucio y empapado, salpicando todo a mi alrededor. “¿Qué haces, bestia? Mira cómo lo has puesto todo. Ya conocerás mañana a la señora Dolores, la portera, y te vas a enterar.” Primera advertencia de que allí no valía todo. Pero, al menos, no me llegó la patada en la barriga como con otros amos. Alcanzamos su vivienda en el piso principal. Abrió la pesada puerta de madera tallada -una vivienda con solera, imaginé- y esperé prudentemente a que me invitara a pasar, que uno tiene ya muchas tablas. Se apartó a un lado y con una ligera señal de la cabeza me franqueó el paso. Un universo de olores infrecuentes a mi olfato me acogió amigablemente. Muchos de ellos no los sabría identificar; al fin y al cabo mi vida ha discurrido en la calle o en más humildes hogares. Pero aquello era agradable.

    Pasamos a lo que debía ser la cocina de la casa. No he visto muchas cocinas, pero esa era, en cualquier caso, diferente. Junto al fogón y sobre él, mezclados con pucheros y cacerolas había libros, montones de libros. Una sencilla mesa en el centro, con dos sillas destartaladas eran el único mobiliario. Y libros, más libros. Puso al fuego una cazuela de la cual, al poco, comenzó a salir un olor apetitoso. Se sentó a la mesa y entonces, sólo entonces, me miró detenidamente por primera vez. “Otro cochambre como yo.” musitó. Ese fue el inicio de nuestra convivencia. La señora Dolores, la portera, me aceptó a regañadientes, advirtiendo a mi amo que en aquella casa no se aceptaban ladridos y que me dejaba estar por ser él quien era.

    ¿Quien es mi amo? Sé que me quiere, eso es todo. Desde su soledad hombruna y sin manifestación alguna de cariño, pero mi intuición de perro sabe que me acepta y que, de alguna forma, me necesita. Llevamos una vida muy austera, aunque nunca me falta comida -muchas veces es su comida la que pasa directamente de la cazuela a mi escudilla. Paseamos por los parques, a veces muy lejanos. Alguna vez, rara vez, viene una hermosa señora a visitarlo. Entonces me deja solo y ellos se encierran en el dormitorio. Ya me imagino.

    Después, generalmente, se emborracha, llora y pasa unos días francamente abatido. Pero nunca me maltrata. Al contrario, sus muy escasas y someras muestras de cariño se hacen más manifiestas. Se sienta en su sillón frente al fuego que alegra la casa desde una hermosa chimenea francesa, si es invierno, y yo me tiendo a sus pies, sobre la suave alfombra. Así nos pasamos horas. Me gusta sentir sus pies descalzos, y creo que ásperos, sobre mi peluda barriga. Allí se los frota y eso parece alegrarle un poco el ánimo. Nos miramos, yo con mi mirada lánguida y llorosa; la suya, directamente a mis ojos, al poco comienza a diluirse, a perderse en dios sabe qué oscuros abismos.

    A temporadas se absorbe en la escritura; debe ser escritor, un intelectual descarriado en todo caso. Entonces puede pasarse días y noches sentado ante su escritorio y se olvida del mundo... y de mí. He de llamarle sutilmente la atención -apenas un golpecito de mi cola en su pantorrilla, nunca un gruñido y menos un ladrido- y él repara en mi presencia. Sí. Perdona, me había distraído. Acabo este párrafo y bajamos a hacer tus necesidades.

    Poco a poco, suavemente, he tenido que amaestrarlo. Ya soy alguien que cuenta en su vida; ya me dedica mi tiempo y mis atenciones. Yo solo puedo gratificarlo con algún gesto de alegría y frotándome contra sus piernas. Pero eso, al parecer, le basta. Pobre Hombre. Con qué poco se conforma. Tan solo; me alegra haberle encontrado y que él de un cierto sentido de utilidad a mi perra vida.


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  14. A veces, en períodos más o menos largos, las Musas, esas caprichosas e imprevisibles visitas, parece que nos abandonan. Ya se que les gusta ser requeridas en noches de arduo trabajo, bajo la luz de un flexo y frente a la lechosa pantalla del ordenador. Requieren ser llamadas desde el trabajo paciente y sosegado. Otras veces, muchas, acuden al barullo efervescente de una especie de orgía, la que alborota la sedentaria vida del poeta, llevándolo a experiencias excitantes, aunque sea en la estricta soledad. Y otras, en fin, no te hacen ni caso; te olvidan o, afortunadamente, hacen como que te olvidan hasta que un día luminoso, cuando uno amanece bien descansado y sale a dar el cotidiano paseo por el campo, o por la prosaica ciudad, yendo a comprar el periódico o acompañando a su santa esposa a hacer la compra, el cerebro y el alma del poeta o del escritor parece alborozarse, desperezarse al conjuro de algunas palabras brillantes, de alguna idea innovadora que estaba esperando para iniciar o recuperar su pasmada actividad creadora.

    En otras ocasiones es la apabullante actividad del foro, poetas y escritores en general, la que en riadas cotidianas deja ocultas y sepultadas muchas de esas obras en las que el autor cifró tantas ilusiones, poesías trabajadas con esmero, relatos nacidos desde la visceralidad de una experiencia emocionante... y que, debido a esta dinámica devoradora se pierden a los pocos días en esta vorágine creadora, entre las páginas, fértiles prados, que hacen de esas obritas hojas de hierba anónimas.

    Entonces se me ha ocurrido que, al menos en mi caso, podría abrir en el foro un "Baúl de los recuerdos" en el que revolver, de vez en cuando, y rebuscar aquel relato, aquel poema de los que uno esperó respuestas que no llegaron y que, en su buena voluntad y exagerado narcisismo, atribuye a esa desmesurada dinámica de aportaciones que hacen difícil seguir al día todo cuanto se publica. Démosle, entonces, una nueva oportunidad a la obra y a los posibles lectores, saquemos de nuevo a luz nuestras palabras que juzgamos preteridas. A ver qué pasa. Naturalmente este abuso de confianza lo planteo desde la intimidad que me da el blog que, al mismo tiempo, es generosamente publicitada en la página de inicio.

    Si esta iniciativa es válida para otros participantes, compañeros de excelentes letras que tal vez perciban esta carencia obligada de nuestro querido foro, pues les brindo esta solución que, desde ya, creo que cuenta con el beneplácito de la Dirección.

    Queda abierto mi BAÚL DE LOS RECUERDOS.

    NACIMIENTO DEL DESEO.

    (Publicado el 4-11-2014)

    Tarde que acaba, sonrisas,
    furtivos besos, caricias,
    sofocos tras de las brisas,
    aromas que son delicias.

    Cándidos tus ojos miran
    mis manos sobre tus pechos;
    dos avecillas conspiran
    como ninfas al acecho.

    Temblor que acucia tus pulsos
    Sangre como lava o vino
    besos ahora convulsos
    inexorable destino.

    Ya la noche y tú en mis brazos
    y un placer inaugural
    nacido en dulces regazos:
    elixir de lo fatal.

    Tu mirada ya no es cándida
    pero tus manos son sabias
    para la caricia lánguida
    que excita las viejas savias.

    Sátiro y dulce Afrodita,
    maestro y párvula sangre
    que ya la pasión excita,
    carnes donde me desangre.
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  15. Me estreno en el blog con una entrada modestita, aunque vívida. Por fin llegó hasta este pueblo papal, Peñíscola, la esperada lluvia. Como era suave, como caricia de enamorada, salí a recibirla y pasear bajo (¿bajo, junto a, bebiendo y viviendo de...?) ella. Y, claro, como soy terreno abonado, me nacieron enseguida unos versos. Aquí los comparto con vosotros.

    HAIKUS DEL PASEANTE BAJO LA LLUVIA



    Mansa lluvïa

    suave renace el verde

    beben los campos



    Piedra mojada

    como al frío diamante

    te nacen fuegos



    Sobre la cumbre

    se une la tierra al cielo

    en suave beso



    Bajo la lluvia

    busca refugio seco

    la lagartija



    Cantos de pájaros

    alegre me reciben

    bajo los pinos


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