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  1. LAS TRES TÍAS. 1ª parte

    El abuelo de Teodulfo, terrateniente según los viejos cánones, anclado en la tradición y respetuoso con ella, había aceptado con sumisión el designio divino de no haberle dado hijos varones. Cuatro hijos concibió su esposa de sus numerosas coyundas, pero los cuatro fueron hembras. Cierto es que con el paso del tiempo en todas ellas, menos en la madre de Teodulfo, aparecieron caracteres viriloides que menguaron, y no poco, su atractivo. Aunque quedaban las tierras, las mejores de la comarca, el viejo labrador no ponía muchas esperanzas en que esa dote compensara la falta de belleza y natural femenino de sus hijas a la hora de encontrar marido. Porque además de los aditamentos pilosos en sus rostros, todas ellas tenían portes y ademanes que evidenciaban que, en el seno materno, iban para chicos, gañanes de recio cuño que hubiesen alegrado la vida del Sr. Orencio, el frustado abuelo. Andares recios y escasez de atributos femeninos: hombros salientes, pecho deprimido, trasero liso como un trillo de era. Y las vestimentas. Como en tantas ocasiones en los pueblos de las profundidades rurales, los lutos frecuentes con sus manifestaciones de largas ropas negras, u oscuras en los “alivios”, hicieron que las cuatro hermanas pasasen gran parte de su infancia y de su juventud cubiertas con sayas negras, las cabezas tapadas con espesos velos y faldas hasta los pies. Salvo, claro está, la madre de Teodulfo; y le pasó lo que ya sabemos. Y ese culto a la tradición, impuesto por el severo abuelo, hizo que las mujeres de la familia -sólo mujeres, que desgracia, se lamentaba el viejo Orencio con la mirada perdida en sus trigales que llegaban hasta el horizonte -cuyo sensual ondearse con la brisa de poniente evocaba a las bailarinas orientales-- fuesen y tuviesen fama en la región de seres inalcanzables, puestos en la Tierra para advertencia de pecadores. Y no es que faltasen durante algún tiempo pretendientes atraídos por el señuelo de las buenas tierras. Pero la actitud de las pretendidas, la displicencia de su trato, su total falta de atractivos físicos y el evidente rechazo que manifestaban hacia el sexo fuerte, los ahuyentaba rápidamente. Y el abuelo Orencio los dejaba marchar aceptando la voluntad de Dios.

    Pero como las desgracias nunca vienen solas, como enseña la sabiduría popular, la llegada a la vida de cada una de las cuatro hijas coincidió con un particular onomástico, regulado por el santoral cristiano, que según la tradición debía imponerse en el bautismo a cada una de las criaturas. Resultó de tal coyuntura que las cuatro hermanas vinieran a llamarse Otilia, Obdulia, Orencia (por el abuelo) y, por fin, la madre de Teodulfo, que se cristianó con el nombre de Baudilia. Y ello unido a la escasa femineidad de las muchachas pareció labrarlas un destino áspero, austero, contenido y abstinente, lejos de toda fruición, deleite o complacencia que las escasas situaciones que se ofrecen al ser humano para entibiar los rigores de su condición de “ser-para-la-muerte”. Bueno, el señor párroco lo decía con otras palabras menos existencialistas. Ni siquiera en las fiestas del pueblo ni en los atardeceres en las eras, que ya es limitarse.

    Pues como anunciábamos en el capítulo anterior, las tres hermanas, deseando mejorar su situación social y ser iluminadas con los resplandores de la cultura, sin asomo, eso sí de la menor lubricidad ni tendencias volterianas de las que estaban advertidas por su señor párroco y director espiritual, buscaron casa en la capital (pongamos que hablamos de Madriz) para tratar de alcanzar ese desideratum que la austeridad castellana cristalizada en el ambiente de sus pueblos, les negaba. Y allí marcharon con carta de recomendación al secretario del señor Obispo, quien cumplidamente las puso en contacto con banqueros, registradores de la propiedad, notarios… en fin, con las personas adecuadas para resolver los intrígulis de unas gestiones irresolubles para ellas. Y todo ello bendecido con el santo óleo del dinero para engrasar cualquier obstáculo.

    Y así se situaron en un amplio y oscuro piso (un segundo sin ascensor) de la calle de las Huertas, próxima al Paseo del Prado. Y la iglesia tan reverenciada donde se daba culto al Jesús de Medinaceli. Un barrio todavía no contaminado por la modernidad, apacible, sin “movida” ni gentrificación, conceptos estos desconocidos todavía, anteriores al tumultuoso devenir de la ciudad. Las costumbres de las que pronto fueron conocidas como las “tres beatas” no rompían mucho con las que eran del uso cotidiano del barrio; misa matutina en la Basílica de Jesús de Medinaceli, compra en el Mercado de Antón Martín, un paseíto por el Paseo del Prado, santo rosario en casa, con Teodulfo; y asistencia cuando tocaba a las Conferencias de San Vicente de Paúl, en la algo lejana calle de Peligros. Allí empezaron a tomar contacto con lo más granado de la sociedad católica, conservadora y guardiana de los valores de la sagrada tradición que volvía por sus fueros pasado ya el cataclismo de la guerra civil. Allí estaba su caldo de cultivo y allí se encontraban como en el pueblo; pero en un ambiente mucho más distinguido.

    Las actividades que, poco a poco, se fueron instituyendo como actos sociales de las recién llegadas solían ir acompañadas por otras más atractivas, como degustación de chocolate casero con dulcería pueblerina, que eran muy apreciadas por los concurrentes, que ya habían olvidado los sabores de su infancia, proporcionados en los ya lejanos años de la anteguerra por las habilidades de abuelas, tías solteronas y empleadas de hogar de las que, para disimular los deslices de los amos, se acogían con el estatuto de familiar lejano a las caritativas prácticas de la casa. Se empezaba con el rezo del santo rosario en cuanto había un mínimo “quorum”, los asistentes bajo los más aparatosos pretextos solían llegar tarde a la parte piadosa de la velada, para seguir con el servicio de la chocolatada y los pestiños, churros calientes, torrijas y demás delicias caseras que, con inusitada abundancia para los tiempos de escasez que todavía se vivían, se servían como adobo de una cierta tertulia, en la que se pretendía repasar los problemas nacionales y, si procedía, denunciar algún desliz ideológico de conocidos y vecinos, o la sospecha de la infiltración de algún rojo en la comunidad.



    (continuará, espero)
  2. EL PROSTITUTO (2)

    Volvemos a encontrar al joven Teodulfo en el salón de aquella casona, en aquel ambiente de estufa fría en el que sus buenas tías, devotas y beatas, cultivaban su espíritu cual si de una flor exótica y delicada se tratase.

    A pesar de ello, al joven Teodulfo su naturaleza vigorosa e inquieta (con inequívocas trazas del carácter aventurero de su padre y la fogosidad carnal de la madre) la vida en el pueblo le parecía una barra rígida y pesada, a la que se encontraba atado, como si estuviese en galeras. Poco amigo de mudanzas, sin embargo, y menos aún buscavidas, quería encontrar su hueco, todavía indefinido, en aquella sociedad que, al tiempo, le atraía y le repelía.

    La paz aromosa de los campos o la umbría tranquilidad de la casona eran su hábitat; pero le faltaba el ámbito adecuado para el desahogo de sus ímpetus juveniles. De su madre, encerrada en el lóbrego caserón del arrabal, nunca supo nada. Era el secreto que muchas familias tienen y que sólo se desvela en los dramones novelados.

    Comenzó a frecuentar la compañía del pastor del pueblo, hombre excéntrico y cordial, querido por las gentes y vigilado por el cura teósofo, quien admiraba en él una extraña y superior cultura y conocimientos casi mágicos que salvaron más de una vida humana, además de numerosas ovejas, terneros y otros seres vivos más importantes para aquella sociedad pueblerina.

    Con él Teodulfo gustaba retirarse a las brañas, tras los montes, y allí el joven se inició en los mundos filosóficos y en los esoterismos rurales del pastor, quien además, vaya usted a saber porqué, conocía y recitaba pasajes completos de las obras de Kierkegaard :”¡Qué estéril está mi alma y mi pensamiento!... etc.,etc.”. El pastor, además, le introdujo en el más inmediato mundo de los placeres carnales, dejándole gozar de las ovejas más placenteras del rebaño. Una inesperada dádiva que turbó el sereno espíritu del joven.

    Así se abrió a la vida aquel fruto de ausencias: una dualidad entre la vigorosa juventud que le había sido regalada y las ansias de trascendencia que le imbuían sus tías beatas y el pastor filósofo, aunque tan opuestas en sus motivaciones y raíces.

    Las tías de Teodulfo Sangróniz decidieron trasladarse a la capital de la provincia. Habían leído recientemente “En busca del tiempo perdido”, y les entró el gusanillo de abrir un salón al estilo de Mme. Verdurin, pero más religioso, menos volteriano, que decían ellas. Y, evidentemente, en el pueblo no tenían parroquia.

    Entretanto Teodulfo se había transformado en un guapo mocetón, fornido y lenguaraz, para desesperación de sus tías, estereotipo del joven rústico, desclasado por familia, pues no tenía compromisos ni con el campesinado, a los que consideraba todavía como siervos de la gleba, ni con la escasa y rancia aristocracia que aún no había dado el salto a la capital, para dilapidar la menguada fortuna que heredaron de sus antecesores. Ello no le hacía, sin embargo, voluble ni indeciso en su idea de futuro.

    Los intentos de Teodulfo para orientar su vida se veían frustrados, uno tras otro, en aquel ambiente pueblerino. La intención de las tías beatas de trasladarse a la capital abrió en su imaginación la posibilidad de experiencias inéditas, aventuras impensables en el círculo ovejuno de sus relaciones sexuales. Nunca se llevó moza alguna a la era, por miedo a la inevitable coyunda eclesiástica. Como mucho, y si las condiciones de total discreción se daban, algún beso furtivo, como jugando, en los columpios de las afueras.

    En la ciudad, pensaba, aquello debía de ser otra cosa. Las mujeres se ofrecerían a él, ejemplo de virilidad según las amigas beatorras de sus tías, cansadas de aceptar los rudimentarios y rutinarios placeres que les ofrecían sus maridos o los que, imaginaban, ofrecerían los mozos capitalinos, escasos de fuerzas, pálidos y sicalípticos.

    Se efectuó el traslado y, como estaba previsto, sus tías abrieron un coqueto salón, donde los miércoles recibían a lo más granado de la sociedad capitalina, toda ella, naturalmente, adscrita a la Iglesia y a su ámbito: conferenciantes de San Vicente, novenarias de San Antonio... Y allí se le iluminó el camino a Teodulfo. Pronto su estampa recia de joven campesino, sano e ingenuo, caló entre las solteronas, viudas y casadas mal abastecidas que conformaban las tertulias.

    Discretos mensajes, encargos subrepticios, llevar y traer las capillitas de los triduos y novenas a los castos y cerrados domicilios de las damas... De ese caldo de cultivo brotó, poderosa y nítida la auténtica vocación de Teodulfo: sería prostituto; satisfaría a aquellas pudorosas damas a cambio de ciertas prestaciones pecuniarias. Y de esa situación pasó, por concesión de un marido cornudo, a ser empleado municipal. Pero eso ya es otra historia.

    (continuará)
  3. EL PROSTITUTO (1)

    Aquel pueblo estaba a caballo entre la fábula y la tragedia. Todos sus habitantes, al menos los más representativos, disfrutaban o padecían peculiaridades que los hacían singulares, algo anómalos. Así el cura, viejo teósofo; la pareja de guardias civiles, reputados cómicos de la legua; el maestro de escuela, anarquista de maneras dieciochescas o el pastor de ovejas, profundo conocedor de la filosofía existencialista, curandero y experto en pócimas y brebajes. Quedan el Alcalde y el cacique, que además de coincidir en la misma persona representaban en las fiestas del pueblo, por separado, los papeles de Don Quijote y Sancho Panza, en versión para la ópera bufa “Don Chisciotte alle nozze di Gamaccio”, con libreto de un tal Esteban Ferrero, vaya usté a saber, con episodios musicales a cargo de la Banda Municipal, integrada por internos del oligofrénico del pueblo de al lado.

    Entre aquel paisanaje vino al mundo Teodulfo Sangróniz, hijo del pecado y de Doña Baudilia Fuentidueñas, su señora madre. Su padre, marino mercante, que siempre fue un poco buscavidas, persona a quien el pueblo se le antojaba insoportable, se lo encontró en casa a la vuelta de una expedición a las Islas Feroe, islas que entonces, como ahora, estaban en el fin del mundo. Hombre de natural tranquilo no quiso asesinar a su infiel esposa, que es lo que hubiese sido políticamente correcto, bien visto y perdonado por la sociedad rural en la que vivían, vengando así el baldón que esa infidelidad arrojó sobre el escudo de armas, barrado en gules, con ciervo en sinople, pasante con astas ramosas en oro, de la familia.

    Pero la enclaustró en un enorme caserón aledaño al pueblo, junto al arrabal, cuidada por dos mujerucas medio brujas que, para desmotivarla de aquellos desmedidos apetitos de la carne que fueron la causa de su caída y, como consecuencia, del nacimiento de Teodulfo, la sometieron a un riguroso régimen alimenticio, que determinó en poco tiempo que aquella lozana mujer, de curvas suculentas y alegría contagiosa, pasase a ser una especie de deforme imitación de mujer rubensiana, excepto en sus carnaciones y lozanía exultantes, como era fama que tenían las felices hembras de aquel pintor, barroco y vitalista.

    Gorda, fofa y ojerosa, Baudilia Fuentidueñas, la madre de Teodulfo, que fue tan voluble y casquivana, ya no era, ya no podría volver a ser el objeto de pasión de ningún otro buhonero trashumante y desvergonzado que la volviese a preñar. Su cuerpo apetecible ya no sería dádiva generosa a cambio de una noche de pasión.

    La criatura fue entregada al cuidado de dos hermanas de su padre, solteronas y beatas, que siempre vieron en aquel hijo del pecado un motivo de redención de su propia esterilidad y falta de productividad como madres. Teodulfo se crió físicamente sano y fuerte y anímicamente desvaído y con tendencia a la melancolía.

    Con ellas practicaba toda clase de rezos, jaculatorias, triduos y novenas que sus buenas tías le imponían, pensando que, por aquello de que la cabra tira al monte, no fuese el mozo a salir otro pendón como su desnortada madre. El sombrío salón de la casona solariega, cuajado de imágenes y altarcillos donde se veneraba, en continua mudanza, todo el santoral en sus más variadas advocaciones, según las necesidades del momento (sequías, plagas, enfermedades) fue el marco donde Teodulfo creció supuestamente protegido de las perversas atracciones del mundo y de la carne.

    Pero dejemos por ahora (por estrategia de edición) al joven Teodulfo, constreñido a vivir en aquella rutina, monótona y nada estimulante, que hizo que un día el marido de su madre huyese del pueblo buscando la aventura y ésta, la pobre, aburrida de tanto triduo y tanta novena, cayese en brazos de aquel jovial buhonero que, por una sola noche, la hizo tan feliz.

    (continuará)
  4. Aprovechando la amplia disponibilidad del blog me permito recopilar en él todos los haikus y sernyus que he publicado en el foro general. Creo con ello dar una visión de conjunto de esta fórmula poética, en la que a pesar de mis críticas a su naturaleza extraña a nuestra poesía, me encuentro muy cómodo. Como no soy un experto en distinguir ambos tipos de poemas, los haikus de los sernyus, de los que sólo distingo aspectos generales, incluyo todo en un único apartado. Galgos o podencos, ambos son perros y muy hermosos.
    Si a alguien puede interesarle se lo brindo de mil amores.


    HAIKUS


    áspera roca

    con el mar que te besa

    tejes puntillas



    muere el otoño

    llora en rojo menor

    la parra virgen



    viento otoñal

    las nubes perezosas

    se desmelenan



    vuelven las barcas

    en sus redes colean

    peces de plata



    Sobre la playa

    las doncellas desnudas

    llamas de bronce



    el cormorán

    recordando la heráldica

    tiende sus alas



    Rompen las olas

    efímera grandeza

    final de espumas



    Desde las nubes

    abre el sol sobre el mar

    llagas de luz



    mis viejas manos

    modelando tu ausencia

    con ardor joven



    Gata traviesa

    con tus cabellos rubios

    la luna juega



    Noche y silencio

    Bosque cobijo de aves

    La vida sigue



    Es madrugada.

    Mecida por el mar

    La luna duerme.



    Zarzal de otoño

    tras sus espinas guarda

    rojas delicias



    Gotas de lluvia

    como lágrimas brillan

    sobre las hojas



    INVIERNO



    Llega el invierno

    en el frío alba nacen

    flores de hielo



    El campo calla

    Hasta el arroyo helado

    guarda silencio



    Blanco, gris, rojo

    las nubes del ocaso

    visten sus galas



    FLORECILLAS

    En Nochebuena

    un humilde gorrión

    come en mi mano



    DESPEDIDA

    Llega el invierno

    el rosal me regala

    su última rosa.



    HAIKU

    Lumbre en la llar

    fuera, sobre el tejado

    cae la nieve.



    HAIKU

    Amanecer

    niebla y un sol huraño

    tirita el alba.



    Entre las piedras

    la frágil lagartija

    busca refugio.



    Rudo lentisco

    tus racimos de flor

    son tu hermosura






























    A Fulgencio Cibertraker le gusta esto.
  5. AMOR ETERNO

    Hoy he leído en la prensa una noticia emocionante, que me ha inspirado el relato que quiero compartir con vosotros. Al parecer en un pequeño pueblo de Serbia vivía un matrimonio en crisis. Aunque permanecía la convivencia, sus diferencias eran insalvables y la ruptura anunciada. Tanto ella como él tenían contactos a través de internet; ambos habían encontrado a su “otro” y, como es habitual en las redes sociales de contactos, los habían adornado con todas las excelencias virtuales, que eran, precisamente, las carencias que encontraban en su pareja. Finalmente, tras las sesiones de chat, mails y demás protocolos decidieron conocerse en persona. Como era previsible, esa persona ideal que cada uno había encontrado en el otro era ni más ni menos que... su cónyuge. La noticia dice que tras ese encuentro decidieron divorciarse.

    Yo voy a tratar de hacer una ucronía desde el momento de la historia en el que se conocieron por el chat, cambiando lógicamente la personalidad de los protagonistas. Vaya por delante que no es mi intención matarlos al final, pero las exigencias del guión así lo requieren procuraré que sea una muerte dulce.

    Beatriz y Graciela fueron muy amigas durante su adolescencia. Educadas ambas en el mismo colegio religioso sólo las separó el ingreso en la Universidad. Aunque siguieron la amistad de forma intermitente, durante las vacaciones o en visitas ocasionales. Finalmente el matrimonio de ambas acabó por enfriar aquella sana amistad de juventud.

    Beatriz se casó con un antiguo vecino de su ciudad, un comercial de la banca que aspiraba a llegar a ocupar altos puestos de dirección en su empresa; un hombre ambicioso, aunque cultivado y de buenas maneras. Graciela conoció a su media naranja en la Facultad. Otro joven de familia rica, que se preparaba para seguir los negocios familiares. Así como Beatriz volvió a su ciudad natal para establecer su residencia junto a su esposo, Graciela se trasladó a un pueblo importante donde radicaban las empresas del grupo familiar de su marido.

    Pronto, en ambos matrimonios, empezaron a apreciarse faltas de sintonía entre los cónyuges. Las dedicaciones que los maridos, en uno y otro caso, daban al trabajo en progresivo detrimento de la atención al matrimonio, fueron erosionando la convivencia. Finalmente llegó el aburrimiento y la soledad; la rutina se impuso y la comunicación entre los esposos cayó en esos canales repetidos y apáticos. Además no tuvieron hijos; fue una decisión acordada, una vez que se vio la pobreza sentimental que aguardaba al futuro del matrimonio. Pero, en ambos casos, los intereses económicos y sociales aconsejaron prolongar la pervivencia matrimonial, previendo alguna posibilidad de solución, ya que, al menos en lo material, no existían problemas. Ambas esposas se refugiaron en internet; entraron en las redes sociales, primero como una distracción, pasando luego a considerar que podría ser un medio para aliviar sus soledades. Y, quién sabe, hasta de rehacer sus vidas.

    Beatriz encontró un perfil de hombre joven, maduro, experimentado y culto que le resultó atractivo:
    desde un primer momento encontró en ese ser virtual la personalidad que estaba buscando. Poco a poco, con prudencia, fue avanzando en confidencias y pequeños secretos, hasta manifestarle lo desgraciada que era en su actual matrimonio.


    Graciela, por su parte, casi simultáneamente y, desde luego con total desconocimiento de lo que hacía su antigua amiga, con la cual hacía tiempo que no se relacionaba, se registró en la red con una falsa personalidad: se enmascaró como hombre para dar cierto morbo a su aventura. Encontró una relación femenina, una amistad nueva (ella/él no buscaba otro hombre: su experiencia matrimonial fue un rudo golpe a sus aspiraciones de encontrar en el otro sexo el complemento a su vida). La personalidad de aquel “nick” encajaba perfectamente con su ideal de “persona”, de ser humano comprensivo y cordial que sería ese complemento que buscaba para aliviar su soledad. Una red de complicidades se tendió pronto entre ellos.

    Al poco tiempo de intimar decidieron conocerse personalmente. Para Graciela, naturalmente, aquello supuso una tremenda complicación. Ella, él, aquel hombre apuesto, varonil, educado, que “buscaba lo que ofrecía”, según las convenciones de aquellas búsquedas, tendría que desmontar previamente su imagen virtual. O seguir el juego hasta ver la reacción de su pretendiente.

    Se estableció la cita finalmente en un lugar discreto, a medio camino de sus respectivas residencias. Convinieron en verse en lo que ahora se llama un “hotel con encanto”, a última hora de una tarde de viernes. Así podrían disfrutar, si el encuentro era satisfactorio, de todo un fin de semana para conocerse mejor.

    El comedor del hotel estaba en una agradable semipenumbra; ya había oscurecido en aquella tarde otoño y la iluminación del salón no lucía al completo. Beatriz, a la hora convenida, apareció en la entrada vestida con un discreto traje sastre, de corte perfecto, que realzaba antes que ocultar, sus perfectas y sugestivas formas de mujer ya madura. De un rápido vistazo comprobó que, efectivamente, él había sido puntual. En una mesa del fondo, sobre el jardín en el que ya los añosos árboles lucían los primeros esplendores otoñales, semioculto tras un espléndido ramo de rosas rojas, entreveía a contraluz la figura de un hombre apuesto. Era él, sin duda. Se acercó marcando sugestivamente sus movimientos. Sus lujosos zapatos “stilettos” puntuaban sobre el pavimento un ritmo casi de marcha triunfal.

    Le sorprendió la inmovilidad de él. Se encontraba prácticamente a su lado y no hizo el menor ademán de levantarse. Como si una estupefacción profunda lo hubiese paralizado. Entonces “la” vio. No podía ser... Juan, el hombre a quien en su vida virtual había dibujado como un espécimen perfecto era... Graciela. Algo cambiada por la edad, pero espléndida, de una belleza en sazón absolutamente canónica. Elegantísima dentro de su blazier y su camisa deportiva, con un lujoso pañuelo anudado al cuello. Graciela, su amiga del alma, que ahora se levantaba y con mirada inquisitiva la llamaba por el nick de internet: “¿Minerva?”

    Las conversaciones que siguieron fueron largas, íntimas, cautivadoras y liberadoras. Ambas amigas eran, desde luego seguían siendo, aquellos seres que habían imaginado ser, a pesar de las supuestas identidades sexuales. El fin de semana se prolongó. La intimidad de las almas se amplió a la intimidad de los cuerpos. Como resultado establecieron que debieran seguir juntas, vivir juntas, puesto que ningún reparo moral ni ético encontraron en esa convivencia. Se establecerían en una ciudad grande, donde fuesen desconocidas. Ambas tenían recursos económicos suficientes para iniciar aquella etapa de sus vidas sin esa preocupación. Vivieron felices varios años. Dos mujeres juntas, sin estridencias, con normalidad, a nadie hoy día llamaba la atención.

    Pero aquella felicidad, aunque intensa y basada en un amor limpio y sincero, estaba llamada a acabar pronto. Un viaje de placer; un trágico accidente de automóvil. Las dos amigas murieron al mismo tiempo, instantáneamente. Un testamento, un acta notarial apareció en el registro judicial que hubo de practicarse en su domicilio. Sus antiguos maridos, informados del dramático final, excusaron su presencia. En aquel acta se expresaba su voluntad de ser enterradas juntas, fuesen cuales fuesen las circunstancias de sus muertes. De hecho, ya habían adquirido en el cementerio un nicho doble, al que solamente faltaba colocar la lápida. En ella se inscribió:

    " Que la muerte una para siempre lo que la vida separó".
    Graciela García Fernandez
    11/02/70 .......15/08/2020
    Beatriz Barca Lobera
    13/04/72........15/08/2020
    A therymaria y BEN. les gusta esto.
  6. LA MULTITUD

    Sábado, mediodía, verano. Una ciudad de provincias. Era una cita a ciegas. Habíamos quedado en una recoleta plaza, casi en las afueras, próxima a la zona industrial. Ella era una mujer conocida y yo recién acababa de llegar del otro lado del mundo, exótico y austral y no convenía. Ya se sabe: la gente es cobarde y murmura.. Yo, aunque negro, debía de llevar un pequeño bouquet de violetas en la mano para que ella no tuviese dudas. Y es que, pude comprobar, la gente de mi raza ya era numerosa en esa ciudad, sobre todo en la periferia. Decidí acudir al lugar de la cita en autobús, en uno de aquellos confortables asientos y disfrutando del aire acondicionado. Algunas cosas de esta sociedad bien merecen la pena los sacrificios que nosotros, viajeros de otras culturas, hemos de padecer. Podía haber llegado en bicicleta, esa especie de chatarra con la que acudo diariamente a la obra. Pero algo me decía interiormente que la mujer con la que estaba citado merecería una mejor representación.

    Me situé en los soportales, a la sombra, en la esquina convenida. La plaza y sus alrededores aparecían en total soledad. A esa hora, en plena canícula, era lo normal. Aunque, ahora, un pequeño grupo entró por una de las callejas laterales. Más gente, en ese momento, comenzó a acceder a la plaza por otras callejuelas. Yo procuraba disimular mi presencia y mi estúpido ramo de violetas. Siguió llegando gente, que ocupaba ya el centro de la plaza, incluso los exiguos parterres que rodeaban la fuente. Oh dios mío, más y más gente. ¿Qué era aquello? Cientos, quizá miles de personas se iban agolpando, ocupando todos los rincones. Yo era zarandeado, arrancado de mis posiciones inmediatas al lugar de la cita. Me encontré como desenchufado de la realidad, de aquella apacible realidad de apenas un rato antes. La multitud seguía aumentando hasta convertirse en una especie de monstruoso miriápodo, fragmentado y sudoroso. No se oían voces; sólo un murmullo, que recordaba al sordo golpear de cientos de martillos de madera sobre arena, con el bajo continuo del zumbido de millones de avispas invisibles. Aquello era como un terrorífico ensueño producido por el calor asfixiante del verano. Yo era presa ya de ola humana y había perdido toda referencia de mi situación. El espectáculo al que asistía incrédulo era alucinante, demoníaco, algo que ni en las terribles manifestaciones de desplazados a las que tuve que acudir en mi país pude comprobar con tan inhumanas propociones. (Reflexiono: ¿cómo una aglomeración semejante de seres humanos puede volverlos tan inhumanos?)

    Sudor/sofocón/golpes/gemidos/vaho/pechosaplastados/codospuntiagudosseclavanenmi pecho/fueranegrodemierda7incompetente/pandemoniumdemanosybrazoselevadoscomoimprovisadospulmones/brillodegafasrotas/miniñominiño/dondeestáminiño/faldasrasgadas/latarderota/ellarota/apenasplaza/nuncaciudad/measfixio/memuero...memuero…

    Noto que la presión de los cuerpos que me aplastan va cediendo, un poco más de aire, aun no veo sobre el mar de cabezas pero siento que la multitud va disminuyendo en cantidad y en densidad. Primer hueco, aumentan los claros por el centro, ya se distingue la fuente. La turbamulta ya apenas gentío. En silencio, ahora con rapidez, la plaza va quedando vacía. Al final yo, con mi mustio ramito, solo en un rincón. Miro a mi alrededor y allí está: ella con su sonrisa igual a una rosa apenas entreabierta que ilumina su rostro armonioso. Apenas deslucido su atuendo por la muchedumbre. El brillo de sus ojos glaucos es mi semáforo verde. Me acerco y tomo su mano…
    negra. Aquel momento me hizo absolver la crueldad recién vivida. Ella y yo y la plaza vacía. Es la hermosa soledad de los principios.

    A Oncina, Fulgencio Cibertraker y malco les gusta esto.
  7. En tiempos ya muy lejanos, en un viejo foro que ya no existe mas que en el recuerdo de quienes lo vivimos, alguien propuso la jitanjáfora como ejercicio para aliviar la soledad del soneto. Allí trabé conocimiento con tan extraño modo de versar que, sin embargo, era tan afín a mis gustos por el surrealismo. Os dejo la definición académica de ese tipo de poema y alguna referencia prestigiosa y, a continuación, algo que me recuerda a aquellos tiempos felices, de una inmersión casi celestial en la poesía y en la amistad. Tal que en MP, vamos.

    Jitanjáfora.
    nombre femenino
    Composición poética formada por palabras o expresiones carentes en sí mismas de significado y cuya función poética radica en sus valores fónicos, que pueden cobrar sentido en relación con el texto en su conjunto.
    "las jitanjáforas fueron apreciadas en ciertos movimientos vanguardistas"
    La jitanjáfora fue cultivada por algunos artistas de vanguardia, especialmente por los dadaístas. El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974) destacó en el uso de la misma, especialmente en su obra El señor Presidente, así como el escritor español Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999) en La saga/fuga de J. B. y la escritora argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972) en la extravagante La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa.


    CANCIÓN DE AMOR

    (Jitanjáfora con interferencias de romance)


    ¡Oh versiloquios del alba

    lunaciones nebuladas!

    estréllulas son tus óculos

    y rióforos tus miradas

    (Sueltos tus cabellos de oro

    y tus manos alas de hada

    tus manos como poemas)

    Silirrosas en mordículas

    Plauciones de color malva

    cancabuses heliofínicos

    concaleñas perforadas.

    Baustias de suarecillas

    Ardiformas acibadas

    (Envuélveme entre tus brazos

    inrígenos, corilunas como nata.

    Haylailos y norúgenos

    treman castielas doraces

    Los norúgenos acraecen

    los haylailos abisman boatas.

    en delirios sin mañana)

    Caranduelas saborosas

    palatillos montaraces

    azures cortan los gules

    rocamontes de torcaces.

    No sin ti noches ni albas

    arrullos de hiedra y agua

    nobles palacios morunos

    son para mí tus enaguas.

    ¡Ah de los rasgueamientos

    erizados de montañas,

    yegujuelas dormitadas

    cocican entre mis sábanas!

    Yazgue el coroco blandiente

    pitiminíes y pulsanas

    acurrúcame mi niña

    entre tus labios de nácar.
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  8. Verano, tiempo de viajes y sueños. De recuerdos de lo viajado o lo soñado. Roma, ciudad para viajarla y soñarla; junto a Alberti, callejeando entre gatos y fontanas, en atardeceres multicolores en los que aparece Ella, el sueño o el deseo de soñarla. Desde la paz ya otoñal y también mediterránea, los pinos de Roma, tan a pie de casa, como melodía inacabable. Y Ella, la turista del Oriente que me hizo soñar y ahora evocarla.

    ATARDECERES ROMANOS


    A Natsumi, mi flor de nube,

    desde aquel único verano.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Fugaz amor de verano

    sobre acordes de pïano

    y atardeceres romanos

    bebiendo de fuente en fuente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Tu figura leve y clara

    en mi corazón entrara:

    feliz acomodo hallara

    en ese lecho latiente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Roma, un pïano y un sueño;

    y un beso, mortal beleño,

    me hicieron de tu amor dueño

    y enamorado doliente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.



    Cálida noche romana,

    no tuvo nunca mañana.

    Tíber te llevó lejana.

    Yo, soñándote en tu Oriente.


    En una lágrima ardiente

    quedaste, oh amor ausente.

    A Runa le gusta esto.
  9. SIERRA DE IRTA (Nocturno junto al mar)
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    Verde lenidad de desmayo en la parábola

    Agua trémula que busca la sed para soñar

    Demorado paseo entre verdes y jacintos

    Es la noche que amaga.


    Grácil el horizonte que se disuelve en trinos

    el mar ronronea con mimo entre las rocas

    y al fin se disuelve desde sus sublimes centros

    Tarde acalorada, tarde mecida entre bruma, misterio.


    Como un labio que se entrega en la suavidad de la caricia

    como una onda estremecida recién nacida del mar

    así la sierra que nace desde el horizonte oscuro

    así los musgos y sus rocas, el rumoroso pinar.


    Acunada por milenios de anónimos trabajos

    las faldas pedregosas forman hirsutos pliegues

    donde habitan los viejos olivos, los míticos algarrobos

    los ignorados neveros y las fuentes siempre esquivas.



    Campos de visionarios antiguos, confín de mi vivir cotidiano,

    la que me cierra el camino al falaz resto del mundo

    y me obliga a ser de mar, a vivirlo en su azul inagotable

    y recorrer su inmensidad trascendida por el vuelo de las aves.


    Comparto allí mis silencios con las umbrías soledades

    buscando la luna llena que juega con los enebros

    aspirando aromas plácidos del pinar adormecido

    asustándome cual niño con los brillos repentinos de los furtivos lirones.


    Eternidad hecha roca con atisbos de cilantros

    Severidad cariciosa del algarrobo que duerme

    Pinos que laten al unísono con sus aves

    paz junto al mar que da la vida.
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  10. EL HOMBRE QUE SOLO ESCRIBÍA CARTAS AMOR.



    Mi muy querido Fernando Pessoa escribió: “Todas las cartas de amor son/ Ridículas, No serían cartas de amor si no fuesen/ Ridículas ” Más o menos. Pero hay personas que solo escriben cartas de amor. Toda su prosa es amorosa, suavemente erótica, meliflua y evanescente. Prosa de pobres de espíritu y menesterosos. Como yo, que solo he escrito cartas de amor.

    Una carta de amor que desborde ese ardor, ese fuego de pasión que incendia cuanto objeto de deseo se le pone por delante, nunca puede ser ridícula, que Fernando me perdone. Pero lo bueno, lo superior es no tener que escribirlas, claro; tener al susodicho objeto de deseo a mano y hacerle saber de manera directa, sin subterfugios, cuánta pasión nos produce, cómo solo siendo él o ella, la copa donde libemos, nuestra sed puede calmarse.

    Luego está lo de internet y todo eso. Pero son moderneces. Desde luego mi opinión no deja de estar mediatizada por mi condición de crápula callejero y noctívago. O sea, que no me hagáis mucho caso quienes, recostados en un verde terraplén, o ribazo, extasiándose con el rumoroso arroyo que discurre a vuestros pies y encantado con el dulce piar pajaril, estáis desgranando en vuestras mentes las palabras, ardientes, poéticas, dulcísimas con las que vais a llenar la pantalla del ordenador, o el folio color crema pastelera, para enviarle al amor eterno de vuestra vida, ése que vais a dejar estas vacaciones de verano más tirado que un chucho en gasolinera, todos los sentimientos celestiales, el èlan vital que os provoca su solo recuerdo.

    Esa carta de amor en la saboreareis palabra por palabra, corrigiendo, puliendo, perfeccionando, sin daros cuenta que el amor es un sentimiento inefable: i-ne-fa-ble. (Busquese significado en wordreference o en el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora.) Cartas que son los tejidos sutiles, las telas de araña en la que pronto os sentiréis presos, maldiciendo aquellos textos impulsivos, de juvenil imprudencia (aunque, como yo, seáis ya viejitos, que la soledad es mala consejera y empuja al hombre a la república del arrejuntamiento, sea concubinato, amancebamiento o cumplida y legal coyunda.)

    Pues eso; que tengáis cuidado y no seáis ridículos como las ridículas cartas de amor que escribís, como las ridículas cartas de amor que yo tantas veces he escrito y tras de las que, como hermosísimas puestas de sol, ha caído la noche.

    A Fulgencio Cibertraker y Oncina les gusta esto.
  11. Otro antiguo poema de corte metafísico que como tantos otros no tuvo apenas respuesta. La ventana del blog, aunque exigua, se abre generosa a los amplios paisajes de las relecturas. Aquí, desde aquí, lo dejo en libertad para que vuele sin límites hacia las difusas fronteras del olvido.
    Pessoa.

    Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra pequeña vida termina durmiendo.

    William Shakespeare -

    LAS DIMENSIONES DEL SUEÑO

    Todos mis sueños,

    los atroces, los húmedos, los no soñados...

    caben entre mis brazos en cruz.

    Mis manos se reflejan entre sí

    como las estrellas gemelas que nunca serán

    abrazo.


    El exorcismo antiguo del beso,

    las gruesas elipses de los labios agrietados

    por donde escapa mi lengua,

    todo eso y mis infinitas vidas pasadas

    cabrían en uno de mis sueños.


    Tú, la infinita,

    la cálida nube rosada

    cabes, pura esencia,

    en alguno de mis

    sueños que se expanden

    hasta caer, otoñales,

    en la gota de lluvia

    donde habito.


    El rústico caballo de batalla

    nacido, como yo, para la muerte

    piafa y cocea a punto de desbocarse

    y se desprenden de sus alas

    las plumas de bronce

    y las hojas que nacieron

    de mis sueños,

    como en un prematuro otoño.


    Plumas u hojas broncíneas

    de cromática sonoridad

    caen sobre los ríos que me llevan

    atravesando galaxias encendidas

    o bandadas de luciérnagas en flor.

    Sueños inacabables en el paréntesis

    de una vida limitada.

    Sueños paralelos tras el vacío que deja

    un ferrocarril en marcha.

    Sueños.


    Mis dedos extendidos en raíces

    buscan exuberantes subsuelos

    en los que fertilizar los sueños.

    Atraviesan sótanos y tumbas,

    alborotan cadáveres a punto de morir,

    avanzan oscuramente por los túneles del tiempo

    sin encontrar su remanso.

    Pobres, infinitos, limitados,

    sueños míos.





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    Ilust.: Fotografía minimalista de Hengki Koentjoro. “Paisaje de Indonesia”.
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  12. Unos antiguos versos, a modo de romance, creo, escritos hace ya tiempo; debiere ser yo, entonces, algo golfete. Ni la letra ni el espíritu, si lo tiene, reflejan en modo alguno mi sentir y mi respeto hacia las féminas, especialmente las que ejercen la dignísima profesión (muchas veces obligadas) de prestatarias de favores sexuales remunerados. Algunos otros poemas míos lo declaran y suscriben. Pero, en una tarde de sábado, con la tele chorreando estulticia... pues eso, que os guste.

    NOCTURNO



    Con mi esperanza y mi Estrella

    amanezco cada día;

    brilla una ciega osadía

    en mi aventura tras de ella.



    Ella, sueño o nube negra

    de una noche de alcoholes

    -como luz de los faroles-

    me apareció pelinegra.



    Pelinegra de ojos claros

    ¡qué peligro, que ocasión,

    que escultura, qué primor!

    Salgo pitando tras ella.



    Y desde entonces mi vida

    insoportable se ha vuelto.

    Mi Estrella me lleva al huerto;

    la esperanza ya he perdido.



    A Estrella, como nocturna,

    la comparto con mil hombres.

    maqueró ahora es mi nombre

    y ándome triste y soturno.



    Pero un amigo me dijo

    después de catar mi Estrella:

    “Bragada es la tal doncella,

    aunque sin bragas me vino.



    Montemos, amigo mío

    un suculento negocio,

    ¿quieres que seamos socios

    y la llevemos al río?



    Acuérdate del poeta,

    el que la creyó mozuela

    y a poco si se la cuela

    en cuanto abrió su bragueta.



    Una estrella reflejada

    en las aguas caudalosas

    son dos estrellas sabrosas

    que doblarán tu soldada.”



    No pensé más; así lo hice

    patentando mi negocio:

    el profano sacerdocio

    de duplicar meretrices.


  13. ENSOÑACIÓN EN UN PATIO CORDOBÉS

    (Recordando cierta música de Rimsky-Korsakov)



    Una

    pluma.

    Una pluma

    suave y negra,

    córvidamente negra,

    desprendida del ala abierta

    de un poderoso ángel negro,

    descendía en pausados remolinos,

    agitando leve -caricia casi-

    el aire densamente perfumado

    del jardín de los violines en flor.



    Rozaba en su ligero volar

    las cuerdas adormecidas,

    los cuajados vientres sonoros.

    Y este roce -casi caricia- producía

    una música celestial,

    recordando aquel su origen

    en el brillante ángel negro,

    desalado y silencioso.



    La pluma, en su pausado, rítmico vuelo,

    aderezaba amaneceres y trinos, adormecía las fuentes.

    Tristes sauces llorones entrelazaban sus flecos verdinegros

    con las bárbulas y el cálamo

    en recatados incestos.



    El sonido nocturno de un galán de noche

    aroma puro, latido de su flor blanca,

    acarició algunas notas discordantes.

    Plácido pez entre sonidos navegando

    la pluma requirió de pasiones y jinetes.



    Arábigas legiones de centauros despertaron a su paso.

    Su cadencia, ahora agarena, musitaba plegarias,

    reclamaba inciensos aromáticos.

    Los susurrados sonidos cual de argénteos añafiles o caricias

    trocaron en espanto,

    desenterrando cadáveres,

    concitando negros insectos lejanos,

    agonizando, acallando

    las oscuras voces de las marmóreas estatuas.

    Gumias y cimitarras, vírgenes de toda sangre

    zumbaban en sus delirios de fuego,

    negros moscardones vidriados.



    Revueltas aguas trizaban

    el aire augusto de la noche,

    los negros moscardones

    hacían vibrar los espejos.



    El silencio impuso la paz y su aroma de jazmines.

    Los violines y las estatuas callaron.

    El ángel, poderoso entre los suyos,

    extendió su brazo.

    Tomó la pluma escapada

    y la volvió a su regazo.



    Todo fue ya un diminuendo,

    un plácido agonizar

    de los añafiles de plata,

    de los violines tañidos

    por los vibrátiles insectos negros.



    Los jinetes agarenos envainaron

    sus cimitarras sonoras,

    las curvas gumias callaron.

    En el nocturno jardín de los violines en flor

    los amantes sus endechas susurraron.



    Yo tomé entre mis manos un brillante,

    delicado insecto negro que tejía

    con sus alas los arpegios.

    Lo dejé en las rojas azaleas

    y regresé a mis silencios.



  14. Era cuando mi fiebre poética sólo subía unas décimas. Repasando veo que todos los versos son octosílabos y las estrofas de diez sílabas. He pensado que serían décimas compartibles. Y aquí las dejo. Ya se me pasó la fiebre, gracias.

    Recuerdo infantiles años
    de inviernos crudos y fríos.
    Paseaba junto al río
    contemplando soterraños
    animalillos huraños:
    pequeños topos, ratones
    como erráticas visiones.
    De los árboles resecos
    colgaban helados flecos,
    del frío gélidos dones.

    Bajo el hielo del arroyo
    extraños rostros veía.
    Tritones o hadas nacían
    en aquel verdinegro hoyo,
    con el infantil apoyo
    de mi fantasía ardiente,
    esa que después, doliente,
    ya en los más maduros años
    viviendo en un mundo extraño
    sólo ha sido estéril fuente.
  15. EL PROSTITUTO.- 1ª Parte

    Aquel pueblo estaba a caballo entre la fábula y la tragedia. Todos sus habitantes, al menos los más representativos, disfrutaban o padecían peculiaridades que los hacían singulares, algo anómalos. Así el cura, viejo teósofo; la pareja de guardias civiles, reputados cómicos de la legua; el maestro de escuela, anarquista de maneras dieciochescas o el pastor de ovejas, profundo conocedor de la filosofía existencialista, curandero y experto en pócimas y brebajes. Quedan el Alcalde y el cacique, que además de coincidir en la misma persona representaban en las fiestas del pueblo, por separado, los papeles de Don Quijote y Sancho Panza, en versión para la ópera de Jules Massenet, con la Banda Municipal.

    Entre aquel paisanaje vino al mundo Teodulfo Sangróniz, hijo del pecado. Su padre, marino mercante, que siempre fue un poco buscavidas, y a quien el pueblo se le antojaba insoportable, se lo encontró en casa a la vuelta de una expedición a las Islas Feroe, islas que entonces, como ahora, estaban en el fin del mundo. Hombre de natural tranquilo no quiso asesinar a su infiel esposa, que es lo que hubiese sido lo correcto, bien visto y perdonado por la sociedad rural en la que vivían, vengando así el baldón que esa infidelidad arrojó sobre el escudo de armas, barrado en gules y con premonitorios cuernos de San Huberto en el cuartel inferior izquierdo, con fondo en sinople, orgullo de la familia.

    Pero el marino humillado enclaustró a la esposa infiel en un enorme caserón aledaño al pueblo, junto al arrabal, cuidada por dos mujerucas medio brujas que, para desmotivarla de aquellos desmedidos apetitos de la carne que fueron la causa de su caída y, como consecuencia, del nacimiento de Teodulfo, la sometieron a un riguroso régimen alimenticio, que determinó en poco tiempo que aquella lozana mujer, de curvas suculentas y alegría contagiosa, pasase a ser una especie de deforme imitación de mujer rubensiana, excepto en sus carnaciones y lozanía exultantes, como era fama que tenían las felices hembras de aquel pintor, barroco y vitalista.

    Gorda, fofa y ojerosa, Baudilia Fuentidueñas, la madre de Teodulfo, que fue tan voluble y casquivana, ya no era, ya no podría volver a ser el objeto de deseo de ningún otro buhonero trashumante y desvergonzado que la volviese a preñar. Su cuerpo apetecible ya no sería dádiva generosa a cambio de una noche de pasión.

    La criatura fue entregada al cuidado de dos hermanas de su padre, solteronas y beatas, que siempre vieron en aquel hijo del pecado un motivo de redención de su propia esterilidad y falta de productividad como madres. Teodulfo se crió físicamente sano y fuerte y anímicamente desvaído y con tendencia a la melancolía.

    Con ellas practicaba toda clase de rezos, jaculatorias, triduos y novenas que sus buenas tías le imponían, pensando que, por aquello de que la cabra tira al monte, no fuese el mozo a salir otro pendón como su desnortada madre. El sombrío salón de la casona solariega, cuajado de imágenes y altarcillos donde se veneraba, en continua mudanza, todo el santoral en sus más variadas advocaciones, según las necesidades del momento (sequías, plagas, enfermedades) fue el marco donde Teodulfo creció supuestamente protegido de las perversas atracciones del mundo y de la carne.

    Pero dejemos por ahora al joven Teodulfo, constreñido a vivir en aquella rutina, monótona y nada estimulante, que hizo que un día el marido de su madre huyese del pueblo buscando la aventura y ésta, la pobre, aburrida de tanto triduo y tanta novena, cayese en brazos de aquel jovial buhonero que, por una sola noche, la hizo tan feliz.

    2ª Parte

    Pasado ese desértico período en el que el tiempo forja la edad y la edad forja al hombre, volvemos a encontrar al joven Teodulfo en el salón de aquella casona, en aquel ambiente de estufa fría en el que sus buenas tías, devotas y beatas, cultivaban su espíritu cual si de flor exótica y delicada se tratase.

    A pesar de ello, al joven Teodulfo su naturaleza vigorosa e inquieta (con inequívocas trazas del carácter aventurero de su padre y la fogosidad carnal de la madre) la vida en el pueblo le parecía una barra rígida y pesada, a la que se encontraba atado, como si estuviese en galeras. Poco amigo de mudanzas, sin embargo, y menos aún buscavidas, quería encontrar su hueco, todavía indefinido, en aquella sociedad que, al tiempo, le atraía y le repelía.

    La paz olorosa de los campos o la umbría tranquilidad de la casona eran su hábitat; pero le faltaba el ámbito adecuado para el desahogo de sus ímpetus juveniles. De su madre, encerrada en el lóbrego caserón del arrabal, nunca supo nada. Era el secreto que muchas familias tienen y que sólo se desvela en los dramones novelados.

    Comenzó a frecuentar la compañía del pastor del pueblo, hombre excéntrico y cordial, querido por las gentes y vigilado por el cura teósofo, quien admiraba en él una extraña y superior cultura y conocimientos casi mágicos que salvaron más de una vida humana, además de numerosas ovejas, terneros y otros seres vivos más importantes para aquella sociedad pueblerina.

    Con él Teodulfo gustaba retirarse a las brañas, tras los montes, y allí el joven se inició en los mundos filosóficos y en los esoterismos rurales del pastor, quien además, vaya usted a saber porqué, conocía y recitaba pasajes completos de las obras de Kierkegaard :”¡Qué estéril está mi alma y mi pensamiento!... etc.,etc.”. El pastor, además, le introdujo en el más inmediato mundo de los placeres carnales, dejándole gozar de las ovejas más placenteras del rebaño. Una inesperada dádiva que turbó el sereno espíritu del joven.

    Así se abrió a la vida aquel fruto de ausencias: una dualidad entre la vigorosa juventud que le había sido regalada y las ansias de trascendencia que le imbuían sus tías beatas y el pastor filósofo.

    Las tías de Teodulfo Sangróniz decidieron trasladarse a la capital de la provincia.

    Habían leído recientemente “En busca del tiempo perdido”, y les entró el gusanillo de abrir un salón al estilo de Mme. Verdurin, pero más religioso, menos volteriano, que decían ellas. Y, evidentemente, en el pueblo no tenían parroquia.

    Entretanto Teodulfo se había transformado en un guapo mocetón, fornido y lenguaraz, para desesperación de sus tías, estereotipo del joven rústico, desclasado por familia, pues no tenía compromisos ni con el campesinado, a los que consideraba todavía como siervos de la gleba, ni con la escasa y rancia aristocracia que aún no había dado el salto a la capital, para dilapidar la menguada fortuna que heredaron de sus antecesores. Ello no le hacía, sin embargo, voluble ni indeciso en su idea de futuro.

    Los intentos de Teodulfo para orientar su vida se veían frustrados, uno tras otro, en aquel ambiente pueblerino. La intención de las tías beatas de trasladarse a la capital abrió en su imaginación la posibilidad de experiencias inéditas, aventuras impensables en el círculo ovejuno de sus relaciones sexuales. Nunca se llevó moza alguna a la era, por miedo a la inevitable coyunda eclesiástica. Como mucho, y si las condiciones de total discreción se daban, algún beso furtivo, como jugando, en los columpios de las afueras.

    En la ciudad, pensaba, aquello debía de ser otra cosa. Las mujeres se ofrecerían a él, ejemplo de virilidad según las amigas beatorras de sus tías, cansadas de aceptar los rudimentarios y rutinarios placeres que les ofrecían sus maridos o los que, imaginaban, ofrecerían los mozos capitalinos, escasos de fuerzas, pálidos y sicalípticos.

    Se efectuó el traslado y, como estaba previsto, sus tías abrieron un coqueto salón, donde los miércoles recibían a lo más granado de la sociedad capitalina, toda ella, naturalmente, adscrita a la Iglesia y a su ámbito: conferenciantes de San Vicente, novenarias de San Antonio... Y allí se le iluminó el camino a Teodulfo. Pronto su estampa recia de joven campesino, sano e ingenuo, caló entre las solteronas, viudas y casadas mal abastecidas que conformaban las tertulias.

    Discretos mensajes, encargos subrepticios, llevar y traer las capillitas de los triduos y novenas a los castos y cerrados domicilios de las damas... De ese caldo de cultivo brotó, poderosa y nítida la auténtica vocación de Teodulfo: sería prostituto; satisfaría a aquellas pudorosas damas a cambio de ciertas prestaciones pecuniarias. Y de esa situación pasó, por concesión de un marido cornudo, a ser empleado municipal. Pero eso ya es otra historia.

    (continuará... posiblemente.)
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