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  1. Este, el de la decadencia, es uno de los temas que más me apasionan, en Arte o en Historia. Y, entre ellos, el de la decadencia de Bizancio me interesa sobremanera. como en las mujeres hermosas, en las que su belleza parece adquirir una consistencia interior, que realza sus gestos, ademanes, las líneas más puras de su belleza juvenil que, ahora, se manifiesta espéndida en la madurez, así en aquella época histórica, y tal vez sólo en esta, las manifestaciones de la Belleza se depuran con más exquisitez. Parece como si los hombres y mujeres que forman la sociedad en decadencia quisieran ofrecer al devenir histórico lo mejor de sus esencias. Como si quiesieran decir a las generaciones futuras: "Este es nuestro legado. A vosotros os toca superarlo." cosa que, por desgracia, rara vez sucede. Estos torpes versos fueron, hace ya tiempo, una de mis admiradas ofrendas de admiración a los insuperables versos de Cavafis, quien retrató, como uno de sus protagonistas, a aquella Alejandria que vio desvanecerse una de las épocas más florecientes de la Historia.

    DECADENCIA




    Igual que muere la tarde

    en los dorados ocasos,

    cromáticas decadencias

    que son de Bizancio rasos.



    Desvaídos, tus cabellos

    entre los rojos y cárdenos

    de esas brumas y destellos,

    son como mantos cesáreos.



    Disueltos en el no ser

    de esa noche que aún no llega,

    ardiendo en los rosicler

    consumemos nuestra entrega.



    Muchacha de Alejandría

    ofréceme tu áurea copa.

    Unamos nuestra alegría

    al coro de hombres y diosas.


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    Ilust.: Franz von Stuck.- “Dos danzarinas.”





    A catia-love, Runa y Oncina les gusta esto.
  2. CHUCHO

    Este hombre con quien ahora vivo nunca ha tenido un perro. Eso puede verlo hasta un “mil-leches” callejero como yo. Pero sabe como tratar a un auténtico perro; es una intuición que pocos hombres tienen, como pocos tienen la sabiduría de tratar a las auténticas mujeres. Nos encontramos -¿me encontró, lo encontré? dejemos que la niebla del albur cubra la historia- en una tarde de abril con aguacero, como escribió algún poeta. Llovía a cántaros, pero a ninguno parecía importarnos la inclemencia de la lluvia (angélico llanto o meada celestial), tal era nuestro abatimiento, y seguimos caminando hacia lo obscuro.

    Yo decidí seguirle a una prudente distancia y él parecía ignorarme. Pero yo olfateaba una cierta aceptación suya a mi distante presencia. Llegamos a un viejo caserón de recias puertas. El entreabrió un pequeño portillo en una de ellas y entonces volvió su mirada hacia mí. ¡Dios de los perros, que tristísima mirada! Nunca vi nada igual en mis congéneres. Casi en un susurro me dijo: “Pasa, chucho.” Desde entonces soy un chucho. Ese es mi nombre y mi orgullo. No soy, y lo he sido, Cuqui, o Lesli, o el muy humillante Rambo. Un perro que se precie debe de ser eso: un chucho. He aquí el primer acierto para conmigo de mi nuevo compañero.

    Sacudí mi pelaje sucio y empapado, salpicando todo a mi alrededor. “¿Qué haces, bestia? Mira cómo lo has puesto todo. Ya conocerás mañana a la señora Dolores, la portera, y te vas a enterar.” Primera advertencia de que allí no valía todo. Pero, al menos, no me llegó la patada en la barriga como con otros amos. Alcanzamos su vivienda en el piso principal. Abrió la pesada puerta de madera tallada -una vivienda con solera, imaginé- y esperé prudentemente a que me invitara a pasar, que uno tiene ya muchas tablas. Se apartó a un lado y con una ligera señal de la cabeza me franqueó el paso. Un universo de olores infrecuentes a mi olfato me acogió amigablemente. Muchos de ellos no los sabría identificar; al fin y al cabo mi vida ha discurrido en la calle o en más humildes hogares. Pero aquello era agradable.

    Pasamos a lo que debía ser la cocina de la casa. No he visto muchas cocinas, pero esa era, en cualquier caso, diferente. Junto al fogón y sobre él, mezclados con pucheros y cacerolas había libros, montones de libros. Una sencilla mesa en el centro, con dos sillas destartaladas eran el único mobiliario. Y libros, más libros. Puso al fuego una cazuela de la cual, al poco, comenzó a salir un olor apetitoso. Se sentó a la mesa y entonces, sólo entonces, me miró detenidamente por primera vez. “Otro cochambre como yo.” musitó. Ese fue el inicio de nuestra convivencia. La señora Dolores, la portera, me aceptó a regañadientes, advirtiendo a mi amo que en aquella casa no se aceptaban ladridos y que me dejaba estar por ser él quien era.

    ¿Quien es mi amo? Sé que me quiere, eso es todo. Desde su soledad hombruna y sin manifestación alguna de cariño, pero mi intuición de perro sabe que me acepta y que, de alguna forma, me necesita. Llevamos una vida muy austera, aunque nunca me falta comida -muchas veces es su comida la que pasa directamente de la cazuela a mi escudilla. Paseamos por los parques, a veces muy lejanos. Alguna vez, rara vez, viene una hermosa señora a visitarlo. Entonces me deja solo y ellos se encierran en el dormitorio. Ya me imagino.

    Después, generalmente, se emborracha, llora y pasa unos días francamente abatido. Pero nunca me maltrata. Al contrario, sus muy escasas y someras muestras de cariño se hacen más manifiestas. Se sienta en su sillón frente al fuego que alegra la casa desde una hermosa chimenea francesa, si es invierno, y yo me tiendo a sus pies, sobre la suave alfombra. Así nos pasamos horas. Me gusta sentir sus pies descalzos, y creo que ásperos, sobre mi peluda barriga. Allí se los frota y eso parece alegrarle un poco el ánimo. Nos miramos, yo con mi mirada lánguida y llorosa; la suya, directamente a mis ojos, al poco comienza a diluirse, a perderse en dios sabe qué oscuros abismos.

    A temporadas se absorbe en la escritura; debe ser escritor, un intelectual descarriado en todo caso. Entonces puede pasarse días y noches sentado ante su escritorio y se olvida del mundo... y de mí. He de llamarle sutilmente la atención -apenas un golpecito de mi cola en su pantorrilla, nunca un gruñido y menos un ladrido- y él repara en mi presencia. Sí. Perdona, me había distraído. Acabo este párrafo y bajamos a hacer tus necesidades.

    Poco a poco, suavemente, he tenido que amaestrarlo. Ya soy alguien que cuenta en su vida; ya me dedica mi tiempo y mis atenciones. Yo solo puedo gratificarlo con algún gesto de alegría y frotándome contra sus piernas. Pero eso, al parecer, le basta. Pobre Hombre. Con qué poco se conforma. Tan solo; me alegra haberle encontrado y que él de un cierto sentido de utilidad a mi perra vida.


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  3. A veces, en períodos más o menos largos, las Musas, esas caprichosas e imprevisibles visitas, parece que nos abandonan. Ya se que les gusta ser requeridas en noches de arduo trabajo, bajo la luz de un flexo y frente a la lechosa pantalla del ordenador. Requieren ser llamadas desde el trabajo paciente y sosegado. Otras veces, muchas, acuden al barullo efervescente de una especie de orgía, la que alborota la sedentaria vida del poeta, llevándolo a experiencias excitantes, aunque sea en la estricta soledad. Y otras, en fin, no te hacen ni caso; te olvidan o, afortunadamente, hacen como que te olvidan hasta que un día luminoso, cuando uno amanece bien descansado y sale a dar el cotidiano paseo por el campo, o por la prosaica ciudad, yendo a comprar el periódico o acompañando a su santa esposa a hacer la compra, el cerebro y el alma del poeta o del escritor parece alborozarse, desperezarse al conjuro de algunas palabras brillantes, de alguna idea innovadora que estaba esperando para iniciar o recuperar su pasmada actividad creadora.

    En otras ocasiones es la apabullante actividad del foro, poetas y escritores en general, la que en riadas cotidianas deja ocultas y sepultadas muchas de esas obras en las que el autor cifró tantas ilusiones, poesías trabajadas con esmero, relatos nacidos desde la visceralidad de una experiencia emocionante... y que, debido a esta dinámica devoradora se pierden a los pocos días en esta vorágine creadora, entre las páginas, fértiles prados, que hacen de esas obritas hojas de hierba anónimas.

    Entonces se me ha ocurrido que, al menos en mi caso, podría abrir en el foro un "Baúl de los recuerdos" en el que revolver, de vez en cuando, y rebuscar aquel relato, aquel poema de los que uno esperó respuestas que no llegaron y que, en su buena voluntad y exagerado narcisismo, atribuye a esa desmesurada dinámica de aportaciones que hacen difícil seguir al día todo cuanto se publica. Démosle, entonces, una nueva oportunidad a la obra y a los posibles lectores, saquemos de nuevo a luz nuestras palabras que juzgamos preteridas. A ver qué pasa. Naturalmente este abuso de confianza lo planteo desde la intimidad que me da el blog que, al mismo tiempo, es generosamente publicitada en la página de inicio.

    Si esta iniciativa es válida para otros participantes, compañeros de excelentes letras que tal vez perciban esta carencia obligada de nuestro querido foro, pues les brindo esta solución que, desde ya, creo que cuenta con el beneplácito de la Dirección.

    Queda abierto mi BAÚL DE LOS RECUERDOS.

    NACIMIENTO DEL DESEO.

    (Publicado el 4-11-2014)

    Tarde que acaba, sonrisas,
    furtivos besos, caricias,
    sofocos tras de las brisas,
    aromas que son delicias.

    Cándidos tus ojos miran
    mis manos sobre tus pechos;
    dos avecillas conspiran
    como ninfas al acecho.

    Temblor que acucia tus pulsos
    Sangre como lava o vino
    besos ahora convulsos
    inexorable destino.

    Ya la noche y tú en mis brazos
    y un placer inaugural
    nacido en dulces regazos:
    elixir de lo fatal.

    Tu mirada ya no es cándida
    pero tus manos son sabias
    para la caricia lánguida
    que excita las viejas savias.

    Sátiro y dulce Afrodita,
    maestro y párvula sangre
    que ya la pasión excita,
    carnes donde me desangre.
    A Oncina y Fulgencio Cibertraker les gusta esto.
  4. Me estreno en el blog con una entrada modestita, aunque vívida. Por fin llegó hasta este pueblo papal, Peñíscola, la esperada lluvia. Como era suave, como caricia de enamorada, salí a recibirla y pasear bajo (¿bajo, junto a, bebiendo y viviendo de...?) ella. Y, claro, como soy terreno abonado, me nacieron enseguida unos versos. Aquí los comparto con vosotros.

    HAIKUS DEL PASEANTE BAJO LA LLUVIA



    Mansa lluvïa

    suave renace el verde

    beben los campos



    Piedra mojada

    como al frío diamante

    te nacen fuegos



    Sobre la cumbre

    se une la tierra al cielo

    en suave beso



    Bajo la lluvia

    busca refugio seco

    la lagartija



    Cantos de pájaros

    alegre me reciben

    bajo los pinos


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    A Fulgencio Cibertraker le gusta esto.
  5. Por hacer algo que me gusta y, además, poderlo compartir con mis amigos (doble complacencia) el foro me premia regalándome la posibilidad de un Blog. Agradecérselo a la dirección del foro sería puro tópico y, además, una insuficiente expresión de gratitud. Lo mejor es darle buen y abundante uso, crear lo que a uno buenamente le alcance la musa y tener un medio más para poder compartirlo.
    Recuerdo cuando era niño, en la mañana del día 6 de enero, la búsqueda ansiosa de aquel regalo escondido que muchas veces no llegaba dada la precariedad económica en la que vivía mi familia. Pero no tardaba en encontrar nuevos motivos de alegría; era lo que llamaban en casa "un niño de buen conformar".
    Después, con la edad, se me transfirió aquella gozosa responsabilidad que yo, afortunadamente, cumplí tal vez con más profusión material que mis padres, pero, seguro, con menos ilusión por el milagro.
    Y ahora el milagro se me aparece en estas queridas páginas: puedo escribir en "mi" blog, que en adelante será vuestro blog.
    Muchas gracias a todos, a mis lectores y a mis críticos, a la dirección y, porqué no, al bueno de Steve Jobs, que algo tendrá que ver con este invento. En mi pueblo decimos que es de bien nacidos ser agradecidos.
    A adopos, Eratalia, malco y 1 persona más les gusta esto.