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Diversas noches-.

Publicado por BEN. en el blog El blog de Ben-.. Vistas: 132

I-.



La noche no era todavía un magma de cosas frontales,

de cosas u objetos duros como la carcoma o la polilla,

sobresalían de su nido oscuros mandamientos, símbolos

de una naturaleza superior que entretejía su manto divino.

La noche era la ventisca o la lluvia infernales; el corazón

desnudo ante los trémulos ecos del día, la voz secreta

que anunciaba un sendero estrellado y espléndido.

A veces los niños colgaban sus trajes y atuendos

en la rozadura abollada de un pie, o mentían para no temer

la vecindad de una mañana de hielo.

En ocasiones pendían sus cuerpos de la ruptura de un alba

que temía envejecer, o eran idólatras del trigo y el lúpulo.

No era la noche un cuerpo sucio y venoso donde trasegar

viejas canciones de ídolos malsanos, o la constelación de sonidos

producidos por un oxidado bote de legumbres vacío.

Tampoco, esa canción de llaves herméticas procurándose

calor lejos de los abigarrados portalones sin secreto.

Era, más bien, Simbad y los cuatro o los cinco ladrones

a las puertas del sepulcro mágico, su sonrisa austera e inestimable.

Pero andaban tropezándose

ya, cada ruego con su deseo, cada hueso con su estallido, cada

trozo de carne con su ebullición. Pero andaban los latidos

con su insomnio de cosas purulentas y ofensivas, tramando

jerarquías y odios tras el insondable verdor de un beso caído.

Andaban los dioses juntando cielos y tierras, arenas y olvidos.

Trajes con trajes. Formas con presiones. Yemas y dedos, profetas

y avisperos. Nidos y muerte. Apenas salían los escolares,

apenas nacían los días y las horas inmensas y fertilizables.



II-.



Luz ahogada con bocas de antaño, éstas esperan

en la hora definitivamente manejable, coriácea, rectangular,

de franca obsidiana o cristalizable. Luz inquebrantable que navegas

rectilínea entre paraguas y exigentes monederos, investigas

el vello y recibes recíprocamente los muslos con un guante

de locura: mira, el cielo prosternarse ante el cuerpo inclinado

de mi tierra. Viajo con la ternura incesante y el torso horizontal,

traslado masas de agua a la carpeta escolar que araño con trozos

de uña, y medito sobre un ingobernable eje otoñal.

Mi cuerpo viaja asimismo con fracturas y divisiones,

con fragmentos de plumajes invernales, constelado en determinadas

superficies, instalado en lo insomne y abono de cuestiones

terrestres, puramente. Inservible o inútil, mi cuerpo halla

su bocanada de humo fuera de los recintos o templos.





III-.



Viajo, con utensilios dispares,

hilvanando, metamorfosis del

cuerpo, donde se inician insensatas

las luces proclives a mañana.

Viajo, con estultos ustedes,

con diminutos entes glaciares,

con vestigios dementes de gotas

pusilánimes, en el fondo, ese pozo

inacabable de estelas sin peces, sin

viajes. Desbordado, por los fusiles

del hambre, por las corrientes herméticas

que produce un viento helado, viajo, sí,

por tactos de manivelas y desniveles inauditos.

Viajo, con pensamientos acotados,

con navajas perfiladas, con antiguos

ídolos que penetran mi cuerpo

con su voz ausente, derribo, las toallas

de la miel y el goce.





IV-.



Mi rostro en el espejo del baño,

mi cara en el fondo del espejo,

la caricia insolente de la bruma,

el viaje, hacia el Norte, me despeja

y me aturde, al mismo tiempo.

Dibujo las hélices de un mar estentóreo,

estridente, cuando baja la marea,

opino de esto o de aquello.

La voz, esa cocina de mitos,

genera esta vez, matemáticas hiladas,

un sueño de duras analogías

quebrantadas en el fuego.

Crepita todavía mi ceniza

en el hogar abandonado.

Mi caverna indolentemente

produce su música de dolmen,

la misma que antaño

doró mis útiles defenestrados.



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