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El prostituto (1)

Publicado por Pessoa en el blog El blog de Pessoa. Vistas: 97

EL PROSTITUTO (1)

Aquel pueblo estaba a caballo entre la fábula y la tragedia. Todos sus habitantes, al menos los más representativos, disfrutaban o padecían peculiaridades que los hacían singulares, algo anómalos. Así el cura, viejo teósofo; la pareja de guardias civiles, reputados cómicos de la legua; el maestro de escuela, anarquista de maneras dieciochescas o el pastor de ovejas, profundo conocedor de la filosofía existencialista, curandero y experto en pócimas y brebajes. Quedan el Alcalde y el cacique, que además de coincidir en la misma persona representaban en las fiestas del pueblo, por separado, los papeles de Don Quijote y Sancho Panza, en versión para la ópera bufa “Don Chisciotte alle nozze di Gamaccio”, con libreto de un tal Esteban Ferrero, vaya usté a saber, con episodios musicales a cargo de la Banda Municipal, integrada por internos del oligofrénico del pueblo de al lado.

Entre aquel paisanaje vino al mundo Teodulfo Sangróniz, hijo del pecado y de Doña Baudilia Fuentidueñas, su señora madre. Su padre, marino mercante, que siempre fue un poco buscavidas, persona a quien el pueblo se le antojaba insoportable, se lo encontró en casa a la vuelta de una expedición a las Islas Feroe, islas que entonces, como ahora, estaban en el fin del mundo. Hombre de natural tranquilo no quiso asesinar a su infiel esposa, que es lo que hubiese sido políticamente correcto, bien visto y perdonado por la sociedad rural en la que vivían, vengando así el baldón que esa infidelidad arrojó sobre el escudo de armas, barrado en gules, con ciervo en sinople, pasante con astas ramosas en oro, de la familia.

Pero la enclaustró en un enorme caserón aledaño al pueblo, junto al arrabal, cuidada por dos mujerucas medio brujas que, para desmotivarla de aquellos desmedidos apetitos de la carne que fueron la causa de su caída y, como consecuencia, del nacimiento de Teodulfo, la sometieron a un riguroso régimen alimenticio, que determinó en poco tiempo que aquella lozana mujer, de curvas suculentas y alegría contagiosa, pasase a ser una especie de deforme imitación de mujer rubensiana, excepto en sus carnaciones y lozanía exultantes, como era fama que tenían las felices hembras de aquel pintor, barroco y vitalista.

Gorda, fofa y ojerosa, Baudilia Fuentidueñas, la madre de Teodulfo, que fue tan voluble y casquivana, ya no era, ya no podría volver a ser el objeto de pasión de ningún otro buhonero trashumante y desvergonzado que la volviese a preñar. Su cuerpo apetecible ya no sería dádiva generosa a cambio de una noche de pasión.

La criatura fue entregada al cuidado de dos hermanas de su padre, solteronas y beatas, que siempre vieron en aquel hijo del pecado un motivo de redención de su propia esterilidad y falta de productividad como madres. Teodulfo se crió físicamente sano y fuerte y anímicamente desvaído y con tendencia a la melancolía.

Con ellas practicaba toda clase de rezos, jaculatorias, triduos y novenas que sus buenas tías le imponían, pensando que, por aquello de que la cabra tira al monte, no fuese el mozo a salir otro pendón como su desnortada madre. El sombrío salón de la casona solariega, cuajado de imágenes y altarcillos donde se veneraba, en continua mudanza, todo el santoral en sus más variadas advocaciones, según las necesidades del momento (sequías, plagas, enfermedades) fue el marco donde Teodulfo creció supuestamente protegido de las perversas atracciones del mundo y de la carne.

Pero dejemos por ahora (por estrategia de edición) al joven Teodulfo, constreñido a vivir en aquella rutina, monótona y nada estimulante, que hizo que un día el marido de su madre huyese del pueblo buscando la aventura y ésta, la pobre, aburrida de tanto triduo y tanta novena, cayese en brazos de aquel jovial buhonero que, por una sola noche, la hizo tan feliz.

(continuará)
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