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Los ecos de tu voz-.

Publicado por BEN. en el blog Vástagos-.. Vistas: 403

Desnudo los ecos de tu voz.

Frágil amazona despierta lejos

de las áreas de los instintos dormidos.

Despojo los ecos de la luz.

Lejos, en cartesianas amistades,

en ambientes distinguidos, cerrados

sobre materias viles de cuerpos

acariciados y apergaminados.

Lejos, como la tremenda voz

del agua sobre los delgados tejados

sin eco. Lejos, como la materia

insistente de la luz. De esta frágil

luz de estrella que firman mis versos,

esta noche, apaciguado, como siempre.







II-.







Llevo el cuerpo con orificios.

El sacrificio oriundo de las serpientes

válidas para el goce o el apasionamiento

nocturno. Llevo los ecos de la voz,

gastados, entarimados, prometidos,

sobre las gárgolas adormecidas

de los pétreos golpes de luz del agua.

Llevo el cuerpo en sacrificio, más

allá de las estrellas, más acá de los

rincones. Escucho tu voz. En los hospitales,

en las memorias disuasorias

de los elementos constitutivos de la arena.

Llevo el cuerpo lleno de martirios.

Y tu voz se me revela como una porción

mínima de sol y de agua, de luz y de arenisca

cálida.





III-.





Entonces, los ritmos se acompasaron,

fluyeron los sueños atroces, las despedidas

los adioses; se otorgaron miles de fibras

conquistadas a los dioses, tabernas frecuentaron

tu espacio de leyenda. Las cartas,

empapadas de arena, de agua y sol,

de sólidas materias de cuerpos vírgenes.

Es entonces, mientras los papagayos

enuncian sus cometidos bárbaros, cuando

los latidos buscan sus asperezas por los líquenes

apaciguados, en tanto los libros se cuelgan

de los árboles nocturnos. Las ramas bostezan,

los cables se extasían, y en mayúsculas,

el hombro llora su protección indefensa.

Cuando las miradas se buscan, y encuentran

su propio sólido desecho, es cuando

los aspersores hallan líquido el cuerpo

devastado por los goces. Y es entonces,

en las multitudes apasionadas, en los latidos

enajenados por las bestias conyugales,

se miran, y se encuentran

las carreteras aturdidas de oscuros vencejos.





IIII-.





Los latidos siempre me encuentran,

y hallan su ínfimo cometido, lejos

de sangres obstruidas, de remansos

de piel suave y añadida. Siempre

me encuentro en esta encrucijada,

voces, ecos calcinados, suspendidas

materias vírgenes, lociones capilares,

y ese torpe ensueño de las matemáticas

y de los vagones de tren vacíos.

Hallo el margen de silencio propiciatorio,

la incandescente llama de azules pilas,

las lámparas ardiendo de insectos o de

contenidos deseos confusos. Hallo

la glacial mirada del profesor, su sutil

amaneramiento, la letanía suicida

de sus lentes inclinadas.



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