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Pañuelos

Publicado por Cris Cam en el blog El blog de Cris Cam. Vistas: 116

A los 14 años, Carlitos se debatía entre usar los jeans acampanados y los rectos de hilo. Esteban, su hermano mayor, siempre lucía sus impecables saco y corbata, aún fuera de la oficina. En cambio, Ludmila, vestía onda Pinap, hoy con camisas de colores y apretados Oxford verde agua, mañana con bambula y sandalias. Uno y otro combatían por Carlitos para sumarlo a su bando. Cada uno aportaba sus razones. Esteban, de 24 años, argumentaba que era mejor guardar las formas, que los tiempos eran difíciles, que a los jóvenes rebeldes Onganía, los pondría contra el paredón. Ludmila, de 17 años, en cambio hablaba de un extraño movimiento, Flower Power, nacido en universidades yanquis y expandida al resto del oeste como reguero de pólvora; de la pavorosa guerra de Vietnam, de submarinos amarillos y de un tal Zimmerman.

Finalmente, en un avance peón 4 dama, Ludmila obra la magia. Le regala un hermoso pañuelo de seda azul eléctrico, para usarlo en el cuello, pasándolo a través de un enorme anillo de biyouterie, el cual, de ningún modo, combinaba con una corbata de la misma tela.

Muy pronto, Carlitos se independizó de ambos pensamientos.

Un mes de mayo de 1968, lo sorprendió en tercer año, donde nadie tenía permitido decir nada, pero todos leían todo. Así a sus lecturas habituales agregó Sartre, Althusser, Neruda, si no lo hacía con El Capital era porque su padre no le permitiría entrar con ese libro en la casa y en las bibliotecas no se conseguía.

La fatalidad de la historia lo acorraló en su habitación, adornada con posters de Led Zeppelin, un Audinac de 50+50, su misa de domingo y la hambruna de Biafra. La gente se moría de hambre y él escuchaba a Deep Purple, a Lumumba lo asesinaban los belgas y él se decía europeo.

La vergüenza hizo que muchas veces volcara sus lágrimas sobre el pañuelito de raso blanco que la tía Irma le había regalado cundo cumplió los 9.

Al cumplir los 16, tomó una decisión, tomaría partido, y se fue a vivier al Chaco, a apostar por justicia, ente Wichis y Tobas, entre fe y rebelión. Se puso a la izquierda del Padre Ignacio, que hacía ya 40 años que se había internado en el monte y hacía lo que podía, que de ser por el gobierno y la diócesis hacían muy poco.

Lograron erradicar el tifus, construyendo una humilde cisterna de agua potable. Aunque la mayoría de los adultos ya tenían Chagas, los convencieron de nuevas construcciones con menos adobe y más madera donde la vinchuca no anidara.

Fueron los mejores años de su vida, años de paz, lucha, lectura e insomnio. Cierto que no era Francisco, ni el Che, pero al menos se sentía útil.

Una mañana de agosto de 1976, las gallinas se alborotaron cuando la cisterna volaba en pedazos, un Jeep verde cruzaba, serpenteando sobre el barro de la única calle de la pequeña aldea, disparando su Fap contra las casas, volando techos y las débiles columnas de sauce o pino. Entra una camioneta arrastrando un bulto con una soga que parecía ser el padre Ignacio a no ser por sus horribles quemaduras y la ausencia de sus piernas. De la capilla sale la hermana Claudia con sus 78 años a cuesta, pero la sientan de un culatazo en la cara. Carlitos viene agitado. Un oficial alza su Fal, apunta y dispara contra la anciana monja y hace señas de capturar al muchacho. La tropa obedece y Carlitos, golpeado y amarrado es cargado a la camioneta con chapa civil. Decenas de rostros oscuros se tapan el rostro con higiénicos pañuelos de tela blanca para evitar mojar su digna tierra colorada con lágrimas de rabia e impotencia.

Luego de más de un año de peregrinar de oficina en oficina, de iglesia tras iglesia, Ludmila se entera de también hay unas mujeres que están en la misma situación. Se acerca a ellas y una le corona la cabeza con un pañuelo blanco y esa misma tarde se suma a la ronda.

Hace más de veinte años que lo busca. Se pregunta si habrá terminado de leer a Voltaire, a Kant. A Husserl. O sólo se habrá arrancado el dolor de la tortura con Poe, Kafka y Cardenal. Ya no tenía importancia.

Ya no está mamá.

Se abrocha el pañuelo blanco bajo su barbilla y se fue a la plaza como todos los jueves.
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  • Edith Elvira Colqui Rojas
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