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Profecía-.

Publicado por BEN. en el blog Vástagos-.. Vistas: 434

Te preguntarán, los de siempre,

dónde vas, a dónde diriges

tus pasos, te preguntarán los de abajo,

sin voz, apenas hombres rígidos

cuya sabiduría se muestra sólo ante la luna,

dónde irás, con quién te juntarás,

a quiénes asombrará tu falta de juicio.

A ti, que muestras tu boca desdentada,

tu saliva profética, tu espumarajo sin sal.

A ti, cuya sombra es tan endeble, cuyo

nudo de árboles medita bajo el dosel de sus ramas.

En cuya debilidad Dios puso su fe y su triste

esperanza aunadas. En quien Dios puso

erguida la sombra de su esperanza, en cuyo

advenimiento, sombras de tumba, bocas de lápida,

todavía preguntan e inquieren.

Te preguntan ya, los incinerados, los muertos

boca abajo, las salivas de los odios apenas

atestiguados, dónde, o cómo, o quién,

o porqué, el caminar lento de tus pasos.

Tú sobrevienes, dejas caer la capa de olvido,

con sumo tesón de analfabeto en sus cuarteles,

donde olvidas la mayoría de tus palabras,

donde trituras los conceptos y las viejas glorias

de tu vida.

Donde se apaciguan los labios y juntan herméticamente

los placeres castigados, las asesinas del vértigo,

los aullidos de unas cárceles bien pobladas.

Te inquieren, vociferan, protestan, honda

y largamente, con su crujido hermafrodita

los cansancios del vértigo, las protuberancias

del norte, los que buscan lugares de recreo y de ocio.

A ti, tan cansado como ellos, con lupanares

y desiertos y ojos tristes en mitad de la frente;

a ti, tan cansado y obvio como la mitad de ellos.

Cuya sombra repite su igual contraparte.

Cuyo sigilo de nube pudre los estandartes dorados.

Cuyo laconismo medita bajo los árboles enramados.

Cuya vivencia podría despoblar un camión de hombres,

entero.

Cuya experiencia sobrevuela los estanques con presidio

de agua y de infamia.

Cuya volubilidad es el agente del mal, enmascarado.

Cuya agonía deja abiertas las venas para un mapa

mal disparado, cuya ceja entreabre los pétalos de una flor

asesinada, cuyo eje frontal lapida los enseres inmolados,

cuyo vértigo renueva las cadencias del siglo,

cuyo triste pie ha desguazado las leyendas sin origen

los dardos sin pestilencia, las avenidas del espanto.

Te preguntarán, cómo o por qué vienes, ahora,

tras largos años abatido, en tu trono de hojas putrefactas,

con helechos mojados de agua, con troncos partidos

y con rostros partidos, con monedas en los labios.

Dejarás un rostro, una moneda, unos labios

en su aposento dorado, la larga crucifixión

de un diente que torna amarillo los árboles caducos.

Y tú medirás con insistencia la larga ornamentación

de los árboles, los largos dientes del pozo, las hojas

y las acequias despobladas de parásitos.

Pero no estarás triste, será tu venida

la larga avenida en contraste, el parte de un rey

que organiza sus batallas, sus combates

retenido en la amanecida.

Vendrás con osamentas partidas

con pulmones partidos y órganos ratificados

con obsidianas y flores y pétalos secos

y pistilos y estambres de otras estaciones.

A ti cuya experiencia es el mundo en su conjunto.



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