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Poeta recién llegado
Orquídea
Cuando te vi, mi orquídea,
era una tarde satinada
por la lumbre emparamada
contra la mar etérea.
Lumínica como tea
alumbrabas ruiseñores,
no picaban otras flores
sólo de vuestra ambrosía.
No obstante, tu alegoría
reflejaba sus amores.
Vestías alta como diosa
con tus azules pétalos,
en que daban tus pañuelos
sombra, a una triste rosa;
y tanto fue, -ya mimosa-,
a tu cuerpo abarcaba
Después, un frío calaba
la llovizna en el jardín;
y de las hojas del jazmín
cada gota te bañaba.
Hechizado por la flora,
oscurecía; entretanto
escuchaba de tu canto
y olvidaba de las horas.
Cultivado en la demora
presencié una gran belleza:
se posó con delicadeza
el gran brillo de la luna.
Y mis ojos en la cuna,
en la última proeza
Te le diste en su ilusión;
y la luna en su calma
te besó salvaje el alma
y te reinó en la pasión.
Lo que sintió mi corazón
al alabarte mi orquídea,
lumínica como tea
en una tarde satinada
por la lumbre emparamada
contra la mar etérea
Gino Alexander Amaya
20040814
Cuando te vi, mi orquídea,
era una tarde satinada
por la lumbre emparamada
contra la mar etérea.
Lumínica como tea
alumbrabas ruiseñores,
no picaban otras flores
sólo de vuestra ambrosía.
No obstante, tu alegoría
reflejaba sus amores.
Vestías alta como diosa
con tus azules pétalos,
en que daban tus pañuelos
sombra, a una triste rosa;
y tanto fue, -ya mimosa-,
a tu cuerpo abarcaba
Después, un frío calaba
la llovizna en el jardín;
y de las hojas del jazmín
cada gota te bañaba.
Hechizado por la flora,
oscurecía; entretanto
escuchaba de tu canto
y olvidaba de las horas.
Cultivado en la demora
presencié una gran belleza:
se posó con delicadeza
el gran brillo de la luna.
Y mis ojos en la cuna,
en la última proeza
Te le diste en su ilusión;
y la luna en su calma
te besó salvaje el alma
y te reinó en la pasión.
Lo que sintió mi corazón
al alabarte mi orquídea,
lumínica como tea
en una tarde satinada
por la lumbre emparamada
contra la mar etérea
Gino Alexander Amaya
20040814