Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
La uña anular derecha golpea la tecla y me manda un impulso doloroso
duele, duele, duele, duele.
El fantasma se niega a partir antes de que su mensaje sea escrito.
Me ha envuelto la noche bajo este viejo techo de vigas de madera de olor húmedo y podrido.
Imagino arriba, en el cielo...
tantos cúmulos de luceros y estrellas brillando desesperadamente.
El golpe en la tecla me devuelve a mi pantalla.
Son moscas... moscas vestidas de letras...,
moscas que hablan... moscas...
pueden ser cualquier cosa: letras, moscas
y hasta pulgones que dicen algo.
El fantasma me oprime los sentidos
(esos que son sentidos porque con ellos se siente),
y yo, los siento...,
los siento...,
Los siento desde que me empezó a acompañar este zumbido,
desde que me volví una lámpara de gas neón
y mi cerebro se me volvió su balastra...
Me evado
me voy volando por las avenidas...
La ciudad nocturna, con sus miles de luces,
se asemeja al universo estrellado.
El zumbido en mis oídos me sigue a todos lados;
no, no es por el neón
ese zumbido vienen del túnel
de ese túnel abierto por donde se evaden del infierno los demonios.
El fantasma me apura
el amanecer viene,
y él me apremia...
se evade por el zumbido hacia su nada cuando se evade mi locura.
Me apura...
me dicta una carta de amor
tecleo
(me duele la uña anular al chocar con la tecla)
Surgen moscas en mi pantalla...
moscas,
moscas que hablan
que se asemejan a las letras que corren por los ojos sin detenerse.
El fantasma llora de sentimiento:
dicta, y yo, tecleo;
las moscas encriptan el mensaje
el fantasma termina de dictar su discurso:
¡es un poema!,
poema sin destino...,
el amor que lo anima murió hace cientos de siglos,
pero él, ni lo entiende, ni lo sabe.
Yo lo sé porque sé quién soy:
un personaje de un cuento de Edgar Allan Poe
que confía en que alguien, algún día, lo dé a conocer
y cobre vida todas las noches en una obra de teatro,
y con suerte...,
en un mar de luz reflejada
en la pantalla de algún cine famoso.
Me vuelve a la irrealidad, el zumbido.
El viento solar me avisa que el alba vuelve.
El fantasma cierra sus sombras y queda huérfano de cualquier misterio,
se desvanece tras la burda pared de roca mientras el amanecer trae sonidos que vuelven silencio al zumbido de mi mente.
La ciudad deja de fingirse cielo estrellado
se vuelve un laberinto de muros grises
poblada por cientos de fantasmas de colores,
y viene el calor
para dar paso
a otros tipos de locura.
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