Gauss
Poeta asiduo al portal
Trapecio
La verdad es que nunca le gustaron los circos. Tanto que cuando escuchó por primera vez la frase romana Panem et circenses históricamente acertó en imaginarse a un tal Julio Cesar repartiendo panes y circos a diestra y siniestra. Eso le asustó un poco así que, por si las dudas, desde ese mismo instante dejo de comer pan por su ahora inexorable asociación al circo. Debió haber bajado unos ocho kilos por ese violento divorcio de los carbohidratos.
Muy a pesar de esa aberración circensese, la pasaba viajando entre pequeños poblados en su volkswagen modelo 73 con la pintura original y buscaba entre los paisajes de la carretera alguna carpa; con la misma ilusión con la que un niño busca cajas de regalos debajo de los árboles en una noche particular del año.
A Nadia no sólo no le gustaban los circos. Le aborrecían los algodones de azúcar, muchos de los animales africanos, el bullicio de las entradas a los lugares concurridísimos, y hasta ese miedo ya de moda que últimamente se les tiene a los payasos y que constituye un cliché tan abominable que termina por dar miedo también. No era el caso de los trapecios. Los trapecios podían ser muy circo, pero cuando estaba frente a uno, la carpa, y las pistas, y los gritos, y los malabares y el peligro fingido y planeado del domador ante el tigre de Bengala, no importaban para nada.
Si uno se fija bien, los trapecios son como los huesos del circo. Y los huesos son de esas cosas que terminan siempre por resultar interesantes. Un bachiller promedio, con una familia disfuncional y que asista a una escuela pública podría desquiciarse en la sala de exposiciones de un museo; sumergido en Mirós, Renoirs, Kalhos, Boscos y Dalis; pero sin duda se amansará como aquel tigre de Bengala- cuando esté frente a la osamenta de un tiranosaurio rex en la sala de paleontología.
Nadia sólo miraba el trapecio, lo demás se transparentaba. Hay miradas que llegan hasta los huesos
Una noche, de manera tragiquísima, súbitamente como las tragedias que pasan en treinta o cuarenta segundos shakespirianos, una de las trapecistas indús no alcanzó la mano de su compañera y cayó al vacío. A mitad del trayecto rezó a tres de sus dioses al tiempo en el que pensaba en lo soberbia que fue al pedir que esa noche en especial, en la que se luciría, quitaran las redes de seguridad.
Irremediablemente se estrello la estrella.
El público, movido por esa misma morbosidad romano-circense que hermana a todos los espectadores y les incita a comer pan en este caso cacahuates- mientras se contempla una tragedia; se acercó a ver los resultados. Las heridas más graves dejaban entrever una parte de fémur hindú.
Nadia dio un sorbo indecoroso a su gaseosa y exclamó emocionada pero ecuánime: -- ¡Ah, más trapecios!
La verdad es que nunca le gustaron los circos. Tanto que cuando escuchó por primera vez la frase romana Panem et circenses históricamente acertó en imaginarse a un tal Julio Cesar repartiendo panes y circos a diestra y siniestra. Eso le asustó un poco así que, por si las dudas, desde ese mismo instante dejo de comer pan por su ahora inexorable asociación al circo. Debió haber bajado unos ocho kilos por ese violento divorcio de los carbohidratos.
Muy a pesar de esa aberración circensese, la pasaba viajando entre pequeños poblados en su volkswagen modelo 73 con la pintura original y buscaba entre los paisajes de la carretera alguna carpa; con la misma ilusión con la que un niño busca cajas de regalos debajo de los árboles en una noche particular del año.
A Nadia no sólo no le gustaban los circos. Le aborrecían los algodones de azúcar, muchos de los animales africanos, el bullicio de las entradas a los lugares concurridísimos, y hasta ese miedo ya de moda que últimamente se les tiene a los payasos y que constituye un cliché tan abominable que termina por dar miedo también. No era el caso de los trapecios. Los trapecios podían ser muy circo, pero cuando estaba frente a uno, la carpa, y las pistas, y los gritos, y los malabares y el peligro fingido y planeado del domador ante el tigre de Bengala, no importaban para nada.
Si uno se fija bien, los trapecios son como los huesos del circo. Y los huesos son de esas cosas que terminan siempre por resultar interesantes. Un bachiller promedio, con una familia disfuncional y que asista a una escuela pública podría desquiciarse en la sala de exposiciones de un museo; sumergido en Mirós, Renoirs, Kalhos, Boscos y Dalis; pero sin duda se amansará como aquel tigre de Bengala- cuando esté frente a la osamenta de un tiranosaurio rex en la sala de paleontología.
Nadia sólo miraba el trapecio, lo demás se transparentaba. Hay miradas que llegan hasta los huesos
Una noche, de manera tragiquísima, súbitamente como las tragedias que pasan en treinta o cuarenta segundos shakespirianos, una de las trapecistas indús no alcanzó la mano de su compañera y cayó al vacío. A mitad del trayecto rezó a tres de sus dioses al tiempo en el que pensaba en lo soberbia que fue al pedir que esa noche en especial, en la que se luciría, quitaran las redes de seguridad.
Irremediablemente se estrello la estrella.
El público, movido por esa misma morbosidad romano-circense que hermana a todos los espectadores y les incita a comer pan en este caso cacahuates- mientras se contempla una tragedia; se acercó a ver los resultados. Las heridas más graves dejaban entrever una parte de fémur hindú.
Nadia dio un sorbo indecoroso a su gaseosa y exclamó emocionada pero ecuánime: -- ¡Ah, más trapecios!