Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Cuzaima grito con los ojos cerrados por la noche
que se niega a mostrarme su rostro de jade
y su cuerpo desnudo, navegando entre el calor
de los vapores que brotan de entre los manglares.
Cuzaima grito, y sólo grillos me responden con su canto:
silencio dibujado en la inmensidad de la nada,
valle lleno de rutinas indiferentes a mi angustia
como el frotar del tronco con la oreja de la hamaca en sus vaivenes
o zumbidos de moscos hambrientos de mi glucosa alcoholizada.
Me quedo callado con la paciencia de la luna
esperando respuestas como esperan al eco las montañas
Un enorme vacío me carcome el alma
y el silencio se derrama sobre el fuego que alimenta mi pena
Cuzaima grito, una y otra vez..., y no hay voz amada que responda.
La selva llora con su murmullo extraño
todas las horas ausentes de su amada lluvia
Azuzada por el viento, como esparciendo secretos,
viajan voces que escucho esperanzado
Los abuelos,
Las abuelas…
Los dioses vencidos que temen encontrarse al hombre
y causarle pavor con sus ropajes de miseria
y sus rostros demacrados por el abandono.
Cuzaima grito, aunque interprete el valor del silencio,
grito sólo como consuelo para mi alma desgarrada
embriagada en alcohol y el dolor de su ausencia
queriendo ser metate de piedra para aguardar frío su ausencia
o fogón arropado de cenizas
mientras el fuego del calor algún día llega,
sin pensar en mañanas ni en cosechas.
Cuzaima grito, y luego, callo.
Muero en el cansancio sin mañana
mientras que el mar insiste a solas
en derrumbar los muros para volverlos playas.
que se niega a mostrarme su rostro de jade
y su cuerpo desnudo, navegando entre el calor
de los vapores que brotan de entre los manglares.
Cuzaima grito, y sólo grillos me responden con su canto:
silencio dibujado en la inmensidad de la nada,
valle lleno de rutinas indiferentes a mi angustia
como el frotar del tronco con la oreja de la hamaca en sus vaivenes
o zumbidos de moscos hambrientos de mi glucosa alcoholizada.
Me quedo callado con la paciencia de la luna
esperando respuestas como esperan al eco las montañas
Un enorme vacío me carcome el alma
y el silencio se derrama sobre el fuego que alimenta mi pena
Cuzaima grito, una y otra vez..., y no hay voz amada que responda.
La selva llora con su murmullo extraño
todas las horas ausentes de su amada lluvia
Azuzada por el viento, como esparciendo secretos,
viajan voces que escucho esperanzado
Los abuelos,
Las abuelas…
Los dioses vencidos que temen encontrarse al hombre
y causarle pavor con sus ropajes de miseria
y sus rostros demacrados por el abandono.
Cuzaima grito, aunque interprete el valor del silencio,
grito sólo como consuelo para mi alma desgarrada
embriagada en alcohol y el dolor de su ausencia
queriendo ser metate de piedra para aguardar frío su ausencia
o fogón arropado de cenizas
mientras el fuego del calor algún día llega,
sin pensar en mañanas ni en cosechas.
Cuzaima grito, y luego, callo.
Muero en el cansancio sin mañana
mientras que el mar insiste a solas
en derrumbar los muros para volverlos playas.
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