David Martinez Vilches
Amigo de la Poesía Clásica
(Los versos con menos de once sílabas, son versos sangrados y continúan en la siguiente línea porque lo dice otro personaje, ya que es diálogo)
I Introducción
En la naturaleza, dos pastores,
bajo la sombra grande de verdura,
contaban sus tristezas, sus amores,
con el son del pasar del agua pura
por los ríos de altos corredores
que salían de toda la espesura;
en el lugar más fértil de la Tierra
que gran belleza y hermosura encierra.
Un río despejaba las montañas
que se llegaban a tocar entre ellas,
refugio de las vidas ermitañas
y de los sátiros y las ninfas bellas,
donde libres corrían alimañas
llevando por el aire sus querellas;
y toda esta belleza inescrutable
conformaba el lugar tan agradable.
Las ninfas divertíanse labrando
la hierba delicada, con riqueza,
mientras que juntamente iban cantando
canciones de una singular belleza,
y de la vida ociosa iban holgando
mientras saneaban toda la maleza.
¡Oh bello estado placentero, suerte
estar de esta manera hasta la muerte!
En otro sitio, bajo acogimiento
de un árbol, los pastores se contaban
los amores, las penas, y el lamento
por sus vidas que plácidas pasaban.
Intentaré por imitar su acento
de amores y de penas de qué hablaban
mientras gozaban del placer sabroso
por Natura y el día deleitoso.
II Diálogo
(Fido, Leo, Namicio)
(Fido)
¡Qué poco afortunado que te quiera,
que si en verdad tuviese sano el juicio,
cuán dudo que así mismo te quisiera!
(Namicio)
¡Cuánto dolor expresas!
(Fido)
¡Ay Namicio!
Que ni siquiera un punto se me espera
mi corazón de fuego en su desquicio.
¿Quién podrá ser jamás afortunado
siendo de vos señora enamorado?
Mi corazón herido, sin sosiego,
busca por los albores de la llama
de mi desgracia, inextinguible fuego,
la causa tan maligna que la inflama.
Cuanto a ese corazón le tuve apego
es ahora la causa de esta flama.
¡Tanta amargura tienen ojos míos
que en vez de ojos me parecen ríos!
(Namicio)
¡Cuánta desgracia portas en tu alma!
(Fido)
Y tanta se acumula con mi llanto
(Leo)
Ay amigo, por Dios, tomad la calma.
(Fido)
Mas quisïera, pero tengo espanto…
¡Cuánta desgracia porto yo en mi alma!
¡Cuanta desgracia con dolores!
(Namicio)
¡Cuánto!
Pero dinos las causa del castigo
por consolarte así, mi buen amigo.
(Fido)
Lo haré Namicio, por si da consuelo
de este tremendo mal que me tortura
contar la desventura de mi duelo.
Todo pasó en la noche de aventura,
en la que despejado andaba el cielo
y las aves cantaban con dulzura.
En esto me encontré a una ninfa bella
tanto que yo creí que era una estrella.
Después de haberla visto se escondía,
en tanto yo, que absorto la miraba,
vi como pronto desaparecía
y que la oscura noche la ocultaba,
por mucho que detrás de ella corría,
por mucho que corrí no la alcanzaba
Acabé por su sombra desquiciado
de mi tanto correr, y tan cansado.
Desde ese día, muerto por amores,
yazco perenne en el lugar de vida,
sin disfrutar de nada, los sabores,
me causan al estómago una herida,
mi vista, no deleita con colores,
pues me recuerda todo a la perdida
ninfa tan bella, todavía espero,
hasta que por amores yo me muero.
(Leo)
Oh amigo de destino desgraciado,
y tanto de verdad que así lo creo,
que naciste como hombre desdichado,
según por lo contado y lo que veo.
(Fido)
¡Como comprendes mi dolor y estado
compañero pastor, amigo Leo,
así como Namicio, mis amigos
guardadores de penas y testigos.
III Conclusión
(Namicio)
¿Y que pasó con esa sombra umbría
que es la causa de todos tus recelos?
(Fido)
Ni lo quiero saber, por vida mía
y los altos destinos de los cielos.
Mi consuelo aumentaba, yo decía
la historia del dolor y mis desvelos.
(Leo)
Triste y muerto de amor, amigo Fido,
¿Quién sanará tu corazón herido?
I Introducción
En la naturaleza, dos pastores,
bajo la sombra grande de verdura,
contaban sus tristezas, sus amores,
con el son del pasar del agua pura
por los ríos de altos corredores
que salían de toda la espesura;
en el lugar más fértil de la Tierra
que gran belleza y hermosura encierra.
Un río despejaba las montañas
que se llegaban a tocar entre ellas,
refugio de las vidas ermitañas
y de los sátiros y las ninfas bellas,
donde libres corrían alimañas
llevando por el aire sus querellas;
y toda esta belleza inescrutable
conformaba el lugar tan agradable.
Las ninfas divertíanse labrando
la hierba delicada, con riqueza,
mientras que juntamente iban cantando
canciones de una singular belleza,
y de la vida ociosa iban holgando
mientras saneaban toda la maleza.
¡Oh bello estado placentero, suerte
estar de esta manera hasta la muerte!
En otro sitio, bajo acogimiento
de un árbol, los pastores se contaban
los amores, las penas, y el lamento
por sus vidas que plácidas pasaban.
Intentaré por imitar su acento
de amores y de penas de qué hablaban
mientras gozaban del placer sabroso
por Natura y el día deleitoso.
II Diálogo
(Fido, Leo, Namicio)
(Fido)
¡Qué poco afortunado que te quiera,
que si en verdad tuviese sano el juicio,
cuán dudo que así mismo te quisiera!
(Namicio)
¡Cuánto dolor expresas!
(Fido)
¡Ay Namicio!
Que ni siquiera un punto se me espera
mi corazón de fuego en su desquicio.
¿Quién podrá ser jamás afortunado
siendo de vos señora enamorado?
Mi corazón herido, sin sosiego,
busca por los albores de la llama
de mi desgracia, inextinguible fuego,
la causa tan maligna que la inflama.
Cuanto a ese corazón le tuve apego
es ahora la causa de esta flama.
¡Tanta amargura tienen ojos míos
que en vez de ojos me parecen ríos!
(Namicio)
¡Cuánta desgracia portas en tu alma!
(Fido)
Y tanta se acumula con mi llanto
(Leo)
Ay amigo, por Dios, tomad la calma.
(Fido)
Mas quisïera, pero tengo espanto…
¡Cuánta desgracia porto yo en mi alma!
¡Cuanta desgracia con dolores!
(Namicio)
¡Cuánto!
Pero dinos las causa del castigo
por consolarte así, mi buen amigo.
(Fido)
Lo haré Namicio, por si da consuelo
de este tremendo mal que me tortura
contar la desventura de mi duelo.
Todo pasó en la noche de aventura,
en la que despejado andaba el cielo
y las aves cantaban con dulzura.
En esto me encontré a una ninfa bella
tanto que yo creí que era una estrella.
Después de haberla visto se escondía,
en tanto yo, que absorto la miraba,
vi como pronto desaparecía
y que la oscura noche la ocultaba,
por mucho que detrás de ella corría,
por mucho que corrí no la alcanzaba
Acabé por su sombra desquiciado
de mi tanto correr, y tan cansado.
Desde ese día, muerto por amores,
yazco perenne en el lugar de vida,
sin disfrutar de nada, los sabores,
me causan al estómago una herida,
mi vista, no deleita con colores,
pues me recuerda todo a la perdida
ninfa tan bella, todavía espero,
hasta que por amores yo me muero.
(Leo)
Oh amigo de destino desgraciado,
y tanto de verdad que así lo creo,
que naciste como hombre desdichado,
según por lo contado y lo que veo.
(Fido)
¡Como comprendes mi dolor y estado
compañero pastor, amigo Leo,
así como Namicio, mis amigos
guardadores de penas y testigos.
III Conclusión
(Namicio)
¿Y que pasó con esa sombra umbría
que es la causa de todos tus recelos?
(Fido)
Ni lo quiero saber, por vida mía
y los altos destinos de los cielos.
Mi consuelo aumentaba, yo decía
la historia del dolor y mis desvelos.
(Leo)
Triste y muerto de amor, amigo Fido,
¿Quién sanará tu corazón herido?
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