Sueño del Alma
Poeta adicto al portal
LOS VERANOS QUE SE FUERON
Cada mañana de verano perfumada con aroma de café, de hierba y suelo húmedo. El Hombre Bueno apresuraba al sol a despertarse temprano, al comenzar su trabajo con el espíritu en alto y todas las ganas de acariciar la tierra, aquel hombre de campo comenzaba su faena dibujando a la tierra cada línea cada huella y dejando en ella la semilla inundada de esperanza, con la fuerte convicción de que al pasar los días se convertiría en la planta mas frondosa y bella, con los más abundantes frutos nacidos del campo.
Al terminar el día habiendo brotado de su frente las gotas de cansancio aquel hombre limpiaba su fatiga con lienzos de satisfacción y ponía en su rostro una sonrisa plena, al mirar atrás y ver el fruto de su faena. Cansado regresaba a casa cargando a cuestas todo aquel agotamiento que le había dejado su arduo trabajo.
Sentado frente a su humilde choza contemplaba el atardecer que dibujaba en el cielo los mas lindos paisajes, matizados con las siluetas de los árboles, nubes y montañas, que armonizaban perfectamente con el dulce trinar de los grillos y el canto del pequeño arroyuelo que pasaba frente a su hogar, ayudando así a decorar sus sueños, impregnándolos de esperanza y alivio, anhelando así un mundo lleno de gratificación que crecerá del suelo.
Por la noche al reposar en su morada rogaba al Poder Supremo le diese fuerza para cumplir su sueño, pues el día siguiente pronto iniciará de nuevo, bañado con aroma de café y un hermoso cielo azul con un sol pleno; comenzando así una nueva oportunidad se seguir viviendo…
Así cruzaba aquel Hombre Bueno, cada día de verano, mirando crecer sus matas. Disfrutando cada paso de su desarrollo, nada más placentero que mirar como caía sobre sus plantas el abundante aguacero y se bañaba cada una de ellas con lagrimas del cielo, para dar paso al más maravilloso espectáculo; aquellas pequeñas semillas que fueron dejadas en el áspero pero fértil suelo, ahora se habían convertido en una inmensa alfombra verde, densas plantas plagadas de esperanza y promesas de cuantiosos frutos que envolverían de recompensa aquel hombre bueno.
Todo iba pasando y al llegar el otoño todo culminaba con un gran premio, obtenía copiosos frutos como aquellos paisajes se los prometieron, sus manos maltratadas por el tiempo, quedaban llenas de resarcimiento por su labor y empeño.
Memorias de aquellos años que quedaron acentuados en su vida, es el recuento de los días de verano del hombre bueno, que aunque cada año era muy similar uno a otro; su cuerpo ya no fue el mismo, el Hombre Bueno fue envejeciendo, cada verano dejó su huella en su rostro y en su cabello. El tiempo se llevo su juventud, con su esperanza no pudo, esa se quedó muy dentro de su alma y pensamiento. En espíritu es el mismo, el tiempo tampoco pudo quitarle eso, aun conserva el niño que todos llevamos dentro… Aunque un poco más cansado, casi siempre se le mira sonriendo; como si aun disfrutara de aquellos años plenos. Que aunque ya no volverán los guardó en su recuerdo.
ALMA GLEZ.
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