coral
Una dama muy querida en esta casa.
Depurando el alma
Me internaré en la verde selva,
en la espesura de los bosques,
en el atardecer de una mirada clara
que ha de traer calma
a mi alma perturbada.
Remontaré mi vuelo…
Dejando el llanto escondido en las cornisas,
iré a escaparme, a encontrarme,
porque hace tiempo,
me estoy buscando en los verdes valles,
dejándome llevar por una helada brisa.
Cuando termine la tarde,
cuando se paren en el reloj las horas,
¡quizás, ya sea tarde!
para perderme en el mar de las venturas
para dejar mis suspiros en sus profundidades,
donde no escuche mi propia voz
haciéndome reproches,
y a mi débil alma acusando.
Allí con el rugir silencioso de sus aguas,
tal vez me haré sorda para escuchar
el eco de sus palabras,
que retumba en mis noches solitarias
cuando reposan mis sienes en la almohada.
Allí…me internaré, me perderé
en el mundo escrito en versos,
en los mil vocablos, definiendo cielos,
que no se parecen en nada
-a ese cielo verdadero-
Pintaré serpentinas de colores opacados
con pinceles secos, sin colores
porque ya no hay esencia,
ni materia, ni existencia.
Sólo han quedado unas hojas secas
amontonadas para hacer hogueras.
Allí…tal vez depure mi alma en pena,
liberándola, rescatándola,
de vestigios de lunas acrisoladas,
de esa enigmática luz que alumbró
por un momento en mi estancia,
las paredes, los techos
y sus lánguidas vidrieras ahumadas
arrinconadas, con una luz mortecina,
que nunca fue la luz de la esperanza.
Vislumbro desde lejos,
¡muy lejos, la cúpula de las catedrales!
y el sonido de sus campanarios
que ya no quieren llamarme.
Sólo han quedado vestigios,
de toda la retórica acumulada por tanto tiempo
en un borrador de versos
y de su voz el acento y sus lamentos.
¡Apartarme por siempre quiero!
de su mirada profunda y petrificada,
porque en su mirada se perdió mi vida
sin saber que al reflejarme en sus pupilas,
¡quedaría por siempre mi alma cautiva!
Prudencia Ortiz Arenas
Coral
Me internaré en la verde selva,
en la espesura de los bosques,
en el atardecer de una mirada clara
que ha de traer calma
a mi alma perturbada.
Remontaré mi vuelo…
Dejando el llanto escondido en las cornisas,
iré a escaparme, a encontrarme,
porque hace tiempo,
me estoy buscando en los verdes valles,
dejándome llevar por una helada brisa.
Cuando termine la tarde,
cuando se paren en el reloj las horas,
¡quizás, ya sea tarde!
para perderme en el mar de las venturas
para dejar mis suspiros en sus profundidades,
donde no escuche mi propia voz
haciéndome reproches,
y a mi débil alma acusando.
Allí con el rugir silencioso de sus aguas,
tal vez me haré sorda para escuchar
el eco de sus palabras,
que retumba en mis noches solitarias
cuando reposan mis sienes en la almohada.
Allí…me internaré, me perderé
en el mundo escrito en versos,
en los mil vocablos, definiendo cielos,
que no se parecen en nada
-a ese cielo verdadero-
Pintaré serpentinas de colores opacados
con pinceles secos, sin colores
porque ya no hay esencia,
ni materia, ni existencia.
Sólo han quedado unas hojas secas
amontonadas para hacer hogueras.
Allí…tal vez depure mi alma en pena,
liberándola, rescatándola,
de vestigios de lunas acrisoladas,
de esa enigmática luz que alumbró
por un momento en mi estancia,
las paredes, los techos
y sus lánguidas vidrieras ahumadas
arrinconadas, con una luz mortecina,
que nunca fue la luz de la esperanza.
Vislumbro desde lejos,
¡muy lejos, la cúpula de las catedrales!
y el sonido de sus campanarios
que ya no quieren llamarme.
Sólo han quedado vestigios,
de toda la retórica acumulada por tanto tiempo
en un borrador de versos
y de su voz el acento y sus lamentos.
¡Apartarme por siempre quiero!
de su mirada profunda y petrificada,
porque en su mirada se perdió mi vida
sin saber que al reflejarme en sus pupilas,
¡quedaría por siempre mi alma cautiva!
Prudencia Ortiz Arenas
Coral
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