Halach
Poeta fiel al portal
Sentada en la sala de espera, sentía pasar las personas, no miraba, no observaba, solo podía adentrarse en su interior surgiendo en sus recuerdos todo lo que la llevaba a él. Sólo podía sentir sin saber exactamente qué emociones la llenaban en ese instante.
Buscaba en el aire su rostro, pero él ya no estaba, se había quedado parado al otro lado del cristal esa mañana de lluvia.
Recordó entonces el último momento en que lo observó, cuando ella volteó rápidamente para decirle adiós. Él, parado en la obscuridad, con el alma llena y la sensación de vacío decía adiós con la mano.
Cuánto lo amaba y no podía decirlo, cuánto le dolía esa separación y ni una sola lágrima podía salir para desahogar el peso que llevaba en el cuerpo. Ahora, sentada, sola, sin el sonido de sus risas, sin su aroma, sin el calor de su cuerpo, sin la suavidad con que le acariciaba las manos y el rostro su alma no sabía si agradecer por tenerlo aunque fuera a la distancia o si llorar por no estar juntos.
Tomó un papel que encontró sobre la silla continua, sacó su lapicera y permitió que de su corazón nacieran estas palabras:
Te extraño tanto, te dejo el beso que no conocí antes de ti y que hoy sabemos que es posible, te dejo el recuerdo de la primera mirada, el primer beso, el primer abrazo y el primer te quiero con todas las sensaciones que los acompañaron. Te dejo las risas cómplices entre las sábanas, la primera sonrisa al amanecer, las tardes tirados junto al río leyendo a Matías. Te dejo mi emoción de ver bailar por primera vez un tango, mi asombro de saber como se abre una botella de vino, mis ojos observándote mientras duermes, la sensación que guarda mi piel de sentir tus manos por todo el cuerpo. Te dejo el suspiro de mi alma cuando colocaste una flor sobre mi cabello, la alegría que me produjo cenar con tus abuelos, mi primer baile abrazándote haciéndome sentir como si tuviera apenas 15 años. Te dejo mi felicidad para que te acompañe siempre
Fue entonces cuando se humedeció su mirada, parecía que al fin, después de traer los recuerdos al presente, unas lágrimas escaparían de sus ojos, de la prisión que las tenían contenidas sin saber exactamente por qué.
Sin embargo, en el último instante, cuando parecía que una de ellas se deslizaría por su mejilla traicioneramente, solo pudo liberarse una sonrisa.
Buscaba en el aire su rostro, pero él ya no estaba, se había quedado parado al otro lado del cristal esa mañana de lluvia.
Recordó entonces el último momento en que lo observó, cuando ella volteó rápidamente para decirle adiós. Él, parado en la obscuridad, con el alma llena y la sensación de vacío decía adiós con la mano.
Cuánto lo amaba y no podía decirlo, cuánto le dolía esa separación y ni una sola lágrima podía salir para desahogar el peso que llevaba en el cuerpo. Ahora, sentada, sola, sin el sonido de sus risas, sin su aroma, sin el calor de su cuerpo, sin la suavidad con que le acariciaba las manos y el rostro su alma no sabía si agradecer por tenerlo aunque fuera a la distancia o si llorar por no estar juntos.
Tomó un papel que encontró sobre la silla continua, sacó su lapicera y permitió que de su corazón nacieran estas palabras:
Te extraño tanto, te dejo el beso que no conocí antes de ti y que hoy sabemos que es posible, te dejo el recuerdo de la primera mirada, el primer beso, el primer abrazo y el primer te quiero con todas las sensaciones que los acompañaron. Te dejo las risas cómplices entre las sábanas, la primera sonrisa al amanecer, las tardes tirados junto al río leyendo a Matías. Te dejo mi emoción de ver bailar por primera vez un tango, mi asombro de saber como se abre una botella de vino, mis ojos observándote mientras duermes, la sensación que guarda mi piel de sentir tus manos por todo el cuerpo. Te dejo el suspiro de mi alma cuando colocaste una flor sobre mi cabello, la alegría que me produjo cenar con tus abuelos, mi primer baile abrazándote haciéndome sentir como si tuviera apenas 15 años. Te dejo mi felicidad para que te acompañe siempre
Fue entonces cuando se humedeció su mirada, parecía que al fin, después de traer los recuerdos al presente, unas lágrimas escaparían de sus ojos, de la prisión que las tenían contenidas sin saber exactamente por qué.
Sin embargo, en el último instante, cuando parecía que una de ellas se deslizaría por su mejilla traicioneramente, solo pudo liberarse una sonrisa.