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Poeta que considera el portal su segunda casa
No podían vivir separados, pero juntos chocaban por su carácter fuerte y dominante. Se parecían como dos gotas de agua. Los dos con narices aguileñas, rostro alargado y pelo oscuro y ondulado. Ella salía todas las mañanas a la compra, y fuera verano o invierno siempre con su raída gabardina y su sombrero de fieltro. Él salía a trabajar con su traje mil rayas ya hiciese frío o calor.
Los domingos por la tarde todos los chavales del barrio jugábamos en la calle con gran bullicio, cada uno con su bocadillo de mortadela, chocolate o membrillo. En aquella época aunque nunca nos faltó de nada, no había grandes lujos y cualquier pequeño regalo o sorpresa era motivo de fiesta para nosotros.
Aquel día mientras jugábamos a las canicas, los escuchamos discutir. Sus gritos llegaban hasta nuestros infantiles oídos. De pronto se abrió la ventana y ella echa una furia lanzó algo por la ventana que cayó a nuestros pies. Con gran júbilo comprobamos que era una bandeja de hojaldres rellenos, de casa Aguirrebarrena, la mejor pastelería de la ciudad. Al parecer el hombre para contentarla de un posible enojo, le había comprado aquellos deliciosos dulces y ella sin poder frenar su furia los lanzó por la ventana. Ni que decir que para la chavalería fue toda una celebración.
Un día ella desapareció y no la volvimos a ver, no se sabe si murió o se fue para siempre de la ciudad; el caso es que él se fue volviendo cada vez más enjuto y jorobado. Su cabello antes negro y lustroso se había convertido en grasientas guedejas que caían mustias a cada lado de su cada vez más afilada nariz. Su traje de rayas se había transformado en harapos que cubrían su piel famélica y arrugada. A veces al subir las escaleras oíamos la misma canción que salía de lo que parecía ser un viejo gramófono y que se repetía una y otra vez como una lánguida letanía. Se había vuelto un viejo raro y huraño. Un día al pasar por su piso vimos que estaba su puerta medio abierta, la empujamos un poco llenos de curiosidad y allí estaba, en mitad de la habitación y ante nuestra sorpresa, ataviado con la gabardina y el viejo sombrero de su mujer, bailando ridículamente al compás de la canción “Ansiedad”.
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Los domingos por la tarde todos los chavales del barrio jugábamos en la calle con gran bullicio, cada uno con su bocadillo de mortadela, chocolate o membrillo. En aquella época aunque nunca nos faltó de nada, no había grandes lujos y cualquier pequeño regalo o sorpresa era motivo de fiesta para nosotros.
Aquel día mientras jugábamos a las canicas, los escuchamos discutir. Sus gritos llegaban hasta nuestros infantiles oídos. De pronto se abrió la ventana y ella echa una furia lanzó algo por la ventana que cayó a nuestros pies. Con gran júbilo comprobamos que era una bandeja de hojaldres rellenos, de casa Aguirrebarrena, la mejor pastelería de la ciudad. Al parecer el hombre para contentarla de un posible enojo, le había comprado aquellos deliciosos dulces y ella sin poder frenar su furia los lanzó por la ventana. Ni que decir que para la chavalería fue toda una celebración.
Un día ella desapareció y no la volvimos a ver, no se sabe si murió o se fue para siempre de la ciudad; el caso es que él se fue volviendo cada vez más enjuto y jorobado. Su cabello antes negro y lustroso se había convertido en grasientas guedejas que caían mustias a cada lado de su cada vez más afilada nariz. Su traje de rayas se había transformado en harapos que cubrían su piel famélica y arrugada. A veces al subir las escaleras oíamos la misma canción que salía de lo que parecía ser un viejo gramófono y que se repetía una y otra vez como una lánguida letanía. Se había vuelto un viejo raro y huraño. Un día al pasar por su piso vimos que estaba su puerta medio abierta, la empujamos un poco llenos de curiosidad y allí estaba, en mitad de la habitación y ante nuestra sorpresa, ataviado con la gabardina y el viejo sombrero de su mujer, bailando ridículamente al compás de la canción “Ansiedad”.
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