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Muchas gracias por tu amabilidad mi querida poetisa. Te mando un fuerte beso y abrazo. Nos seguimos leyendo.es un muy buen relato, .. mis felicitaciones, pocas personas logran causar tan semejante impacto con cada palabra que van escribiendo para nosotros... eres un gran escritor no hay dudaun fuerte abrazo...
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Cuando venía la tía Remedios la casa era una fiesta. Íbamos a esperarla a la estación haciendo sonar la bocina del coche y luciendo nuestro mejor vestuario. Mamá hacía una tarta, y Rosendo y yo ayudábamos a papá a decorar la casa. Le dábamos nuestra mejor habitación, y nos acompañaba a las fiestas, de las que regresábamos cargados de regalos. No era muy vieja la tía Remedios, algo mayor que mamá, aunque comparándolas parecía más joven.
Es increíble cómo pueden convivir en una sola persona Dios y el diablo. Digo esto porque he reflexionado mucho sobre todo lo que ha ocurrido y he llegado a la conclusión de que la tía Remedios no era precisamente un ángel.
De los que ívamos a esperarla a la estación, yo soy el único que aún continúa con vida. La tía Remedios era propensa a hacernos regalos que traía de los países que visitaba; nos los entregaba con una gran sonrisa,diciendo que no era nada comparado con lo que nosotros nos merecíamos, y que la hacíamos muy feliz. En una de sus visitas, a papá le trajo un espejo que había encontrado en una tienda de antiguedades en China. Papá veía en él constantemente a la abuela Irene, su madre, que llevava veinte años muerta, hablaba con ella de los quehaceres de la casa, y según él, ella le decía que no le gustaba la cancela pintada de negro, o que arreglasen el último escalón que conducía al piso superior, o que los niños no nos acercásemos al pozo. De tanto convivir con un muerto papá enloqueció y se arrojó al pozo una madrugada de invierno. Lo de mamá fue aún peor, ya que nos cogió a todos desprevenidos. Papá enloqueció y murió en un año. El día del entierro mamá conducía su automóvil- uno de los regalos de tía Remedios que más habíamos celebrado- cuando un camión se atravesó en su camino. Al día siguiente fuimos nuevamente de entierro.
Después de aquellas dos muertes la tía Remedios se quedó a vivir con nosotros. Sería nuestra madre.Tan solo de vez en cuando hacía esporádicas salidas que duraban tan solo alguna semanas. Nosotros nos quedábamos solos. En uno de esos viajes le compró a Rosendo unos patines porque se avecinaba el invierno y el lago que teníamos cerca de casa se helaría pronto. Cuando llegó el invierno y el lago se heló,Rosendo se pasaba la mayor parte del tiempo patinando, hasta que una noche no volvió a casa. Lo encontramos ahogado en el lago, el hielo se rompió y él se cayó dentro ahogándose.
Ahora estoy solo en la casa. La tía Remedios se ha marchado a uno de sus viajes.Estoy en mi habitación. Si miro a mi alrrededor veo apiñados por los rincones todos los regalos que ella me ha hecho. No sé cuál de ellos será el predestinado para acabar conmigo; pero no lo conseguirá, yo la he desenmascarado.
Ha llamado por teléfono anunciándome que llega hoy, para que vaya a recogerla a la estación.
Subo a su cuarto. Busco por todas partes; en el cajón de su mesilla de noche, entre pañuelos y cartas y un pequeño estuche con alfileres de todos los tamaños encuentro también un álbum de fotos. Lo ojeo; hay una en la que estamos los cuatro juntos: papá,mamá,Rosendo y yo. Cuatro alfileres atraviesan nuestros cuerpos. Desclavo la que me atraviesa a mí y busco una fotografía en la que la tía Remedios aparece tan dichosa y sonriente como siempre. Le clavo el alfiler atravesándole el cuerpo muchas veces.
Son las dos y la tía Remedios aún no ha venido. LLevaba puesto el sombrero que le regalé y del que un día vi salir una serpiente. Ha llegado su tren, pero sin ella. Sospecho que ya no vendrá nunca, gracias al alfiler milagoso o al veneno del reptil.
Eladio Parreño Elías
28-Julio-1994
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Cuando venía la tía Remedios la casa era una fiesta. Íbamos a esperarla a la estación haciendo sonar la bocina del coche y luciendo nuestro mejor vestuario. Mamá hacía una tarta, y Rosendo y yo ayudábamos a papá a decorar la casa. Le dábamos nuestra mejor habitación, y nos acompañaba a las fiestas, de las que regresábamos cargados de regalos. No era muy vieja la tía Remedios, algo mayor que mamá, aunque comparándolas parecía más joven.
Es increíble cómo pueden convivir en una sola persona Dios y el diablo. Digo esto porque he reflexionado mucho sobre todo lo que ha ocurrido y he llegado a la conclusión de que la tía Remedios no era precisamente un ángel.
De los que ívamos a esperarla a la estación, yo soy el único que aún continúa con vida. La tía Remedios era propensa a hacernos regalos que traía de los países que visitaba; nos los entregaba con una gran sonrisa,diciendo que no era nada comparado con lo que nosotros nos merecíamos, y que la hacíamos muy feliz. En una de sus visitas, a papá le trajo un espejo que había encontrado en una tienda de antiguedades en China. Papá veía en él constantemente a la abuela Irene, su madre, que llevava veinte años muerta, hablaba con ella de los quehaceres de la casa, y según él, ella le decía que no le gustaba la cancela pintada de negro, o que arreglasen el último escalón que conducía al piso superior, o que los niños no nos acercásemos al pozo. De tanto convivir con un muerto papá enloqueció y se arrojó al pozo una madrugada de invierno. Lo de mamá fue aún peor, ya que nos cogió a todos desprevenidos. Papá enloqueció y murió en un año. El día del entierro mamá conducía su automóvil- uno de los regalos de tía Remedios que más habíamos celebrado- cuando un camión se atravesó en su camino. Al día siguiente fuimos nuevamente de entierro.
Después de aquellas dos muertes la tía Remedios se quedó a vivir con nosotros. Sería nuestra madre.Tan solo de vez en cuando hacía esporádicas salidas que duraban tan solo alguna semanas. Nosotros nos quedábamos solos. En uno de esos viajes le compró a Rosendo unos patines porque se avecinaba el invierno y el lago que teníamos cerca de casa se helaría pronto. Cuando llegó el invierno y el lago se heló,Rosendo se pasaba la mayor parte del tiempo patinando, hasta que una noche no volvió a casa. Lo encontramos ahogado en el lago, el hielo se rompió y él se cayó dentro ahogándose.
Ahora estoy solo en la casa. La tía Remedios se ha marchado a uno de sus viajes.Estoy en mi habitación. Si miro a mi alrrededor veo apiñados por los rincones todos los regalos que ella me ha hecho. No sé cuál de ellos será el predestinado para acabar conmigo; pero no lo conseguirá, yo la he desenmascarado.
Ha llamado por teléfono anunciándome que llega hoy, para que vaya a recogerla a la estación.
Subo a su cuarto. Busco por todas partes; en el cajón de su mesilla de noche, entre pañuelos y cartas y un pequeño estuche con alfileres de todos los tamaños encuentro también un álbum de fotos. Lo ojeo; hay una en la que estamos los cuatro juntos: papá,mamá,Rosendo y yo. Cuatro alfileres atraviesan nuestros cuerpos. Desclavo la que me atraviesa a mí y busco una fotografía en la que la tía Remedios aparece tan dichosa y sonriente como siempre. Le clavo el alfiler atravesándole el cuerpo muchas veces.
Son las dos y la tía Remedios aún no ha venido. LLevaba puesto el sombrero que le regalé y del que un día vi salir una serpiente. Ha llegado su tren, pero sin ella. Sospecho que ya no vendrá nunca, gracias al alfiler milagoso o al veneno del reptil.
Eladio Parreño Elías
28-Julio-1994
Gracias amiga por tu comentarioWow! Que historia! Ha sido muy grato leerte.
Tu relato parece un cuento y me ha gustado leerlo.
Ha sido interesante de principio a fin. Muy interesante.
Saludos cordiales. Menos mal que tu viviste para contarlo!
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Cuando venía la tía Remedios la casa era una fiesta. Íbamos a esperarla a la estación haciendo sonar la bocina del coche y luciendo nuestro mejor vestuario. Mamá hacía una tarta, y Rosendo y yo ayudábamos a papá a decorar la casa. Le dábamos nuestra mejor habitación, y nos acompañaba a las fiestas, de las que regresábamos cargados de regalos. No era muy vieja la tía Remedios, algo mayor que mamá, aunque comparándolas parecía más joven.
Es increíble cómo pueden convivir en una sola persona Dios y el diablo. Digo esto porque he reflexionado mucho sobre todo lo que ha ocurrido y he llegado a la conclusión de que la tía Remedios no era precisamente un ángel.
De los que ívamos a esperarla a la estación, yo soy el único que aún continúa con vida. La tía Remedios era propensa a hacernos regalos que traía de los países que visitaba; nos los entregaba con una gran sonrisa,diciendo que no era nada comparado con lo que nosotros nos merecíamos, y que la hacíamos muy feliz. En una de sus visitas, a papá le trajo un espejo que había encontrado en una tienda de antiguedades en China. Papá veía en él constantemente a la abuela Irene, su madre, que llevava veinte años muerta, hablaba con ella de los quehaceres de la casa, y según él, ella le decía que no le gustaba la cancela pintada de negro, o que arreglasen el último escalón que conducía al piso superior, o que los niños no nos acercásemos al pozo. De tanto convivir con un muerto papá enloqueció y se arrojó al pozo una madrugada de invierno. Lo de mamá fue aún peor, ya que nos cogió a todos desprevenidos. Papá enloqueció y murió en un año. El día del entierro mamá conducía su automóvil- uno de los regalos de tía Remedios que más habíamos celebrado- cuando un camión se atravesó en su camino. Al día siguiente fuimos nuevamente de entierro.
Después de aquellas dos muertes la tía Remedios se quedó a vivir con nosotros. Sería nuestra madre.Tan solo de vez en cuando hacía esporádicas salidas que duraban tan solo alguna semanas. Nosotros nos quedábamos solos. En uno de esos viajes le compró a Rosendo unos patines porque se avecinaba el invierno y el lago que teníamos cerca de casa se helaría pronto. Cuando llegó el invierno y el lago se heló,Rosendo se pasaba la mayor parte del tiempo patinando, hasta que una noche no volvió a casa. Lo encontramos ahogado en el lago, el hielo se rompió y él se cayó dentro ahogándose.
Ahora estoy solo en la casa. La tía Remedios se ha marchado a uno de sus viajes.Estoy en mi habitación. Si miro a mi alrrededor veo apiñados por los rincones todos los regalos que ella me ha hecho. No sé cuál de ellos será el predestinado para acabar conmigo; pero no lo conseguirá, yo la he desenmascarado.
Ha llamado por teléfono anunciándome que llega hoy, para que vaya a recogerla a la estación.
Subo a su cuarto. Busco por todas partes; en el cajón de su mesilla de noche, entre pañuelos y cartas y un pequeño estuche con alfileres de todos los tamaños encuentro también un álbum de fotos. Lo ojeo; hay una en la que estamos los cuatro juntos: papá,mamá,Rosendo y yo. Cuatro alfileres atraviesan nuestros cuerpos. Desclavo la que me atraviesa a mí y busco una fotografía en la que la tía Remedios aparece tan dichosa y sonriente como siempre. Le clavo el alfiler atravesándole el cuerpo muchas veces.
Son las dos y la tía Remedios aún no ha venido. LLevaba puesto el sombrero que le regalé y del que un día vi salir una serpiente. Ha llegado su tren, pero sin ella. Sospecho que ya no vendrá nunca, gracias al alfiler milagoso o al veneno del reptil.
Eladio Parreño Elías
28-Julio-1994
Muy divertido.Me gusta.
Es un relato muy original.
¡Saludos!
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