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Poeta que considera el portal su segunda casa
Al oírlo me recordó mi infancia. Aquella calle tranquila, los días de colegio ya bien entrado el mes de octubre, cuando el verano y los días de playa parecían ya lejanos, nos consolábamos recogiendo castañas pilongas y bellotas del parque, que agregábamos a nuestros juegos. Las hojas secas giraban con el viento sur y los viejos refranes decían que iba a llover porque se oía el chiflo del afilador a su paso por las calles. Ha llovido mucho desde entonces, pero hoy ha vuelto a pasar por mi calle. Al oír su flauta de pan me ha traído recuerdos envueltos en nostalgia. He mirado por la ventana y ahí estaba él, como si el tiempo se hubiese detenido en aquellos inocentes años de olor a lápiz y bocata de chorizo Pamplona, con su bicicleta y su piedra de amolar. Las hojas de los árboles de un color rojizo precioso se bamboleaban con el viento, el mismo viento sur que hoy y ayer hace desprenderse de las ramas, las castañas y los nísperos, el mismo que traía a aquel señor que tan hábilmente silbaba en la mañana, el mismo que hoy he visto detenido en la calle, apoyado en su bicicleta, con la flauta de producir sonidos agudos, como las hojas de los cuchillos que tan hábilmente afila con su esmeril.
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