huellas
Poeta adicto al portal
El pueblo ha crecido a lo largo, y la biblioteca se ha quedado casi en la esquina, cerca de la vieja mina, es pequeña y poco frecuentada, huele a goma de borrar, a cuadernos y a lápices de colores, culpa de sus más asiduos moradores.
A veces entra un ama de casa soñadora en busca del best seller de temporada, o un jubilado a leer la prensa. En épocas de examenes, puede que vaya algún estudiante de casa pequeña o familia numerosa.
La biblioteca es chiquita, pero hay lugares donde no llega nadie. Cuando pido prestado un libro de poemas, la bibliotecaria sonríe, lo acaricia y le desea buen viaje, "algunos son vírgenes" -me dice con voz queda-, "si le quieres prolongar la estancia, no lo dudes..., sólo avisa.. ya sabes"
Algunos días me paseo entre los estantes de madera vieja, abarrotados, imaginando... , los libros se cobran vida, se me insinuan, con sus lomos me provocan y yo, les sonrío, los acaricio, mentalmente los sueño... barcos de guerra se mezclan con gnomos, asesinos con filósofos, historias de amor, con la historia de otros pocos.
Me gusta la biblioteca de mi pueblo, sin pretensiones, con pequeñas sillas y mesitas de pupitre, con olor a goma y a lapiceros de colores.
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