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uffffffff que intenso y que final durisimo ,pero me atrapo leerte
besos y rp
Gracias amiga por tu amable comentario. Celebro que te gusten mis relatos. Un abrazo.Wao amigo como logras tenerme a la expectativa de lo que va a ocurrir, cuerpo tenso, ojos abiertos y los sentidos en alerta.....no vaya a ser que se me aparezca el aparecido...muy bueno, como siempre genial
Celebro que te haya gustado, amigo poeta. Un abrazo.Atrapante muy bueno.
Si lees más cuentos míos verás que no siempre uso la misma técnica, aunque sí la repito algunas veces. Gracias por tu comentario. Un abrazo.Cuento de terror, pero también con moral adosada. Empleas la técnica de frases muy cortas que resultan más descriptivas, otorgan más suspense al lector pero le quitan un ritmo narrativo de mejor calidad. Al menos en este relato me ha parecido que era excesiva el empleo de esta técnica.
Gracias mi dulce amiga wiccambar por tu amable comentario. Un abrazo amiga linda.De donde saliste poeta de Dios,
o eres acaso un ángel que leyó los pensamientos del mundo,
has mirado el centro de la tierra y ella te premio con la sabiduría de la esencia pura de la letra,
apenas ayer me aventure en este lenguaje del mundo de los poetas soñadores y me enamore de tu
tinta, cada vez que veo tu nombre quiero leer la sorpresa que traerás,
dios de la tinta y letra, sigue llenando de sueños este mundo porque ya muchos murieron en el
sin poder decir nunca un poema de amor...
gracias belleza de alma espiritual...
Gracias ROSA por tu comentario. Un abrazo.Con lo que me gusta viajar de noche y tú ala... a darme susto jajajaj yo sé montones de cosas que pasarón o pasan en los pueblos, crimenes, infidelidades, en fin pá completar un libro, pero seguro que no lo escribiria tan bienxx como tú amigo mio. ABRAZOS
Gracias por venir, un abrazo amigo Libra.Mi mas sincera felicitación Dulcinista. Tienes mi aplauso y mi admiración. Magnífico tu relato. Un abrazo, amigo.
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado en el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.
Eladio Parreño Elías
20-Septiembre-2011
Gracias tony por tu amistad que tanto me reconforta. Un abrazo.tony_drüms;3966058 dijo:Que bueno!!!!! he quedado anonadado esta vez. Siempre caigo. Absorto. Muy, pero muy bueno.Felicitaciones, por tus noctambulas historia espectaculares. Estrellas y veré si puedo darte reputación. Saludos cordiales desde Chile.
Gracias LUIS, celebro que te haya gustado mi relato.Otro relato más, digno de tu increible creatividad. Eladio, tu escrito engancha hasta el final y me introduce y anuda en tan fantástica historia, de forma increible.
Enhorabuena, por tantisima genialidad.
Un abrazo, mi estimado amigo.
Gracias amiga Lore, un beso y un abrazo para ti.De nuevo un relato que te hace retener el aliento hasta el final. Siempre logras mantener el suspense y la sorpresa. Gracias por compartir. Un abrazo.
Gracias por pasar amiga un beso.Eres un gran escritor y tu imaginacion
es muy grande. He leido tu realato
y me parecio buenisimo aunqe fuerte!
Está chévere, su relato, atrapante para esta tarde tan fría, saludos![]()
Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado en el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.
Eladio Parreño Elías
20-Septiembre-2011
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