MARÍA JUNCAL
Va María con su cesto
hacia el Mercado Central,
y la gente, cuando pasa,
mirando hacia otro lugar,
en voz muy baja comenta:
-¡Pobre María Juncal!-
-¡Vendo pescado muy fresco,
recién salido del mar!-
...Pero en el cesto no hay nada,
nadie lo pudo llenar.
-¡Muchas gracias, señorito,
verá qué ricas están...
Pescadas en La Marola,
y con cebo natural!-
Parece como que busca
debajo del delantal
el cambio que corresponde
al que acaba de comprar,
y sigue su cantinela
con esa voz singular:
-¡Vendo pescado muy fresco,
recién salido del mar!-
María Juncal no es vieja,
pelo negro y desigual,
con algunas canas blancas,
y va siempre sin peinar.
Se viste con lo que encuentra,
sobre los hombros un chal,
calza zuecos de madera
que resuenan al andar.
Debía de ser muy guapa,
y muy garbosa, y sensual:
Sus labios rojos, carnosos,
sus ojos azul letal.
Se casaba enamorada
veinticinco años atrás,
con un apuesto muchacho,
un pescador del lugar.
Concebía dos varones,
su Rafael y su Blas,
que ahora mismo tendrían
unos veinte, o algo más.
Robaliza en La Marola
iban los tres a pescar,
pero un día no volvieron...
Se los tragaba la mar.
Sus cuerpos no aparecieron
y dejaron de buscar.
...Y María enloquecía
de impotencia y de pesar.
Todos los días del año,
se ve a María Juncal
que está vendiendo pescado
en el Mercado Central.
...De Cariño a Finisterre
todo pueblo litoral
cuenta entre sus habitantes
con su María Juncal.
...Y todas dicen lo mismo
al que las quiere escuchar:
-¡Vendo pescado muy fresco,
recién salido del mar!-
xxx
Churrete
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