jaziz
Poeta asiduo al portal
Bajamos los pedregales, hasta tocar su puerta de metal. Ahí estaba, él observando nuestros rostros, como queriendo reconocer alguno.
Al no dar abasto sus anchos anteojos, que parecían sobrevivir colgados de sus orejas, sus ojos ya consumidos por las tantas imágenes de casi un siglo. El respetable anciano vivía sus días últimos con su ser pegado al televisor, mientras nuestras voces se alzaban hacia él y de sus boca surgía un grito de días pasados ¡Xóchilt, Xochitl! Saca su manta y la coloca en sus piernas y me hago la misma pregunta que me hago al ver a un bebe ¿Qué pasa por su mente? ¿A dónde se van sus recuerdos? ¿Por qué se esconde tras su sabana? Nosotros nos dispusimos a bajar en busca de alimento y ahí estaban esos jóvenes como sin una vida que atender. Tan victimas o beneficiados de una cultura que ya tenía una forma de vida al ellos nacer. Que ya les entrego una vestimenta, un habla, unos límites y unos insultos con los cuales ahora nos reciben.
Volvimos hacia los pedregales de un inhóspito anciano. Bajamos al sótano, en el sótano que alguna vez Xochitl recorrió de niña, acercándose a la ventana que da a un baldío. El anciano ya no bajaba más ahí, por no confiar más en sus piernas. Tomamos descanso en su lecho antiguo y yo intente bañarme junto a las telarañas pero bastaron minutos para yo salir de allí. Todo paso, ahora disfrutamos de una avena en un rustico y típico tarro de esa misma ciudad, llamada Zacatecas.
¡Oh anciano! Tu corazón pende de un hilo, de recuerdos que ahora te son abstractos y que no tardan en buscar un lugar en los aires de este mundo.
Al no dar abasto sus anchos anteojos, que parecían sobrevivir colgados de sus orejas, sus ojos ya consumidos por las tantas imágenes de casi un siglo. El respetable anciano vivía sus días últimos con su ser pegado al televisor, mientras nuestras voces se alzaban hacia él y de sus boca surgía un grito de días pasados ¡Xóchilt, Xochitl! Saca su manta y la coloca en sus piernas y me hago la misma pregunta que me hago al ver a un bebe ¿Qué pasa por su mente? ¿A dónde se van sus recuerdos? ¿Por qué se esconde tras su sabana? Nosotros nos dispusimos a bajar en busca de alimento y ahí estaban esos jóvenes como sin una vida que atender. Tan victimas o beneficiados de una cultura que ya tenía una forma de vida al ellos nacer. Que ya les entrego una vestimenta, un habla, unos límites y unos insultos con los cuales ahora nos reciben.
Volvimos hacia los pedregales de un inhóspito anciano. Bajamos al sótano, en el sótano que alguna vez Xochitl recorrió de niña, acercándose a la ventana que da a un baldío. El anciano ya no bajaba más ahí, por no confiar más en sus piernas. Tomamos descanso en su lecho antiguo y yo intente bañarme junto a las telarañas pero bastaron minutos para yo salir de allí. Todo paso, ahora disfrutamos de una avena en un rustico y típico tarro de esa misma ciudad, llamada Zacatecas.
¡Oh anciano! Tu corazón pende de un hilo, de recuerdos que ahora te son abstractos y que no tardan en buscar un lugar en los aires de este mundo.