pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
-¿Es éste su informe, doctora?
Repasó con la mirada absorta el angelical semblante de su interlocutora, liviano para un cronista de las mentes retorcidas como él era, un investigador a sueldo de las miasmas del intelecto, de las brumas de los pacientes de aquel pabellón escasamente presupuestado por el Gobierno.
-¿Es éste su informe, doctora, le pregunto a usted? - repitió, reclamando la atención de la doctora titular de aquel caso del que sus manos volteaban ahora de atrás adelante y viceversa sus pobladas páginas.
-Le advertí, mi querido doctor Machuca, que no había ningún resultado concluyente obtenido por mi equipo, ni en cuanto a la praxis ni en cuanto al tratamiento medicamentoso que pudiera avanzar resultados. Las terapias utilizadas, las puede repasar ahí, han sido respetadas en todas las convenciones médicas y estipulaciones, pero...
-Pero el resultado veo que ha sido cero... o peor, porque el tiempo invertido también cuenta - se le arrugó la frente - Verá, doctora Castro, yo no he venido desde la capital para estampar una firmita, cobrarme las dietas y volver con las manos vacías. Soy experto en casos clínicos complejos y no me iré de este sanatorio sin resultados. No me diga que han hecho todo lo posible, porque de ese modo yo no estaría aquí, ¿comprende?
-No estamos autorizados, doctor Machuca, a actuar más allá de nuestras limitaciones personales y morales...
- ¡Déjese de tonterías! Si la moralidad guiara mis pasos, muchos de mis pacientes todavía llevarían el grillete al cuello y contarían las hebrillas del zurcido de los colchones en las paredes de sus habitaciones en malnutridos pabellones de psiquiatría como éste. Pienso resolver este caso a mi manera. Para empezar, ¿dónde está el paciente, cómo se llama...
- Sólo tenemos de él su extraño nombre Ángel37, es el nombre de usuario de...
- ¡Oh, no me repita el grueso de este informe desbocado! Lo he leído ya una vez y es suficiente. Déme la llave de la habitación y no me cuente más... - Salió impertérrito de aquel despacho dejando a la jefa del equipo de psiquiatría con la palabra en la boca.
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El circulito vacío parecía saltar de la pantalla. Su mudo testigo, su vigilante impenetrable, en cambio, era la fiel metáfora de la lasitud humana. Con el apuntar de sus pupilas en la dirección apropiada, titilaba y se ocultaba como una luna vacua abochornada por los infundios de un amante celoso o borracho; el cerillo absorto y el color ausente de aquel márchamo de la nada, herradura completa de la ausencia, del hilo telefónico interceptado pero sin comunicante al otro lado, se desnutría mirándole, sin poder ayudarle.
El doctor Machuca entró de sopetón en la habitación despidiendo la puerta contra el zócalo y arrancando de la madera del rodapié los escasos tintes de barniz que allí restaban, tal era el número de veces que aquella habitación del psiquiátrico había recibido la furia de los trabajadores del centro.
- Buenos días, señor Cero. -le espetó al encararse a aquella figura que no le devolvió la mirada- Así le voy a llamar yo a usted, aquí le llaman Ángel37, lo le llamaré Cero. Cero respuestas, cero identidades, cero huellas, cero palabras, pero eso lo vamos a cambiar en breve. ¿no cree, amigo Cero? - se plantó a un paso de él - No responde, ¿verdad? Cuando terminemos, rezará usted padrenuestros para no volverme a ver, ¿sabe?
Y se rió ufanamente de su condición de juez y moderador de aquella sombra humana, sombra que buscaba el verde en el centro del anillo sin cromar.
El círculo escudriñaba a ambos testigos. Miraba a uno y al otro; invariablemente. Se limitó a mostrarse como siempre, vacuo, tangencial, risible. Eterno.
A la izquierda de aquel círculo figuraba un enigmático "Espera12312", otro nombre de usuario.
El doctor Machuca firmó y rubricó su carta de cese para amontonarla a continuación encima de los legajos y vademécums apilados en la mesa del Director General de su Ministerio.
Sin lágrimas, abandonó el cuartucho limpiando el polvo de sus zapatos contra la lujosa alfombra que cubría los listones de parquet de la sala. La puerta quedó abierta tras él, escaleras abajo.
Aquel hombre ya estaba en la calle, cruzando raudo la vía en busca de su automóvil mal estacionado. Atrás quedaba un expediente personal, inacabado; y otro profesional, tachado. Ambos sobre la mesa del Director General de Salud Pública.
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- Doctora Castro, traen a la nueva paciente, ya sabe...
- No me cuente más, otro como el que tenemos abajo - le espetó la doctora a su ordenanza, reprendiéndole ligeramente su atisbo de sapiencia.
- Pues llega el furgón en unos minutos, creo que este caso es ligeramente diferente al famoso Angel37, el rarito del sótano.
-¿Ah, sí? ¡No me diga! ¿Qué cambia esta vez? Duerme por las noches, tal vez. ¿Da las gracias cuando le sirven el café? - ironizó la doctora.
- No creo, - se reía el ordenanza - esta paciente estaba igual de aturdida que el nuestro, me han dicho los compañeros que la han recogido, pero la pantalla que observaba estaba encendida y únicamente mostraba el Windows, en el escritorio, no parecía "navegar" ni tenía abierta ninguna otra aplicación.
- Le voy a decir una cosa. Para este nuevo caso voy a copiar todo el expediente que ya teníamos y se lo pego. Se lo juro, me quedo tan ancha. Cuando llegue, ubíquenla en la habitación contigua. Ya probaremos alguna terapia conjunta, a ver si "despiertan" a la vez - se reía casi iracunda la doctora.
- Descuide, doctora. Voy a recibir el furgón. ¿ya sabe cómo le va a llamar? Lo digo por nombrar en el expediente...
- El otro era ángel37, no me voy a complicar nada, ésta será ángel38 - Y se fue riendo a tomar un café bien cargado, le hacía mucha falta la cafeína. Quizás necesitaría también algunas de aquellas pastillitas mágicas que tanto recetaba a sus pacientes. La azul o la amarilla... ya lo vería.
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El círculo vacío seguía creciendo y decreciendo, retenía la consciencia de aquel ángel sin alas, como un pterodáctilo del triásico tardío o del jurásico, llegaba desde la atmósfera para morder, arrastrar y depredar la mirada del espectador inerte, laxo, vidente pero ciego. Alga mojigata al vaivén de las olas hertzianas por el refresco del desusado monitor enfrente.
Y el hombre lo observaba, dilatando y compungiendo sus propias pupilas por el cansancio eximio al que sometía toda la tensión de sus capilares, todo el caudal del torrente sanguíneo, la respiración, los latidos, el entretejido celular, el hábitat de las neuronas y sus enzimas más recónditas, todas sus fuerzas y componentes vitales, todas sus variables y constantes se supeditaban a lo que veían sus ojos. O, mejor dicho, a lo que no veían. Y esperaban órdenes. Y las órdenes dependían de aquel marcial círculo avergonzado de existir. Y avergonzado de no exhibir el verde color de meses atrás.
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En la habitación contigua, la otra figura, femenina, se aletargaba en la comodidad de una silla con brazos. Delante de ella, un ordenador del pasado con una campiña verde por fondo de escritorio.
Tal así era como la habían encontrado. Tal era la orden de la doctora Castro de mantener recreado el mismo atrezzo hasta el momento de la intervención de su equipo con los últimos intentos de terapia. Técnicas psicomotrices, incentivadoras de la reacción muscular y similares.
La doctora Castro, sentada a su lado, sin mirarla ni por un momento, releía el informe médico recibido esa misma mañana con la rúbrica "URGENTE" en el sobre ya abierto en recepción.
"... la neurodegeneración provoca la inercia muscular y la apoptosis muestra un patrón de avance radical... terapia paliativa... esperanza de vida aproximada no mayor de ... meses" - Neurodegeneración, nena, eso es lo que te pasa - exclamó la indecente doctora jactándose de no ser oída por nadie en la habitación.
Tosió e ingirió rápidamente otra pastilla blancuzca, la tensión recrecía en sus músculos cuasi acostumbrados a esa suerte de drogas tranquilizantes.
No observó cómo se rompía por un instante la rigidez de la mano derecha de la paciente y su dedo atrofiado por la enfermedad dibujaba un imaginario vuelo hasta el ratón que nadie había colocado junto a aquel monitor con la campiña reverdecida de Windows XP.
La doctora tosió, escupió y enmudeció. Salió a toda prisa a vomitar en el baño dejando la puerta abierta y tras ella el cuerpo de una mujer que escuchaba en rigidez la sentencia de un final que no podía palpar.
El dedo se relajaba definitivamente junto al resto de una mano que exhalaba como un suspiro patrio su tremolar de despedida, su último adiós frente a la inconturbable gravedad.
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En el silencio de los sótanos y en la habitación contigua, una puerta cerrada escondía el cuerpo desmadejado y yaciente de un etiquetado Angel37 que seguía observando, desconocedor, la lenta muerte de Espera12312.
Inmóvil, acurrucado en un bucle infinito, bloqueado en la impasibilidad de un evento irrepetible, obedeciendo sumisamente el mandamiento tácito de aquel nombre de usuario sugerente pero dramático, se extasiaba el hombre sencillo por el universo acromático que el ojo de ella, antes verde inmenso, ahora se cerraba para él.
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