MaríaA.G
Poeta veterana en el Portal
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( María A.G y Engel )
Era verano, decidimos descansar en un refugio antes de adentrarnos en el maravilloso mundo de la garganta del Cares, algo magnífico e inusual, donde las paredes de las montañas se elevan hasta el mismísimo cielo. Comenzaba su andadura la mañana, lo teníamos todo preparado, salí para contemplar esa frescura, donde algún rayo de luz, comenzaba a brillar sobre la naturaleza perezosa que se presentaba ante nuestros ojos. Ataviados ya con lo necesario y un escaso equipaje acumulado en nuestras mochilas, comenzamos adentrándonos en la conocida Garganta Divina un desfiladero estrecho, bañando sus pies, el río Cares con sus aguas cristalinasy brillantes.
A medida que caminábamos por sus senderos, se acusaba un silencio magnífico, donde el trinar de algunas aves y el magnetismo que nos invadía, rompían la soledad del valle del silencio. El color de las flores, era mucho más intenso, tal vez, el aire puro que se respiraba, alimentaba toda la vida que se terciaba ante nosotros. La polución desterrada totalmente de aquél paraje, hacía vislumbrar algún que otro rebaño que parecía perdido entre las malezas genuinas, donde la mano del hombre, no había devastado.
Todo ello me hizo pensar en los secretos que guardaba el lugar, mirando cada uno de los recovecos que a nuestro paso encontrábamos, donde en alguno de ellos, descansábamos nuestros sueños. Fue así, como poco a poco alcanzamos el final, Poncebos, dejando alejado ya Cain y Posada de Valdeón, los doce casi kilómetros me habían parecido apoteósicos, recordando cualquier relato épico, pues la majestuosidad del camino, invitaba a la profundidad de pensamiento y a perderse en cualquier confín de la tierra.
Éramos el paisaje que pasaba de largo, el caminar lento por la estrecha ruta, el río que se crespa en nuestros ojos. Entonces todo en la ruta se vuelve tiempo, embocadura extraña hacia el sueño donde viajamos apoyados en la sed y en la mirada. Con la mirada ese afán difícil de atrapar la llave que abra la memoria que de la cabra guardan sus arroyos y las nubes. Una cabra que hubiera dejado allí la gracia de ser cabra, y al mirarla toma el barco en el crepúsculo, huyendo de nosotros por una tranquera oculta. La luz que alarga el día es la llave. Un hombre que lleva puesto un sombrero pajizo irá recogiendo las vendimias del sol sobre el camino, irá midiendo las sombras, metiendo en la mochila el vapor de la belleza. Durante parte del camino a viajado con nosotros y después, sin esperarlo, se ha perdido entre la espesura.
Desembocar en el famoso puente romano de Poncebos, lo vemos ahí, sin memoria del llano o de las nubes. Hendido, velado, solo a su ley se debe, solo en su ley trabaja; cruzar al otro lado del tiempo. Cuando precisas acude y cuando cruzas es ya tu sombra.
El río Cares rompe la timidez de un espejo y al segundo siguiente nos otorga la magia de poder reflejarnos en sus corrientes cristalinas. Las habitan, dicen, cascadas prodigiosas, blancas como el azúcar, solo las truchas las profanan y al decir de los curtidos montañeros que a veces las confunden con el arco iris, no huyen pues dejan que sus brazos las rodeen mientras ellas, encendidas, mansas, se disuelven en colores por las aguas.
Se abría hacia la luz un pequeño túnel, tiene los ojos vueltos hacia el sol, lloraba rocío entre sus párpados, comprendimos entonces lo que esconde el alma del otoño y la nieve derretida de primavera; el agua misteriosa que un día lejano empezó dejándose caer como escarcha sobre las peñas.
Ahora ya sabemos lo que esconde con los ojos el sol; el fuego del silencio y qué palabras nos ofrecen los acantilados. Para entonces ya habíamos leído el atardecer y veíamos pasar las golondrinas sin destino, desnudando con su vuelo la espesura de ese bosque que ningún cartógrafo ha estudiado. Nosotros, ya lo advertimos, hemos pasado de largo, sin anotar nada sobre el peculiar trino de cobre de las golondrinas, por si acaso.
Conviene tener una cartografía de esta tranquilidad, poseer un mapa de agua para aclarar los deseos y lamerse las heridas. La paz se encuentra en el sonido atropellado de la corriente que se esfuerza por salir hacia nuestros oídos.
El sabor a flores de aquella imagen temblaba en nuestras retinas cuando penetraron en una antiguo desfiladero de paredes escarpadas. Todo es un pozo de sombras sobre sombras donde el color azul se ha quedado en el fondo; tenemos la ilusión de que nos completará si pasamos sin tocarlo.
( María A.G y Engel )
Era verano, decidimos descansar en un refugio antes de adentrarnos en el maravilloso mundo de la garganta del Cares, algo magnífico e inusual, donde las paredes de las montañas se elevan hasta el mismísimo cielo. Comenzaba su andadura la mañana, lo teníamos todo preparado, salí para contemplar esa frescura, donde algún rayo de luz, comenzaba a brillar sobre la naturaleza perezosa que se presentaba ante nuestros ojos. Ataviados ya con lo necesario y un escaso equipaje acumulado en nuestras mochilas, comenzamos adentrándonos en la conocida Garganta Divina un desfiladero estrecho, bañando sus pies, el río Cares con sus aguas cristalinasy brillantes.
A medida que caminábamos por sus senderos, se acusaba un silencio magnífico, donde el trinar de algunas aves y el magnetismo que nos invadía, rompían la soledad del valle del silencio. El color de las flores, era mucho más intenso, tal vez, el aire puro que se respiraba, alimentaba toda la vida que se terciaba ante nosotros. La polución desterrada totalmente de aquél paraje, hacía vislumbrar algún que otro rebaño que parecía perdido entre las malezas genuinas, donde la mano del hombre, no había devastado.
Todo ello me hizo pensar en los secretos que guardaba el lugar, mirando cada uno de los recovecos que a nuestro paso encontrábamos, donde en alguno de ellos, descansábamos nuestros sueños. Fue así, como poco a poco alcanzamos el final, Poncebos, dejando alejado ya Cain y Posada de Valdeón, los doce casi kilómetros me habían parecido apoteósicos, recordando cualquier relato épico, pues la majestuosidad del camino, invitaba a la profundidad de pensamiento y a perderse en cualquier confín de la tierra.
Éramos el paisaje que pasaba de largo, el caminar lento por la estrecha ruta, el río que se crespa en nuestros ojos. Entonces todo en la ruta se vuelve tiempo, embocadura extraña hacia el sueño donde viajamos apoyados en la sed y en la mirada. Con la mirada ese afán difícil de atrapar la llave que abra la memoria que de la cabra guardan sus arroyos y las nubes. Una cabra que hubiera dejado allí la gracia de ser cabra, y al mirarla toma el barco en el crepúsculo, huyendo de nosotros por una tranquera oculta. La luz que alarga el día es la llave. Un hombre que lleva puesto un sombrero pajizo irá recogiendo las vendimias del sol sobre el camino, irá midiendo las sombras, metiendo en la mochila el vapor de la belleza. Durante parte del camino a viajado con nosotros y después, sin esperarlo, se ha perdido entre la espesura.
Desembocar en el famoso puente romano de Poncebos, lo vemos ahí, sin memoria del llano o de las nubes. Hendido, velado, solo a su ley se debe, solo en su ley trabaja; cruzar al otro lado del tiempo. Cuando precisas acude y cuando cruzas es ya tu sombra.
El río Cares rompe la timidez de un espejo y al segundo siguiente nos otorga la magia de poder reflejarnos en sus corrientes cristalinas. Las habitan, dicen, cascadas prodigiosas, blancas como el azúcar, solo las truchas las profanan y al decir de los curtidos montañeros que a veces las confunden con el arco iris, no huyen pues dejan que sus brazos las rodeen mientras ellas, encendidas, mansas, se disuelven en colores por las aguas.
Se abría hacia la luz un pequeño túnel, tiene los ojos vueltos hacia el sol, lloraba rocío entre sus párpados, comprendimos entonces lo que esconde el alma del otoño y la nieve derretida de primavera; el agua misteriosa que un día lejano empezó dejándose caer como escarcha sobre las peñas.
Ahora ya sabemos lo que esconde con los ojos el sol; el fuego del silencio y qué palabras nos ofrecen los acantilados. Para entonces ya habíamos leído el atardecer y veíamos pasar las golondrinas sin destino, desnudando con su vuelo la espesura de ese bosque que ningún cartógrafo ha estudiado. Nosotros, ya lo advertimos, hemos pasado de largo, sin anotar nada sobre el peculiar trino de cobre de las golondrinas, por si acaso.
Conviene tener una cartografía de esta tranquilidad, poseer un mapa de agua para aclarar los deseos y lamerse las heridas. La paz se encuentra en el sonido atropellado de la corriente que se esfuerza por salir hacia nuestros oídos.
El sabor a flores de aquella imagen temblaba en nuestras retinas cuando penetraron en una antiguo desfiladero de paredes escarpadas. Todo es un pozo de sombras sobre sombras donde el color azul se ha quedado en el fondo; tenemos la ilusión de que nos completará si pasamos sin tocarlo.
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