pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
El tiempo nos hace más fuertes, más decididos, para al fin seguir siendo las mismas cenizas que el viento arrastra. Sin embargo, nos damos menos cuenta de ello, quizá porque somos más ufanos y egoístas de nuestro destino y existencia, de la edad que protegemos como muestra de una veteranía que tantas veces nos sigue engañando.
Al menos, cuando niños, sabíamos de nuestras infinitas y máximas limitaciones, de nuestras incapacidades para enfrentarnos o igualarnos a un mundo adulto en que la verdad de otros siempre prevalecía sobre la de un crío. Creemos que elegimos, pero nos seguimos equivocando tanto o más, el color de los ojos nos elige a nosotros, la rebeldía ya no aparece ni por asomo; vagones de un tren sin rumbo, muchos más en la fila hacia un destino incierto mientras grupos de miradas infantiles, algunas ya núbiles pero todavía suficientemente infantes, observan cómo esa locomotora conduce a tantos rehenes a su satisfacción, donde la infelicidad les puebla.
Ellos no saben, no conocen; dudan, no eligen, son elegidos y maniatados por progenitores y esclusas de la sociedad a la que pertenecen, al menos saben que sus manos serán prontamente atadas a la hilera y gimen por su rebeldía.
Cuando vuelva a ser niño recordaré mi futuro y las palabras que dejé escritas en él; dolencias sin tipificar, espíritu que se pierde en los prolegómenos de una nostalgia errada y errática, y evitaré aprehender, como infante, los manojos de normas que mellaron de ribetes los ríos azules desbocados de mis muñecas. Desataré entonces de su mano el látigo que pende, pronto a devolver al polvo del que llegaron aquellos enormes cristalinos absortos, vívidos aún en una foto.
Yo te redimiré.
Al menos, cuando niños, sabíamos de nuestras infinitas y máximas limitaciones, de nuestras incapacidades para enfrentarnos o igualarnos a un mundo adulto en que la verdad de otros siempre prevalecía sobre la de un crío. Creemos que elegimos, pero nos seguimos equivocando tanto o más, el color de los ojos nos elige a nosotros, la rebeldía ya no aparece ni por asomo; vagones de un tren sin rumbo, muchos más en la fila hacia un destino incierto mientras grupos de miradas infantiles, algunas ya núbiles pero todavía suficientemente infantes, observan cómo esa locomotora conduce a tantos rehenes a su satisfacción, donde la infelicidad les puebla.
Ellos no saben, no conocen; dudan, no eligen, son elegidos y maniatados por progenitores y esclusas de la sociedad a la que pertenecen, al menos saben que sus manos serán prontamente atadas a la hilera y gimen por su rebeldía.
Cuando vuelva a ser niño recordaré mi futuro y las palabras que dejé escritas en él; dolencias sin tipificar, espíritu que se pierde en los prolegómenos de una nostalgia errada y errática, y evitaré aprehender, como infante, los manojos de normas que mellaron de ribetes los ríos azules desbocados de mis muñecas. Desataré entonces de su mano el látigo que pende, pronto a devolver al polvo del que llegaron aquellos enormes cristalinos absortos, vívidos aún en una foto.
Yo te redimiré.
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