dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Era yo muy niño
cuando un día de otoño
murió el hombre sapo,
un batracio con cara de raposa;
no era un sapo corriente
sino un animal muy respetado
y condecorado con un sin fin de medallas
que tapaban su pecho militar.
El negro se adueñó del pantano
cenagoso donde vivía
y todos los habitantes del bosque vecino
lloraron su muerte para siempre
por obra y gracia de los años;
lo hacían los lobos y las ratas
y las hienas sentían
un insoportable dolor en los ojos.
Solo los corderos se regocijaron
en sus míseros corrales de tierra
y lo festejaron en silencio
pues estaba prohibida la alegría.
Y un mono lloró
lágrimas de sangre
mientras anunciaba
la desgracia acaecida:
Amigos, nuestro amado sapo ha muerto,
¿quién guiará ahora nuestro destino?
Lo enterraron al lado
de otro gran sapo
de parecidas costumbres
mientras pisó la tierra.
Allí descansa quizás soñando
con muertos y torturas.
Eladio Parreño Elías
18-Julio-1989
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