Trampas para ratones

"Hay gatas que solo son capaces de cazar un ratón cuando este ya está muerto".
(Menuda frasecita....jejej) ¿De dónde nacería esta inspiración..?

Eso le pasa a la protagonista por ser tan interesada y superficial, en el relato se fija un la situación económica del hombre, dejando a un lado los sentimientos que éste, en ella pudiera despertar. Algo así le tubo que pasar con el primer marido, de ahí su infelicidad en el lecho conyugal..jejej.

Amigo Eladio eres un ARTISTA con mayúsculas!!
Muchas gracias por compartir tu enorme talento conmigo.
Un beso.
Laura.
 
"Hay gatas que solo son capaces de cazar un ratón cuando este ya está muerto".
(Menuda frasecita....jejej) ¿De dónde nacería esta inspiración..?

Eso le pasa a la protagonista por ser tan interesada y superficial, en el relato se fija un la situación económica del hombre, dejando a un lado los sentimientos que éste, en ella pudiera despertar. Algo así le tubo que pasar con el primer marido, de ahí su infelicidad en el lecho conyugal..jejej.

Amigo Eladio eres un ARTISTA con mayúsculas!!
Muchas gracias por compartir tu enorme talento conmigo.
Un beso.
Laura.

Gracias Laura por tu comentario y por tus halagos,
me hacen muy feliz tus palabras.
 
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Camellia Hayes se había casado muy joven con el capitán Thomas Anderson y había sido todo lo feliz que puede ser una mujer joven casada con un militar. En su matrimonio no había habido imaginación y fueron contadas las noches en que alcanzó el verdadero placer. Con su marido nunca sintió verdadera pasión. Cuando le anunciaron que el capitán había muerto al caer del caballo rompió a llorar, pero el mismo día del entierro, por la noche, sintió su alma aliviada de un peso del que creía imposible deshacerse.
Como es bien sabido que las amigas están para cuando se les necesita pero también para cuando no se les llama, Cecile Hall fue un gran apoyo para ella en esos tristes momentos.
Camellia Hayes aún era joven cuando se quedó viuda, y albergaba en su corazón el deseo de compartir sus noches con algún joven bien posicionado.
Solía levantarse tarde, con el convencimiento de que alargando las horas de sueño alargaría también su vida y aumentaría la belleza de su cuerpo, con lo que le sería más fácil encontrar un marido que le conviniera. Conseguir un nuevo marido se había convertido para ella en un obsesión.
- Señora, su pelo brilla como si fuese de oro - la halagó Allison, la doncella que llevava a su servicio desde que se casó con el capitán, mientras le peinaba los cabellos frente a un antiguo espejo.
- Gracias, querida, haces muy bien tu trabajo - contestó Camellia.
Antes de comer solía pasar algún tiempo en la biblioteca. Estaba leyendo un libro de poemas de John Donne cuando apareció el mayordomo.
- Señora, en la bodega hay un ratón. Le hemos puesto una trampa, pero el maldito se las sabe todas y no acaba de caer en ella - informó.
- Esperemos que caiga tarde o temprano - dijo Camellia.
- Además, acaba de llamar su amiga Alyssa anunciando que no podrá acompañarla a la ópera - continuó el mayordomo.
- Supongo que no se le habrá ocurrido mandar las entradas -comentó Camellia con fastidio.
- Nadie ha traído nada, señora - contestó el mayordomo.
- LLame a su casa, quizás todavía puedan traerlas - dijo Camellia convencida de que eso era imposible.
- LLamaré yo mismo - anunció el mayordomo.
- Puedes retirarte - ordenó Camellia.
Richard, que así se llamaba el mayordomo, manejaba la casa con mano de hierro, y si tenía que despedir a algún criado lo despedía sin que le temblara el pulso. Además, era un erudito en literatura isabelina, y algunas veces Camellia lo había sorprendido declamando poemas de Thomas Wyatt. Esta afición de Richard por la poesia lo había convertido en una persona imprescindible para Camellia. Conversar con él sobre literatura era uno de los pocos alicientes que ella le encontraba a la vida, eso y asistir a la ópera de vez en cuando. Aunque a decir verdad, su mayor prioridad en esos momentos era asistir a las fiestas y bailes que daban sus amigas y conocer a jóvenes como August Baker, al que había conocido en uno de los últimos bailes a los que había asistido. Lo que más le atraía de él era su privilegiada situación económica, ya que su padre era el dueño de uno de los mayores bancos de Inglaterra.
Después de comer, salió al jardin a contemplar el colorido de las innumerables flores. Recordó que su marido las odiaba y que por ese motivo su tumba permanecía sin una sola flor que alegrara su descanso eterno.
- Señora - anunció Richard - está aquí su amiga Cecile. Nadie contesta en casa de Alyssa Sanders. Me temo que se quedará usted sin ir a la ópera.
Cecile Hall había sido su confidente cuando se casó con el capitán Thomas Anderson y lo seguía siendo ahora que la muerte la había librado de él.
- Querida - dijo Cecile - este año tus rosas están preciosas. Sin embargo, las mías no acaban de gustarme, es como si no tuvieran perfume, o si lo tienen está como apagado. Creo que tendré que cambiar de jardinero.
- Ya sabía yo que no se podía confiar en Alyssa. Nos la ha vuelto a jugar. Nos hemos quedado sin poder ir a la ópera. Ha desaparecido, y con ella las entradas - habló Camellia.
- Supongo que nos esperan unas largas y apasionanres partidas de bridge - dijo Cecile con ironía.
- No pasaremos la noche con unas tontas partidas de cartas. Iremos a la fiesta de los Sanders. Rechacé la invitación porque quería asistir a la ópera, pero Aurelia lo comprenderá, no será capaz de decirle que no a una buena amiga - contestó Camellia.
- Pero querida, yo no estaba invitada a la fiesta - dijo Cecile.
- No debes preocuparte por eso, si me acompañas estás invitada - contestó Camellia con convicción.
Pasaron la tarde en la biblioteca, hablando sobre el joven August Baker y las posibilidades que tenía Camellia de conseguir su amor.
- Iré a vestirme para la fiesta. Tú no necesitas cambiar nada en tu atuendo, estás radiante - dijo camellia.
- Querida, si hoy no cae rendido a tus pies es que es de hielo - contestó Cecile cuando apareció su amiga con un vestido más atrevido de lo habitual.
Camellia se pasó toda la noche mirando al joven August Baker, esperando que este se decidiese a acercarse, pero él lo único que hizo fue charlar con sus amigos y beber una copa tras otra. Tan solo al final, cuando todos sus amigos se habían marchado, se acercó a la sobrina de su amiga Alyssa para invitarla a bailar, con lo que Camellia pudo comprobar que el joven había bebido demasiado para poder apreciar sus dotes de bailarin.
- Bebe mucho, seguro que no sería un buen amante. Casi con toda seguridad, entiende más de licores que de los juegos necesarios para satisfacer a una mujer - comentó Cecile.
- Querida, pero beba o no beba su padre sigue siendo el mismo - contestó Camellia con un tono de voz apagado.
Al terminar la fiesta y salir a la calle, vieron que estaba allí el joven August Baker esperando algo o a alguien. Poco después apareció un coche de caballos.
- Quizás pudiese usted hacernos el favor de que su cochero nos llevase a casa - le dijo Camellia acercándosele.
- Eso va a ser imposible, señoras, tengo mucha prisa y los caballos están cansados - contestó el joven mientras se subía al coche.
Cuando apareció la sobrina de su amiga Alyssa del brazo de otra joven y las dos subieron al coche, Camellia supo que había perdido la partida.
Cuando las dos llegaron a casa de Camellia después de andar cerca de una milla, a Cecile le pareció notar en el rostro de su amiga algo parecido a la tristeza y en sus ojos azules un brillo como de rabia.
Cecile pasó toda la noche dormida, al contrario que Camellia, que una especie de pensamiento recurrente no le dejó dormir en toda la noche. Se levantó más temprano que de costumbre. Mientras desayunaban, apareció Richard.
- Señora, el ratón por fin ha caído en la trampa - dijo con una voz en la que se notaba su alegría.
- Creo que no ha caído y según parece nunca caerá - dijo Cecile.
- ¿ Cómo dice, señora ? - preguntó el mayordomo con asombro.
- Son cosas mías, no decía nada - contestó Cecile- Hay gatas que solo son capaces de cazar un ratón cuando este ya está muerto.

Eladio Parreño Elías

6-Junio-2011

Sencillamente estimado amigo ¡ IMPRESIONANTE!
Un relato perfectamente llevado de principio a fin enganchando desde la primera palabra.
Yo diría, cuidado con las gatas, que haberlas...
Gran abrazo amigo mío, un lujo poder leerte en todas tus facetas.
 

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