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de damas y caballeros

Melquiades San Juan

Poeta veterano en MP
Aquí donde me ven, soy un desconocido como casi toda la gente que me rodea. Salgo de mi casa y de mi calle y de inmediato me vuelvo un desconocido. Como desconocido puedo ser cualquier cosa, lo sé, y me gusta jugar con eso.

Voy en el tren metropolitano y la gente ni siquiera advierte mi presencia, nadie me mira. Yo uso unas gafas oscuras y una gorra europea. Uso ambas para mirar, me gusta observar al animal humano en su habitat artificial. Son puros desconocidos. Mientras están frente a mi mirada oculta se olvidan de fingir, de protagonizar sus personajes adoptados para sobrevivir. El secreto para obtener los mejores resultados es que no puedan verme los ojos, que no se sientan observados para que el personaje que creen ser no despierte y asuma, como los actores callejeros o del gran teatro, el papel que deben protagonizar. Cada vestidura es un disfraz. Veo sus rostros y cuando encuentro lentes me doy cuenta de que todos, sin importar el tipo de rostro que tengan, usan el mismo tipo de lente, rectangular y alargado hacia los lados, con las monturas llamativas si son jóvenes, discretas si son adultos: la moda. Jajajaj, sí, les guste o no, llevan o andan a la moda. Hay unos que tienen un rostro enorme, redondo, cachetones, y los lentes apenas si se ven en el rostro. Otros tienen el rostro quijotesco largo y enjuto, y los lentes hacen juego religioso con sus rostros: forman un crucifijo. Me doy cuenta de su desamparo cuando debo cambiar los lentes en la óptica, todos los del aparador son iguales, copias, clones, de una marca famosa. Exijo lentes ovalados. El dependiente insiste en venderme los de moda y me resisto a caer en sus recomendaciones. No hay. De los que quiere no hay. Adiós. Seguro que mis observados sufren lo mismo.

Sentado ahí, minúsculo e imperceptible hasta que una mujer manipuladora de su condición de mujer entra al vagón y espera que todos los hombres se pongan de pie para cederle el asiento.

¡De pie todos, ha llegado una dama!

Ella sueña que todos están de pie, que hacen una pequeña reverencia y le ofrecen como si fuera un guión de película antigua, sus asientos. Las damas... los caballeros...
Qué tiempos señor mío.
Viene y se sienta a mi lado, abre charla. Sabe que de la charla no surgirá una invitación a un hotelucho de paso porque la envoltura corporal de ella y la de su corresponsal no logran generar o levantar destellos hormonales-sexuales, que la vida, la edad o la cocacola se ha encargado de apaciguar.

Abre charla y lo hace en voz alta, para que todos escuchen.

¡Ya no hay cortesía!
¡Ya no hay caballeros!

Recuerdo a un personaje clásico del cine mexicano: Julián Soler en el personaje del "Verdugo de Sevilla". Asumo su actitud cabizbaja, desmerecida y ajena.

Mi señora, ya no hay Cortes, y no somos cortesanos.

La mujer infla los cachetes y se me queda viendo con los ojos fijos, escrutadores.

Qué dice...

Que ya no hay cortes señora y que os que viajamos en este tren todos somos plebeyos.

Y qué diablos tienen que ver las Cortes con que aquí nadie sea caballero.

Todo mi señora, pero cálmese usted, solo le informo.
Si usted busca caballeros debe primero encontrar una corte, pertenecer a ella y disfrutar de sus beneficios nobiliarios.

La gente se ríe, la mujer está confundida.
Sí, hay quien sí sabe de lo que hablo y también sabe cuál es el propósito de mi discurso.

He perdido el anonimato, ahora todas las miradas están sobre de mí, me observan, intentan explicarse desde mi disfraz lo que creen que puedo ser.
Me gusta el juego, es sobre lo mismo, el animal humano en su ambiente artificial, sorprendido, sacado de su enajenación. Ahora es un animal curioso, morboso que quiere saber cómo terminará todo esto.

La mujer ha dejado de mirarme.
Quería usarme para un discurso de reclamo de conciencias para los que no le dan el asiento y está confundida. Ha de pensar "pinche viejo loco, de qué me estará hablando".
Se calla, siente pena.
De dama desairada pasa al miedo que siente a parecer ignorante.
Mantenemos el auditorio. Ella los mira retadoramente, busca con ello una reacción sistemática, que la dejen de ver, quiere ahora recuperar la tranquilidad, entiéndase refugiarse en el anonimato, pasar desapercibida, como todos o casi todos los animales humanos tiene miedo al protagonismo.

Se levanta y se cambia de vagón.
Las miradas siguen fijas en mí. Actúo. Finjo buscar algo en mis bolsas, algo extraviado. Las miradas están atentas, diría que impacientes. A propósito, busco por todos lados menos en la bolsa del saco. Busco y rebusco, hay impaciencia en el animal humano, con las miradas quieren decirme que no he buscado ahí, dentro del saco, yo sigo con mi rutina de busca y rebusca. Hay quien no soporta más y me dice:

-No ha buscado en la bolsa interior del saco.

Otro se une a las voces inquietas...

-¿Qué busca?...

Acelero la búsqueda, como si la cartera o algo valioso se me hubiera perdido.

-Los lentes -les digo.

-Los trae puestos

-Dónde.

-En la cara.

Me quito las gafas de sol y ahí están.

El animal humano está feliz, se siente muy listo, hábil e inteligente porque le ha solucionado un problema a un pendejo.
Los miro. No me asombro, desde uno al otro de los extremos del vagón del tren las miradas son de satisfacción.

Sonrío agradecido, no por los lentes, no.
Sonrío porque soy una especie de animal humano que no gusta pasar desapercibido, le gusta ser y ser visto, no ser parte de la decoración de nada, ni del tiempo que se consume sin sentirlo, ni de la sombra en que nos convertimos cuando dejamos de ser personas y nos volvemos ente colectivo.

Me levanto, he llegado a los rumbos de mi café literario, levanto mi mano y me despido, muchos responden el saludo, otros ya han vuelto a su anonimato, a sus audífonos.
 
Última edición:
La cortesía parece, en estos tiempos, subordinada a la individualidad y a un instínto básico de supervivencia.

El no ceder se ha hecho una máxima, una ley no tangible...

Buenas líneas Melquiades.

Gracias por compartirlas.

Un abrazo.
 
Retazos de la vida cotidiana, tienes ese arte de hacer relatos de pequeños momentos que pasan casi inadvertidos en el día a día...

Pd. Nunca uso gafas de sol, de hecho no me pongo ni las de ver (tengo un poco de miopía) salvo que vaya a conducir, así que voy absolutamente ensimismada por el mundo pues no lo veo jajajaj.
 
Retazos de la vida cotidiana, tienes ese arte de hacer relatos de pequeños momentos que pasan casi inadvertidos en el día a día...

Pd. Nunca uso gafas de sol, de hecho no me pongo ni las de ver (tengo un poco de miopía) salvo que vaya a conducir, así que voy absolutamente ensimismada por el mundo pues no lo veo jajajaj.

jajaja. Me imaginé cómo sería eso y me dio risa. Oye y cuando manejas no chocas. Gracias por leer.
 
Buenisimo, sin duda encontramos poesia en el diario vivir, y que prosa, no no no, me saco de la rutina de mi trabajo, que risa con usted con todo respeto, me saco una enorme sonrrisa sus letras.
 

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