pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa

-¡Ni loco! ¡Aparta de mí, andrajoso!
Retiré su asquerosa mano de la mía con el empellón de los nervios desatados y mi temor, e incluso pánico, robándome la conciencia con avidez. Le vi caer. Los ojos del menesteroso mostraban la iracunda gracia de quien da el brazo a torcer y ya nada que perder tiene. Mostraba la misma mirada de la vesania que, en un último gesto de honorable impotencia, rasga la cortina de su desdicha para avizorar el mundo que en su almanaque ha sido velado.
-¡Aparta, sucio loco! - Le espeté mientras echaba a correr.
El indigente se volvía pequeño ya en el pavimento de la distancia y su lamento se confundía con la risa malsana tupiendo por entero mis pabellones auditivos.
Corrí. Permitiendo que el misterio de aquel azar me recorriera, indagara en mí. Recorrí dos calles en dirección a mi vivienda. No reparé en los sustos de quienes se apartaban de mi carrera. Ni en los gritos de aquellos que envié contra el duro suelo. Escuché frenazos bruscos y algunos derrapes en el piso mojado. El silbato de un adiestrador de perros a veinte metros de la puerta pudo ser lo que obturase la caverna de mis pensamientos.
Pero nada me detuvo.
Sólo la cerradura de mi casa al llegar y el muñón de mi diestra ensangrentada.
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