elena morado
Poeta que considera el portal su segunda casa
Si os gusta con cebolla y los huevos bien batidos, podeis pasar, la mesa está puesta.
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¡Pues sí!, una es una pringada, lo mismo vale para un roto que para un descosido. Trabaja en el suyo propio más en casa, atiende a los niños y en el bar (bueno, en el de su pareja), que no es que me las quiera dar de nada, pero es que cuatro trabajos tengo y sólo cobro por uno, de momento; y... no muy bien, que digamos, ¡que llevo media vida congelada!. Si es que así no se puedede vivir, ¡hombre! ¡un poquito de por favor, coño!
¡Malditas feministas, hijas de puta!; pues anda que no íbamos a vivir bien si no fuera porque tienen que meter las narices en todo; ¿igualdad?, ¡qué igualdad ni qué niño muerto!, tanto pedir... ¡hala, por lista!, ¡a currelar!. ¿Les había dicho que pertenezco a una asociación? Se llama “Mujer independiente, jamás serás vencida con la plancha en la mano" (sí feminista, no he dicho que fuera perfecta).
Panda de gilipollas. Tienen razón los hombres, las mujeres hablamos demasiado. Lógicamente, a ellos les encantaría que estuviéramos todo el día calladitas, os podéis hacer una ligera idea, ¿no? Mientras ven el fútbol y tienen una cerveza en la mano...
¡Si nos engañan por todos lados! Con lo bien que estaba yo en el gimnasio por las mañanas con mi zampa y mi batuca. Que después me hacía unos largos en la piscina y un poquito a sudar a la sauna, ¡qué vida padre me pegaba! Salía yo más fresca y con una cara... que parecía –la lozana andaluza–. Pues con una sonrisa de oreja a oreja me iba a recoger a mis niños al cole. Que te parabas en cualquier lado a coger un pollo asado y ya la comidita hecha.
Pues ahora les cuento con la sonrisa de ojera a ojera, cansadita de trabajar, y justo ahora que tengo que hacer yo el pollo, que ya sé que eso no es nada, ¡ya sé!, y no lo mato porque lo compro en el súper, que tenemos un amigo que tiene animales y los vende pa comer; pues algún día se los hemos comprado y casi mejor no os cuento cómo se despluma el susodicho.
¡Qué trabajeras me dan estos desgraciaos!, todo el día comiendo, ¡oiga!. Y no revientan, no, no se crean, que más duros que un croio*, que de dónde vendrá la naturaleza gallega ésta, debe de ser una mezcla entre levantador de piedras vasco y leñador canadiense, porque algunas veces no me lo explico. ¡Qué fortaleza, Dios Santo! ¡Qué forma de comer y de beber!, sobre todo lo de beber, no lo cuento porque nadie me creería, y comer... en el Guinness podrían salir.
Algunas veces, cuando hay cenita en el bar, pues lo comento con un amigo y me dice el pobre, “calcula cien gramos por persona”, ¡ja!, ¡cien gramos! Me descojono. Le digo, “¿pero tú quieres que me lapiden?”¿Cien gramos de qué, de servilletas? ¡Pobre! Dios bendiga la inocencia. Que les pongo yo a esos animales cien gramos de churrasco y más vale que me vaya del país una temporada, a Estambul por ejemplo.
Lo prometo, lo prometo, este sábado hay cena, de veinte no pasan, pero igual daría que fuesen diez, porque la cantidad de carne será la misma, diez kilos de carne, otros tantos de patatas, pan... cuatro piezas, de esas grandes gallegas; si tocan a medio kilo, siendo veinte, y dicen que no es mucho, pues ya les digo... el colesterol perfecto y los triglicéridos igual; y yo que paso el día comiendo verdura y gazpacho resulta que ahora soy diabética y tengo de todo...
Pues llegué el viernes a mi bar, ¡qué cansadita después de toda la semana!, y me fui a recoger a mi niña, mi gloria bendita, y ya me iba, cuando oigo una voz. Yo creí que era una psicofonía, pero no, ¡qué susto!, era el hombre este que regenta el bar, que es el padre de la criatura, ¿que vais a cenar vosotras, las chicas?
¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeé?
A mí me quieren matar, lo digo por si me pasa algo, esto es negligencia. Sí, una cena había, cosa que yo desconocía; ¡bendita sea la comunicación conyugal! Y encima tengo que decir que soy afortunada porque me ayudaron; un amigo hizo los callos y un flan casero, yo solo tenía que hacer una tortillita; miré al cielo y di gracias a Dios, ¡me sentía tan afortunada!
Pues sí, con casi treinta y nueve de fiebre y después de trescientos cincuenta km. en el cuerpazo, me dispuse a hacer la ya famosa tortilla, que le voy a poner nombre “tortilla Latoñi”, asítojunto; me puse mi delantal (el que tiene una foto de una vaca, sí, ese), y cogí mi sartencita; como éramos veinte pues cogí la que tengo, pa veinte, que he decir que comida había de sobras, pero fue por culpa de una amiga vegeteriana que tengo, que no come carne, ¡manda huevos!, y está casada con un argentino, ¡el colmo!, tiene un blog "mi carnívoro y yo", se llama, ¡qué cachonda la tía!, y va y se hace vegetariana después de conocerle a él; para mí que fue para putearle, ésta se mete unos churrascos a escondidas de infarto.
Cogí mis hueveras, una estaba llena, a la otra le faltaban tres, y empecé a cascarla…, a cascar los huevos, uno a uno, despacito, cascándolos bien, como a él le gusta, y entonces puso su mano, ufff perdón, es que a veces se me va la cabeza, sólo algunas veces, ¡eh!, no se crean que siempre, ¡Ay!, es que se pone una a pensar en lo que viene siendo el arte amatorio, y claro…
Bueno, a lo que íbamos, dejé de contar cuando llevaba dieciocho, pero creo que el ovni ese llevaba unos veinticinco; que fui tonta que no saqué una foto ¡coño!, pues si lo llegan a ver cuando puse la tortilla en la mesa, es que lo flipas; la gente se apartaba acojonada, parecía que nos iba a comer ella a nosotros, sí, ella, porque tenía vida. ¡Qué grande era la japuta!
A ver... comimos siete u ocho un buen trozo, y sobró más de la mitad. ¿Que no se lo creen? Pues allá Vds. Pero tengo testigos. Fuí a por el metro en cuando la acabé, seis centímetros y medio de alto y treinta y tres centímetros de diámetro; sí, he dicho treinta y tres.
¡Señores, señoras!, no se me dispersen que Nacho Vidal solo hay uno; afortunadamente, que yo me encuentro con ese bicho y empiezo a correr como Forrest Gump.
Esperen un momento por favor, es que tengo que ir al médico, tengo cita ahora pero vuelvo y les sigo contando; sí, rotura de cúbito y radio y luxación en la muñeca, en las dos; fue cuando intenté darle la vuelta a la bestia, era como el yeti, que yo cojo en brazos a mi sobrina que tiene seis años y tranquilamente, pero cogí la sartén con eso dentro y……….¡qué dolorrooooooorrrrrrr! En mi vida había dicho tantos tacos.
Sí, una cosiña que les quería preguntar, very importante, no se habla de otra cosa a la hora del vermut en cualquier bar, cuando te dan un pincho de tortilla,
¿Y Vd. cómo la quiere, con cebolla o sin cebolla?
Antonia Mauro del Blanco
Este relato está basado en hechos reales.
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