dragon_ecu
Esporádico permanente
Iba en viaje desde Cuenca a Guayaquil, por la carretera del parque del Cajas.
En el ascenso pude ver las lagunas con sus aguas agitadas como si estuvieran cayendo gruesas gotas de lluvia encima. Pero no era lluvia, eran los cientos de truchas que cazaban insectos en la superficie.
Sus bocas golpeaban incesantemente formando extrañas fuentes miniatura, como si la tierra estuviera de cabeza y lloviera al revés.
Señalé al punto y de pronto un flash me dejó ciego por segundos. Una chica había capturado el momento con su cámara.
En mala hora guardé mi cámara en la maleta y peor aún... metí esta al portaequipaje.
Durante el trayecto iba escuchando mis grabaciones favoritas, mezclas sin lógica de música andina, tangos, jazz y new age.
Alcanzada la cumbre la furgoneta dejó de toser con fuerza para tomar un tono más agradable, casi como un zumbido, y me permitía disfrutar mejor del sonido de los auriculares.
Mientras el carro empezaba el descenso, la chica de junto cambió su rostro cual camaleón. El serpenteante tránsito convertía el horizonte en mil puntos a la vez, y por los precipicios el cielo se volvía suelo y el suelo aire.
Afortunadamente tenía conmigo un limón, mismo que se lo puse en sus manos y le hice rotar con fuerza entre sus palmas. Al instante el limón segregó sus aceites inundando con su aroma el vehículo.
Ya no hubo necesidad de darle medicina alguna a la belleza a mi lado, su rostro retomó el tono rosado oscuro, casi cenizo, de una joven con mucho tiempo bajo el sol del páramo.
Me sonrió amablemente mientras yo agradecía haber viajado solo (de seguro mi mujer me habría roto las costillas a codazos escondidos).
Empezaba el fin de la tarde, y el cielo iba cambiando de tonos, que gracias a la neblina se proyectaba como arcoiris en sabanas sueltas al viento .
Cada curva cerrada era el encuentro de una planta nueva, de extrañas mezclas de verdes de musgos de páramos, hojas de eucaliptos de Australia, orquídeas, y enanos racimos de oritos. (1)
Mientras cada curva abierta era un precipicio que dejaba entrever una mezcla continuamente cambiante. Puesta de sol sobre las nubes, puesta de sol entre las nubes, puesta de sol bajo las nubes, con horizontes también cambiantes, de lagos, ríos, nevados, playas y mares.
Era imposible asegurar que estuviéramos en un solo sitio, parecía que estuvieras a bordo de una nave espacial recorriendo los más bellos paisajes del mundo entero.
Y de pronto, observo un par de moscardones verde metálico acechando el vidrio de la ventana. Con los lentes empañados acerqué mi rostro para observar mejor, mientras mi compañera de asiento movía su cámara de lado a lado tratando de evitar mi cabeza para enfocar a los visitantes.
¡Señor pare que no aguanto!, grito típico de mujer madura cuyas caderas ya no amortiguan los resortes del asiento, y empujan a la vejiga en urgencia. Y en eterno minuto de espera miccionaria, donde nadie más se bajó por frío y verguenza compartida...
Limpio mis lentes para definir a los moscardones, ahora posados en una flor abierta... y eran... dos picaflores. Cada uno aleteando alegre y turnando sus picos para sorber la savia y néctares de las flores, de la misma flor. De seguro son pareja pensé.
-Que lindo es el amor- escuché en una dulce y femenina voz, mientras un flash me dejaba ciego de nuevo.
La señora regresa a su asiento sin nadie que reclame ni haga preguntas, por demás tontas.
Y luego la chica me enseña la foto reciente, es mi rostro con dos picaflores volando cerca, uno sorbiendo y otro mirándome a los ojos, y a un lado, un pálido reflejo de una cara sonriente.
Sin querer ella también salió retratada con la cámara en sus manos y con una sonrisa tierna y por demás complaciente.
El resto del trayecto la cámara pasó más en el bolso y menos en las manos, y la conversación fue amena.
Que bella se veía, ella tan joven y yo... mejor ni digo.
La foto se la llevó ella, pero yo conservo su imagen en mi memoria.
... brumoso arcoiris
flotando mil colores
dos picaflores.
(1) Orito, especie de guineo (banana) de pequeño tamaño y dulce sabor, en mi país se les llama guineo orito.
En el ascenso pude ver las lagunas con sus aguas agitadas como si estuvieran cayendo gruesas gotas de lluvia encima. Pero no era lluvia, eran los cientos de truchas que cazaban insectos en la superficie.
Sus bocas golpeaban incesantemente formando extrañas fuentes miniatura, como si la tierra estuviera de cabeza y lloviera al revés.
Señalé al punto y de pronto un flash me dejó ciego por segundos. Una chica había capturado el momento con su cámara.
En mala hora guardé mi cámara en la maleta y peor aún... metí esta al portaequipaje.
Durante el trayecto iba escuchando mis grabaciones favoritas, mezclas sin lógica de música andina, tangos, jazz y new age.
Alcanzada la cumbre la furgoneta dejó de toser con fuerza para tomar un tono más agradable, casi como un zumbido, y me permitía disfrutar mejor del sonido de los auriculares.
Mientras el carro empezaba el descenso, la chica de junto cambió su rostro cual camaleón. El serpenteante tránsito convertía el horizonte en mil puntos a la vez, y por los precipicios el cielo se volvía suelo y el suelo aire.
Afortunadamente tenía conmigo un limón, mismo que se lo puse en sus manos y le hice rotar con fuerza entre sus palmas. Al instante el limón segregó sus aceites inundando con su aroma el vehículo.
Ya no hubo necesidad de darle medicina alguna a la belleza a mi lado, su rostro retomó el tono rosado oscuro, casi cenizo, de una joven con mucho tiempo bajo el sol del páramo.
Me sonrió amablemente mientras yo agradecía haber viajado solo (de seguro mi mujer me habría roto las costillas a codazos escondidos).
Empezaba el fin de la tarde, y el cielo iba cambiando de tonos, que gracias a la neblina se proyectaba como arcoiris en sabanas sueltas al viento .
Cada curva cerrada era el encuentro de una planta nueva, de extrañas mezclas de verdes de musgos de páramos, hojas de eucaliptos de Australia, orquídeas, y enanos racimos de oritos. (1)
Mientras cada curva abierta era un precipicio que dejaba entrever una mezcla continuamente cambiante. Puesta de sol sobre las nubes, puesta de sol entre las nubes, puesta de sol bajo las nubes, con horizontes también cambiantes, de lagos, ríos, nevados, playas y mares.
Era imposible asegurar que estuviéramos en un solo sitio, parecía que estuvieras a bordo de una nave espacial recorriendo los más bellos paisajes del mundo entero.
Y de pronto, observo un par de moscardones verde metálico acechando el vidrio de la ventana. Con los lentes empañados acerqué mi rostro para observar mejor, mientras mi compañera de asiento movía su cámara de lado a lado tratando de evitar mi cabeza para enfocar a los visitantes.
¡Señor pare que no aguanto!, grito típico de mujer madura cuyas caderas ya no amortiguan los resortes del asiento, y empujan a la vejiga en urgencia. Y en eterno minuto de espera miccionaria, donde nadie más se bajó por frío y verguenza compartida...
Limpio mis lentes para definir a los moscardones, ahora posados en una flor abierta... y eran... dos picaflores. Cada uno aleteando alegre y turnando sus picos para sorber la savia y néctares de las flores, de la misma flor. De seguro son pareja pensé.
-Que lindo es el amor- escuché en una dulce y femenina voz, mientras un flash me dejaba ciego de nuevo.
La señora regresa a su asiento sin nadie que reclame ni haga preguntas, por demás tontas.
Y luego la chica me enseña la foto reciente, es mi rostro con dos picaflores volando cerca, uno sorbiendo y otro mirándome a los ojos, y a un lado, un pálido reflejo de una cara sonriente.
Sin querer ella también salió retratada con la cámara en sus manos y con una sonrisa tierna y por demás complaciente.
El resto del trayecto la cámara pasó más en el bolso y menos en las manos, y la conversación fue amena.
Que bella se veía, ella tan joven y yo... mejor ni digo.
La foto se la llevó ella, pero yo conservo su imagen en mi memoria.
... brumoso arcoiris
flotando mil colores
dos picaflores.
(1) Orito, especie de guineo (banana) de pequeño tamaño y dulce sabor, en mi país se les llama guineo orito.
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