Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Eramos niños, como todos los cachorros pasábamos la mayor parte de nuestra vida corriendo, retozando, volando. Los sembradíos de maíz, de alfalfa, las nubes, eran nuestro territorio preferido. Jugábamos a escondernos entre los surcos al cobijo de las, para entonces, altas cañas. Al abuelo le gustaba que hiciéramos eso porque espantábamos a los "zanates", unas aves tan oscuras como los cuervos que siempre estaban en grandes grupos entre el maizal. Había un espantapájaros en medio del sembrado pero ya era tan conocido por las aves que luego lo utilizaban para acicalarse las brillosas plumas. Tenía una camisola azul de mezclilla, de esas que usan los trabajadores del campo, un pantalón negro y le puso mi tío Juan, unos botines viejos.
Ese espantapájaros lo hicieron un sábado por la tarde, Mi tío, que era muy creativo trabajando la madera, le hizo el soporte con reglas que simulaban un esqueleto, era como el de un hombre. Mi tía Encarnita se encargó de la ropa y el volumen de cosas que formarían el cuerpo. Le rellenaron la camina y el pantalón con varas de caña de maíz secas, de esas que llaman rastrojo. Para hacerlo más real le pusieron guantes y zapatos. El sombrero sobre una cabeza de unicel con el rostro pintado color café, y los ojos dibujados con pintura negra, los cabellos eran de cola de caballo. Era pues un espantapájaros singular, artístico. Ya se imaginarán a mis tíos, jóvenes y sin otro asunto que hacer en el campo un sábado por la tarde. Quedó tan real que lo bautizaron como si fuera cristiano y le llamaron Artemio.
Desde la casa, a manera de juego, las tías, para desaburrirse acostumbraban a gritarle desde el pórtico de la casa todo tipo de ocurrencias.
-¡Artemio, que feo estás! Jajaja.
Si llovía fuerte, desde la ventana lo veían padecer la fuerte lluvia, y le gritaban cosas como:
-¡Cómprate un paraguas tonto!
Ambas reían como tontas, era quizá la única forma de matar el frustrante aburrimiento en una hacienda tan lejana de la ciudad.
También se hacían bromas entre ellas, a falta de novios la tía Engracia empezó a decir que Artemio era pretendiente de Encarnita, pero que era muy tímido y no se atrevía a venir hasta la casa.
Encarna, entonces, puso atención al espantapájaros de una manera diferente. Lo miró como el novio que no tenía. A escondidas se iba por las tardes y lo abrazaba, le decía cosas muy tiernas y lo besaba.
La tía Engracia la seguía, procurando no ser vista por su hermana, la espiaba, duraba horas el romance de Encarna, y ese mismo tiempo duraba el morbo de su hermana.
Hubo algunas discusiones entre ellas, no se supo bien a bien cómo o qué las causaban, pero una noche, el abuelo sorprendió a su hija mayor, Engracia, saliendo a hurtadillas rumbo al maizal. La siguió con mucho sigilo y se sorprendió mucho cuando descubrió a la joven frotando su cuerpo desnudo con las ropas viejas del muñeco de paja.
Se preocupó bastante. Esa noche le dijo a la abuela: Sara, tus hijas ya necesitan marido, al menos Engracia, tienes que irte con ellas a la ciudad para que conozcan un buen partido y se cansen.
La abuela estuvo de acuerdo y sin decir nada esa semana dejó su amado campo y la vida silvestre para volver a ocupar su mansión en la ciudad porteña.
El primer año, el espantapájaros fue muy eficiente para mantener a las aves lejos de las siembras. Cuando las parvadas pasaban por los sembrados, un leve viento bastaba para ladear el sombrero de fieltro del muñeco, y eso asustaba a las aves, que se alejaban emitiendo fuertes chillidos. Pero al siguiente año el espantajo ya no les causaba ninguna sorpresa, primero aprendieron que no se movía, podían por lo tanto, comer semillas en su entorno y este no los perseguía. Poco a poco fueron tomando más confianza y llegó el momento en que las urracas hurtaron un pañuelo que tenía en el cuello para usarlo como material para su nido.
De repente el muñeco empezó a dar serias muestras de deterioro. El abuelo consideró entonces que ya era tiempo de hacer otro, pero como él no era muy dado a las cosas detalladas, decidió esperar a que las muchachas volvieran de la ciudad algún fin de mes que tuvieran libre para que hicieran otro tan bueno como lo fue este.
Ellas volvieron, volvieron con muchos amigos y sus novios. Las dos ya tenían novio. Fue una tarde de otoño, apenas pasadas las lluvias. La abuela mandó a los peones a que cortaran las mazorcas tiernas para cocer los elotes, hacer atole y tamales, ambos le quedaban deliciosos, sobre todo el pan de elote.
Mientras los antojitos de maíz se cocían los muchachos fueron a sacar de la milpa al espantapájaros, lo clavaron frente a la casa y empezaron a jugar con él.
-Este es el novio de Encarna -gritó la tía Engracia.
Encarna dio un paso adelante asida de la mano de su novio, y le dio al espantajo un bofetón histriónico, que le arrancó el sombrero. Quedó al descubierto el rostro de unicel del muñeco, y los ojos pintados en lo que debía ser su rostro, parecían observar con tristeza a las muchachas.
Ahora fue Engracia la que se acercó a él, y dando un tirón a sus ropas podridas ya, por efecto de la temporada de lluvias.
-No te da pena cochino -le dijo, a la vez que mostraba a sus amigos el pecho de caña de maíz muy degradada ya por el tiempo-.
¡Mira como tiene su pechito, parece escoba!...
-Jajajaja, las carcajadas.
Los chicos reían con las ocurrencias de las dos hermanas. El novio de Encarna, que era un jovencito muy alto y bien parecido dijo:
-Vamos a quemarlo ya, para que no se ande metiendo con mi novia.
Dicho esto, fueron por petroleo a la cocina y le rociaron con él todo el cuerpo.
Antes de prenderle fuego el joven se acercó al rostro de unicel del muñeco, y mirándole a los ojos, le dijo:
-¡Arde pedazo de basura!
El tiempo había escurrido o robado parte de la pintura que delineaban los trazos de los ojos del espantajo. Por un momento a la tía Encarnita se le ocurrió que el muñeco estaba llorando cuando la miraba. Sintió miedo y lástima a la vez. Para quitarse esa impresión, fue la propia tía Encarna la que pidió el honor de prenderle fuego al adefesio.
Las llamaradas pronto cubrieron al espantapájaros, mientras ardía los muchachos y muchachas bailaban y cantaban alrededor del fuego que despedían sus restos.
Esa tarde, las viandas de la abuela deleitaron los juveniles paladares de los invitados a la casa del campo.
El domingo por la tarde, todos abordaron sus vehículos para volver a la ciudad.
***
Para el otoño, los abuelos echaron la casa por la ventana, en una boda mutua, sus dos bellas hijas unían sus destinos a los de dos jóvenes apuestos y de buena posición en la sociedad del lugar. La abuela estaba doblemente feliz porque sería ella y nadie más la encargada de todos los platillos del banquete, y ella amaba la cocina. Esta era una oportunidad única para sacar a relucir su gran sazón. Por su parte, el abuelo también estaba feliz, el padre del futuro marido de Encarna era un reconocido transportista, tenía una red de camiones y tracto camiones que cubría toda la entidad. Esa misma noche planearon un buen destino para ambos jóvenes, el novio y futuro marido de su hija era hijo único de esa poderosa familia, y los padres querían ver a su único hijo convertirse a su vez en padre, y encargarse de los negocios que ellos le dejarían más tarde que temprano como herencia.
Por el lado de Engracia las cosas también irían bien. El negocio de la familia era la pesca, tenían tres barcos camaroneros que eran los únicos que llegaban hasta el sur del país, nadie más tenía ese negocio pues no lo conocían. Esa familia había vivido de la pesca en su tierra de origen y cuando se estableció en la zona, algunas generaciones atrás, lo hizo en grande. Le había ido muy bien, pero el abuelo, que procuraba cualquier negocio con distribución y exportación ya estaba hablando de otros horizontes.
La noche de la boda el abuelo fue tan feliz por ver a sus dos queridas hijas bien casadas que se fue a dormir tan plácidamente que no volvió a despertar. Cuando la abuela lo fue a despertar al día siguiente lo encontró con un gesto de felicidad en el rostro que no quiso perturbar su sueño. Allá por el mediodía, cuando ya le era imposible postergar el primer desayuno que tomarían los dos solos, porque el tío Juan andaba de viaje por Galicia visitando a los parientes en Lugo, estaba tan prendado de su viaje que no quiso volver para algo tan absurdo como la boda de sus tontas hermanas.
Aurorita, la sirvienta de toda las vida de la casa de la abuela, la que le dio de su pecho a las tías cuando eran niñas, fue la que se dio cuenta que el abuelo no despertaría jamás.
Ese evento fue terrible para las dos mujeres. Sus dos hijas ya volaban al viejo continente para pasar por esos sitios su luna de miel, y el tío Juan en Galicia, enamorado de una hermosa chica gallega, sin querer saber nada del otro lado del mundo.
Las dos mujeres se abrazaron y tomaron a decisión de no enturbiar la felicidad de sus hijos. Ellos harían todo el ritual del sepelio, el velorio, la inhumación y los rosarios, acordaron con los nuevos familiares no comunicarlo a sus hijos, no tenía caso -decía la abuela- el fue un hombre muy feliz y así murió, no le gustaría perturbar la felicidad de los seres que más quiso en el mundo.
Bueno, por esos tiempos no había todo el sistema de comunicaciones actual. Las llamadas eran por larga distancia y por cable, no existían los satélites aún. Los vuelos eran tediosos y lentos en aviones con motor de hélice. Así que nada hubiera cambiado, si les hubieran podido avisar tardarían al menos una semana en volver.
La casa de la ciudad se volvió lúgubre. La abuela decidió cerrarla por un tiempo y refugiarse en la casa del campo donde el abuelo era tan feliz mirando sus sembradíos de maíz y contemplando las montañas verdosas siempre, como pintadas bajo un cielo colmado de nubes. Allá se fueron la abuela Sara y su fiel amiga Aurorita. Se consolaban mutuamente. Aurorita tenía dos hijos varones aunque nunca se casó, los dos eran de la misma edad de los tíos, el abuelo los había mandado a estudiar, uno era maestro y el otro era músico. Eran buenos chicos y vivían decorosamente.
Aurorita y la abuela compartían un secreto que no se habían confesado nunca, pero que, tácitamente, mantenían como algo muy personal y humano. Pese a esto, eran como hermanas. Eso ayudó mucho a la abuela, pudo soportar el gran dolor y sobrevivir bien acompañada y apoyada esos días terribles.
Ese espantapájaros lo hicieron un sábado por la tarde, Mi tío, que era muy creativo trabajando la madera, le hizo el soporte con reglas que simulaban un esqueleto, era como el de un hombre. Mi tía Encarnita se encargó de la ropa y el volumen de cosas que formarían el cuerpo. Le rellenaron la camina y el pantalón con varas de caña de maíz secas, de esas que llaman rastrojo. Para hacerlo más real le pusieron guantes y zapatos. El sombrero sobre una cabeza de unicel con el rostro pintado color café, y los ojos dibujados con pintura negra, los cabellos eran de cola de caballo. Era pues un espantapájaros singular, artístico. Ya se imaginarán a mis tíos, jóvenes y sin otro asunto que hacer en el campo un sábado por la tarde. Quedó tan real que lo bautizaron como si fuera cristiano y le llamaron Artemio.
Desde la casa, a manera de juego, las tías, para desaburrirse acostumbraban a gritarle desde el pórtico de la casa todo tipo de ocurrencias.
-¡Artemio, que feo estás! Jajaja.
Si llovía fuerte, desde la ventana lo veían padecer la fuerte lluvia, y le gritaban cosas como:
-¡Cómprate un paraguas tonto!
Ambas reían como tontas, era quizá la única forma de matar el frustrante aburrimiento en una hacienda tan lejana de la ciudad.
También se hacían bromas entre ellas, a falta de novios la tía Engracia empezó a decir que Artemio era pretendiente de Encarnita, pero que era muy tímido y no se atrevía a venir hasta la casa.
Encarna, entonces, puso atención al espantapájaros de una manera diferente. Lo miró como el novio que no tenía. A escondidas se iba por las tardes y lo abrazaba, le decía cosas muy tiernas y lo besaba.
La tía Engracia la seguía, procurando no ser vista por su hermana, la espiaba, duraba horas el romance de Encarna, y ese mismo tiempo duraba el morbo de su hermana.
Hubo algunas discusiones entre ellas, no se supo bien a bien cómo o qué las causaban, pero una noche, el abuelo sorprendió a su hija mayor, Engracia, saliendo a hurtadillas rumbo al maizal. La siguió con mucho sigilo y se sorprendió mucho cuando descubrió a la joven frotando su cuerpo desnudo con las ropas viejas del muñeco de paja.
Se preocupó bastante. Esa noche le dijo a la abuela: Sara, tus hijas ya necesitan marido, al menos Engracia, tienes que irte con ellas a la ciudad para que conozcan un buen partido y se cansen.
La abuela estuvo de acuerdo y sin decir nada esa semana dejó su amado campo y la vida silvestre para volver a ocupar su mansión en la ciudad porteña.
El primer año, el espantapájaros fue muy eficiente para mantener a las aves lejos de las siembras. Cuando las parvadas pasaban por los sembrados, un leve viento bastaba para ladear el sombrero de fieltro del muñeco, y eso asustaba a las aves, que se alejaban emitiendo fuertes chillidos. Pero al siguiente año el espantajo ya no les causaba ninguna sorpresa, primero aprendieron que no se movía, podían por lo tanto, comer semillas en su entorno y este no los perseguía. Poco a poco fueron tomando más confianza y llegó el momento en que las urracas hurtaron un pañuelo que tenía en el cuello para usarlo como material para su nido.
De repente el muñeco empezó a dar serias muestras de deterioro. El abuelo consideró entonces que ya era tiempo de hacer otro, pero como él no era muy dado a las cosas detalladas, decidió esperar a que las muchachas volvieran de la ciudad algún fin de mes que tuvieran libre para que hicieran otro tan bueno como lo fue este.
Ellas volvieron, volvieron con muchos amigos y sus novios. Las dos ya tenían novio. Fue una tarde de otoño, apenas pasadas las lluvias. La abuela mandó a los peones a que cortaran las mazorcas tiernas para cocer los elotes, hacer atole y tamales, ambos le quedaban deliciosos, sobre todo el pan de elote.
Mientras los antojitos de maíz se cocían los muchachos fueron a sacar de la milpa al espantapájaros, lo clavaron frente a la casa y empezaron a jugar con él.
-Este es el novio de Encarna -gritó la tía Engracia.
Encarna dio un paso adelante asida de la mano de su novio, y le dio al espantajo un bofetón histriónico, que le arrancó el sombrero. Quedó al descubierto el rostro de unicel del muñeco, y los ojos pintados en lo que debía ser su rostro, parecían observar con tristeza a las muchachas.
Ahora fue Engracia la que se acercó a él, y dando un tirón a sus ropas podridas ya, por efecto de la temporada de lluvias.
-No te da pena cochino -le dijo, a la vez que mostraba a sus amigos el pecho de caña de maíz muy degradada ya por el tiempo-.
¡Mira como tiene su pechito, parece escoba!...
-Jajajaja, las carcajadas.
Los chicos reían con las ocurrencias de las dos hermanas. El novio de Encarna, que era un jovencito muy alto y bien parecido dijo:
-Vamos a quemarlo ya, para que no se ande metiendo con mi novia.
Dicho esto, fueron por petroleo a la cocina y le rociaron con él todo el cuerpo.
Antes de prenderle fuego el joven se acercó al rostro de unicel del muñeco, y mirándole a los ojos, le dijo:
-¡Arde pedazo de basura!
El tiempo había escurrido o robado parte de la pintura que delineaban los trazos de los ojos del espantajo. Por un momento a la tía Encarnita se le ocurrió que el muñeco estaba llorando cuando la miraba. Sintió miedo y lástima a la vez. Para quitarse esa impresión, fue la propia tía Encarna la que pidió el honor de prenderle fuego al adefesio.
Las llamaradas pronto cubrieron al espantapájaros, mientras ardía los muchachos y muchachas bailaban y cantaban alrededor del fuego que despedían sus restos.
Esa tarde, las viandas de la abuela deleitaron los juveniles paladares de los invitados a la casa del campo.
El domingo por la tarde, todos abordaron sus vehículos para volver a la ciudad.
***
Para el otoño, los abuelos echaron la casa por la ventana, en una boda mutua, sus dos bellas hijas unían sus destinos a los de dos jóvenes apuestos y de buena posición en la sociedad del lugar. La abuela estaba doblemente feliz porque sería ella y nadie más la encargada de todos los platillos del banquete, y ella amaba la cocina. Esta era una oportunidad única para sacar a relucir su gran sazón. Por su parte, el abuelo también estaba feliz, el padre del futuro marido de Encarna era un reconocido transportista, tenía una red de camiones y tracto camiones que cubría toda la entidad. Esa misma noche planearon un buen destino para ambos jóvenes, el novio y futuro marido de su hija era hijo único de esa poderosa familia, y los padres querían ver a su único hijo convertirse a su vez en padre, y encargarse de los negocios que ellos le dejarían más tarde que temprano como herencia.
Por el lado de Engracia las cosas también irían bien. El negocio de la familia era la pesca, tenían tres barcos camaroneros que eran los únicos que llegaban hasta el sur del país, nadie más tenía ese negocio pues no lo conocían. Esa familia había vivido de la pesca en su tierra de origen y cuando se estableció en la zona, algunas generaciones atrás, lo hizo en grande. Le había ido muy bien, pero el abuelo, que procuraba cualquier negocio con distribución y exportación ya estaba hablando de otros horizontes.
La noche de la boda el abuelo fue tan feliz por ver a sus dos queridas hijas bien casadas que se fue a dormir tan plácidamente que no volvió a despertar. Cuando la abuela lo fue a despertar al día siguiente lo encontró con un gesto de felicidad en el rostro que no quiso perturbar su sueño. Allá por el mediodía, cuando ya le era imposible postergar el primer desayuno que tomarían los dos solos, porque el tío Juan andaba de viaje por Galicia visitando a los parientes en Lugo, estaba tan prendado de su viaje que no quiso volver para algo tan absurdo como la boda de sus tontas hermanas.
Aurorita, la sirvienta de toda las vida de la casa de la abuela, la que le dio de su pecho a las tías cuando eran niñas, fue la que se dio cuenta que el abuelo no despertaría jamás.
Ese evento fue terrible para las dos mujeres. Sus dos hijas ya volaban al viejo continente para pasar por esos sitios su luna de miel, y el tío Juan en Galicia, enamorado de una hermosa chica gallega, sin querer saber nada del otro lado del mundo.
Las dos mujeres se abrazaron y tomaron a decisión de no enturbiar la felicidad de sus hijos. Ellos harían todo el ritual del sepelio, el velorio, la inhumación y los rosarios, acordaron con los nuevos familiares no comunicarlo a sus hijos, no tenía caso -decía la abuela- el fue un hombre muy feliz y así murió, no le gustaría perturbar la felicidad de los seres que más quiso en el mundo.
Bueno, por esos tiempos no había todo el sistema de comunicaciones actual. Las llamadas eran por larga distancia y por cable, no existían los satélites aún. Los vuelos eran tediosos y lentos en aviones con motor de hélice. Así que nada hubiera cambiado, si les hubieran podido avisar tardarían al menos una semana en volver.
La casa de la ciudad se volvió lúgubre. La abuela decidió cerrarla por un tiempo y refugiarse en la casa del campo donde el abuelo era tan feliz mirando sus sembradíos de maíz y contemplando las montañas verdosas siempre, como pintadas bajo un cielo colmado de nubes. Allá se fueron la abuela Sara y su fiel amiga Aurorita. Se consolaban mutuamente. Aurorita tenía dos hijos varones aunque nunca se casó, los dos eran de la misma edad de los tíos, el abuelo los había mandado a estudiar, uno era maestro y el otro era músico. Eran buenos chicos y vivían decorosamente.
Aurorita y la abuela compartían un secreto que no se habían confesado nunca, pero que, tácitamente, mantenían como algo muy personal y humano. Pese a esto, eran como hermanas. Eso ayudó mucho a la abuela, pudo soportar el gran dolor y sobrevivir bien acompañada y apoyada esos días terribles.
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