Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Ahora que me estoy volviendo loco, que estoy perdiendo la razón y la memoria, que estoy cerrando el círculo, la órbita. Voy a hacer un viaje que parezca antiguo, con esos detalles de los viajes de aquellos tiempos de mi niñez, con los autobuses deteniéndose en las entradas de todos los pueblos que cruza y los vendedores abordando con esos gritos con sonsonete provinciano que ofrecen tortas y refrescos, tamales. Voy a dejar al A4 (jajaja) para que mi mujer lo disfrute unos días mientras vuelvo, y me voy a ir de polizón, con una vieja guitarra y esta afectada voz, cantando para sacar para las tortas y el agua, pidiendo permiso para cantar o declamar poemas en cada autobús que lleve los mismos rumbos que mi nostalgia.
Cuando se lo dije abrió los ojos que ya mero se le salen de las cuencas.
-"Vamos a irnos a mi tierra natal como limosneros". "Yo toco la guitarra y canto, y tú pasas a los asientos a recoger las propinas".
-¿Estás loco? <Me encanta hacerla contrariar, ella me toma siempre muy en serio, sabe que soy capaz de hacer cualquier locura>
-No, no estoy loco, quiero hacerlo de verdad.
-¡Qué te pasa!... Te irás tú solo. Qué voy a andar yo de limosnera, y en autobuses de pasajeros. Vete en avión, yo te lo "disparo" (pago en coloquial mexicano).
Bueno pues me iré solo tal como lo he planeado, para cerrar el ciclo que abrí el día aquel que empecé a caminar sin saber a dónde. Voy a devolverme al polvo que quedó huérfano de mi presencia. A charlar con aquellos amigos de la infancia para que me cuenten qué hicieron durante los tantos años de mi ausencia y explicarles cómo fue la mía sin sus presencias. Vamos a platicar sobre nosotros, sobre el cómo fue todo sin mí o cómo pudo haber sido con mi presencia. Volveré mis pasos en el tiempo hacia mi primer error, mi primer pecado, mi primer olvido, mi primer polvo dibujado entre los vientos a la fuerza de mi paso.
Traigo vivas aún las imágenes de las dos calles que se cruzaban justo a la puerta de mi casa. Llenas de yerbajo necios e inútiles para el uso o consumo humano. La calle que viene de la aurora rumbo al ocaso y la que hace cruz con ella, esa que se guía por el volcán y muestra el rumbo donde queda el mar. Calles sin pavimento son las que recuerdo, con dos hileras calvas para señalar la huella de los coches. Recuerdo que en una de ellas había una enorme piedra necia que muchas veces quisieron quitar los vecinos porque dañaba el carter de los camiones, nunca pudieron, caprichoso destino el de esta piedra, que su lomo debió asomar justamente en medio del paso de los autos.
La calle que va al sur tenía vocación de río. Siempre llena de corrientes de sorpresivas corrientes de agua hija de una permanente lluvia vespertina. Hoy son calles muertas, viven bajo la tumba de cemento que les robó la vida, que las dejo mudas y sordas, en espera de que algún desastre vuelva a desnudarlas a la vista de los hombres y la estrellas.
Sé que muchos de mis viejos conocidos ya están muertos, los mayores, los que eran los muchachos adultos. Hallaré quizá algún amigo mío. Quizá no nos reconoceremos, no sé cómo puedo preguntar por ellos si no recuerdos sus nombres. Buscaré rostros adivinando tras el maquillaje de las arrugas, veré qué reconozco.
Al mar no iré, la playa de mis años niños ya no existe. Bueno, para ser sincero, de aquellos tiempos pocas cosas existen. La escuela primaria donde aprendí a leer y escribir ya no existe. La casa paterna tampoco. Pocas cosas veré tal como eran: el volcán que preside todo el Soconusco y el calor, ellos siguen ahí.
Yo cerraré los ojos cuando esté por mis rumbos nativos. Los cerraré e invocaré a todos mis recuerdos. Los ladridos de los perros que vigilan celosamente las casuchas miserables escondidos entre las hierbas. La casa de Zenaida, de otales y techo de teja roja, con Zenaida mirando desde la puerta, con su rostro cuadrado y la cola de caballo enredado sobre el cráneo siempre listo para acarrear sobre ella el balde con agua del pozo. Haré que me hable para que aparezcan sus dos únicos dientes largos, largos, apenas asidos a sus encías secas. Allá al fondo de la casa, su hijo consentido, Rafael, siempre borracho y con la camisa casi transparente abierta para tolerar el calor. Para volver veo que no hace falta hacer ningún viaje, basta cerrar los ojos y todo aparece. Las macetas con esas plantas necias que eran el tesoro más preciado de Zenaida, su riqueza.
De su casa a la mía cuán poca es la distancia, puedo ver esa piedra embrujada que jamás supe librar en mis carreras nocturnas, después de una tarde de escuchar cuentos de espantos. Maldita piedra siempre me tropezaba con ella, como que se movía para frustrar mi veloz carrera fugitiva de mis temores infantiles.
Volveré de cualquier forma, estoy planeando el viaje, el cierre del círculo que abrí tras mis infantiles pasos errantes que sin saber en aquel entonces rompía un universo para integrarse a otro. Volveré para beber las voces que quedaron calladas en el muro que crece al amparo de la silenciosa distancia. Volveré para que aquellas imágenes descansen en paz igual que lo haré yo algún día, para que dejen de llamarme y llorar por mí en los instantes que preceden esos velos del orto. Volveré menesteroso y desvalido como en aquellos años infantiles en que me inspiraba la ilusión de un falso sueño.
Una vez, hablando como mi daïmon, vino el polvo y conversó conmigo. Yo creía que el polvo miserable se queda y dispersa por los senderos y los sitios áridos del mundo como si fuera basura. Todos huyen del polvo -me dije en esos diálogos al cobijo del orto- el polvo habló conmigo en el lenguaje sin idioma de todas las esencias, vuelo, mis pasos son la liviandad de mi materia hoy aquí mañana allá. Abierta la ventana universal vi polvos por todos los confines del infinito universo. Unas veces parece quedar detrás, viene un viento y lo lleva adelante, incluso espera. Hay polvo en los copos de nube y en el vientre que gesta una vida aparentemente nueva. Inmortal, omnipresente: el polvo.
En el tinte verde acetileno que precede al alba viene la voz de la abuela, la Ceiba. Es la voz del follaje inconquistable la que me habla. Jamás pude trepar por el cuerpo de tronco inabrazable, trepé árboles de mango, de aguacate, de zapote, pero jamás la Ceiba. Un embrujo me advierte desde la descomunal altura de sus ramas. Sueña, en el sueño vuela, sé ave pequeña para venir aquí. Oí el llamado y soñé, no vuelo, floto. Globo soy en mis sueños ortonianos, esos que vuelven los párpados como un telón de teatro. Vientos, ecos y brizas en su seno de babel con raíces, si quieres saber de lenguas antiguas todas están ahí guardadas en madera húmeda. Madre, abuela, cómo te extraña mi alma, es tiempo de mirarte y escucharte, parado frente a ti gigantesca estructura con sangre de savia, quiero de nuevo impactar mi pequeñez entre tus dedos de raíces largas y profundas. Oír tu voz de magia, sentir que hablo con el mismísimo misterio que murmura sus voces en ese extraño silencio.
Luego viene la playa, me alcanza aquí en los rumbos distantes del olvido.
<<Cuéntame tú (porque yo lo he olvidado) de mi oleaje, de mi espuma>>
Miro a un niño moreno, desnudo, echado sobre la arena húmeda y brillante de la playa. Cuida al cuerpo de la ola, sabe que es un abrazo de espuma que cuando abraza mata, ahoga, o se lleva los cuerpos a su seno, a sus cuevas profundas donde los tiene cautivos contando caracolas. Conozco todo sobre ese niño, sé como son los dedos de sus pies, y lo que siente cuando se mira al espejo. Sé lo que piensa cuando mira las riñas de la espuma que se comen unas a otras allá donde los rayos del sol flotan en cuencos luminosos que deslumbran. Tiene miedo al tiburón, lo sé. Está a la orilla en espera de una suave cola de espuma que le obsequie una caricia amorosa. Tiene miedo de que el encanto de la espuma blanca amarilla le seduzca y se lo lleve hasta el fondo del océano y nunca más vuelva. Tiene miedo de no volver. La espuma me mira desde la somnolencia limitada de mi antes despertar, llora. Todo aquello no existe, ha muerto, le han hecho suicidarse con sus propias corrientes para formar un puerto. No al mar no iré, están muertas sus olas, no quiero llorar por ellas, culparía a mi ausencia.
"Verde que te quiero verde." Esa voz del poeta (Lorca) me seduce por distintas razones. Mi paraíso es verde con un manto vaporoso que se come las veredas para que sus confines siempre sean misterios. Tal vez por eso huí, absorto de misterios y de encantos misteriosos, de las serpientes distraídas perezosas que no respetan los caminos de tierra que formaron los pasos. Huí de los encantadores de niños que se guarecen bajo las hojas del plátano en las torrenciales lluvias. De las viejas encantadoras de menores que atisban entre las peñas de las cascadas para llevárselos a quién sabe dónde. Me fui huyendo de tantos fantasmas y demonios sin saber que los hay por todas partes. Volveré para ver si mis demonios infantiles no han muerto asfixiados por las cobijas de asfalto o los muros. Ellos, recuerdo, respiraban y existían entre paredes de otate, sobre el lodo que deja la lluvia y que impide a sus víctimas escapar, o en el polvo que las cobija desde un remolino misterioso.
Hay un niño que mira el universo selvático a través de la lluvia. Sé lo que piensa, lo que sabe de sí mismo. No hace mucho, una tarde, el curandero le ha dicho en el oído su secreto: "tú eres la voz del agua." El agua canta, llora y alimenta en la vida. Tú no tiene Nahual como nosotros que somos indios de raza, tú lo eres de alma, el lama de nuestra raza tiene rostro de lluvia, de corriente de río, de ola espumosa, de nube. Ya deja de llorar, no hace falta un Nahual para que le hable a tu alma, piensa en el agua como en ti mismo. Le creí. Esa misma tarde cuando el cielo encapotó al mundo con su espeso cuerpo de humo salí y soplé suavemente hacia el centro del mundo y las nubes se abrieron y se fueron. Obedecieron a su voz. Cuantas tardes pasamos el viejo y yo, hablando en la lengua de los ancestros suyos que aprendí entre juegos, sobre los dones del agua. Ten cuidado con tu voz -me dijo-, y se murió en el tiempo que dejaron mis pasos infantiles atendiendo al llamado de eso que se llama destino.
Mariana se ríe cuando le cuento todas estas cosas. Pero a veces, cuando quiere salir una tarde lluviosa. sopla para que no haya lluvia. Soplo y el sol me sonríe agradecido por evitarle una tarde aburrida mirando la chimenea.
En estos días me voy de viaje para cerrar los círculos que quedaron abiertos tras mis pasos. Y cuando vuelva empezaré a escribir la historia nueva que contaron los muros y las calles antiguas de mi amada ciudad adoptiva. Tantas cosas han muerto como mis tranvías y cines preferidos. Algún parque ha sido vencido por los muros y los techos de un gran centro comercial. He pasado por mi calle preferida para paseos vespertinos y los viejos árboles ya no están, los nuevos no me conocen, no me miran, no me hablan, son un tanto indiferentes como es esta época de individualismos obsesivos. Les hablaré para que usen el lenguaje de sus hojas, sé que me oirán lo sé, es mi palabra extraña producto de mi cuño ancestral, hija de selva, voz para oído de nube. Me escucharán lo sé y también los saben los fantasmas del mundo, no lo olvido aunque sea un espejo de niño: yo soy la voz del agua.
Cuando se lo dije abrió los ojos que ya mero se le salen de las cuencas.
-"Vamos a irnos a mi tierra natal como limosneros". "Yo toco la guitarra y canto, y tú pasas a los asientos a recoger las propinas".
-¿Estás loco? <Me encanta hacerla contrariar, ella me toma siempre muy en serio, sabe que soy capaz de hacer cualquier locura>
-No, no estoy loco, quiero hacerlo de verdad.
-¡Qué te pasa!... Te irás tú solo. Qué voy a andar yo de limosnera, y en autobuses de pasajeros. Vete en avión, yo te lo "disparo" (pago en coloquial mexicano).
Bueno pues me iré solo tal como lo he planeado, para cerrar el ciclo que abrí el día aquel que empecé a caminar sin saber a dónde. Voy a devolverme al polvo que quedó huérfano de mi presencia. A charlar con aquellos amigos de la infancia para que me cuenten qué hicieron durante los tantos años de mi ausencia y explicarles cómo fue la mía sin sus presencias. Vamos a platicar sobre nosotros, sobre el cómo fue todo sin mí o cómo pudo haber sido con mi presencia. Volveré mis pasos en el tiempo hacia mi primer error, mi primer pecado, mi primer olvido, mi primer polvo dibujado entre los vientos a la fuerza de mi paso.
Traigo vivas aún las imágenes de las dos calles que se cruzaban justo a la puerta de mi casa. Llenas de yerbajo necios e inútiles para el uso o consumo humano. La calle que viene de la aurora rumbo al ocaso y la que hace cruz con ella, esa que se guía por el volcán y muestra el rumbo donde queda el mar. Calles sin pavimento son las que recuerdo, con dos hileras calvas para señalar la huella de los coches. Recuerdo que en una de ellas había una enorme piedra necia que muchas veces quisieron quitar los vecinos porque dañaba el carter de los camiones, nunca pudieron, caprichoso destino el de esta piedra, que su lomo debió asomar justamente en medio del paso de los autos.
La calle que va al sur tenía vocación de río. Siempre llena de corrientes de sorpresivas corrientes de agua hija de una permanente lluvia vespertina. Hoy son calles muertas, viven bajo la tumba de cemento que les robó la vida, que las dejo mudas y sordas, en espera de que algún desastre vuelva a desnudarlas a la vista de los hombres y la estrellas.
Sé que muchos de mis viejos conocidos ya están muertos, los mayores, los que eran los muchachos adultos. Hallaré quizá algún amigo mío. Quizá no nos reconoceremos, no sé cómo puedo preguntar por ellos si no recuerdos sus nombres. Buscaré rostros adivinando tras el maquillaje de las arrugas, veré qué reconozco.
Al mar no iré, la playa de mis años niños ya no existe. Bueno, para ser sincero, de aquellos tiempos pocas cosas existen. La escuela primaria donde aprendí a leer y escribir ya no existe. La casa paterna tampoco. Pocas cosas veré tal como eran: el volcán que preside todo el Soconusco y el calor, ellos siguen ahí.
Yo cerraré los ojos cuando esté por mis rumbos nativos. Los cerraré e invocaré a todos mis recuerdos. Los ladridos de los perros que vigilan celosamente las casuchas miserables escondidos entre las hierbas. La casa de Zenaida, de otales y techo de teja roja, con Zenaida mirando desde la puerta, con su rostro cuadrado y la cola de caballo enredado sobre el cráneo siempre listo para acarrear sobre ella el balde con agua del pozo. Haré que me hable para que aparezcan sus dos únicos dientes largos, largos, apenas asidos a sus encías secas. Allá al fondo de la casa, su hijo consentido, Rafael, siempre borracho y con la camisa casi transparente abierta para tolerar el calor. Para volver veo que no hace falta hacer ningún viaje, basta cerrar los ojos y todo aparece. Las macetas con esas plantas necias que eran el tesoro más preciado de Zenaida, su riqueza.
De su casa a la mía cuán poca es la distancia, puedo ver esa piedra embrujada que jamás supe librar en mis carreras nocturnas, después de una tarde de escuchar cuentos de espantos. Maldita piedra siempre me tropezaba con ella, como que se movía para frustrar mi veloz carrera fugitiva de mis temores infantiles.
Volveré de cualquier forma, estoy planeando el viaje, el cierre del círculo que abrí tras mis infantiles pasos errantes que sin saber en aquel entonces rompía un universo para integrarse a otro. Volveré para beber las voces que quedaron calladas en el muro que crece al amparo de la silenciosa distancia. Volveré para que aquellas imágenes descansen en paz igual que lo haré yo algún día, para que dejen de llamarme y llorar por mí en los instantes que preceden esos velos del orto. Volveré menesteroso y desvalido como en aquellos años infantiles en que me inspiraba la ilusión de un falso sueño.
Una vez, hablando como mi daïmon, vino el polvo y conversó conmigo. Yo creía que el polvo miserable se queda y dispersa por los senderos y los sitios áridos del mundo como si fuera basura. Todos huyen del polvo -me dije en esos diálogos al cobijo del orto- el polvo habló conmigo en el lenguaje sin idioma de todas las esencias, vuelo, mis pasos son la liviandad de mi materia hoy aquí mañana allá. Abierta la ventana universal vi polvos por todos los confines del infinito universo. Unas veces parece quedar detrás, viene un viento y lo lleva adelante, incluso espera. Hay polvo en los copos de nube y en el vientre que gesta una vida aparentemente nueva. Inmortal, omnipresente: el polvo.
En el tinte verde acetileno que precede al alba viene la voz de la abuela, la Ceiba. Es la voz del follaje inconquistable la que me habla. Jamás pude trepar por el cuerpo de tronco inabrazable, trepé árboles de mango, de aguacate, de zapote, pero jamás la Ceiba. Un embrujo me advierte desde la descomunal altura de sus ramas. Sueña, en el sueño vuela, sé ave pequeña para venir aquí. Oí el llamado y soñé, no vuelo, floto. Globo soy en mis sueños ortonianos, esos que vuelven los párpados como un telón de teatro. Vientos, ecos y brizas en su seno de babel con raíces, si quieres saber de lenguas antiguas todas están ahí guardadas en madera húmeda. Madre, abuela, cómo te extraña mi alma, es tiempo de mirarte y escucharte, parado frente a ti gigantesca estructura con sangre de savia, quiero de nuevo impactar mi pequeñez entre tus dedos de raíces largas y profundas. Oír tu voz de magia, sentir que hablo con el mismísimo misterio que murmura sus voces en ese extraño silencio.
Luego viene la playa, me alcanza aquí en los rumbos distantes del olvido.
<<Cuéntame tú (porque yo lo he olvidado) de mi oleaje, de mi espuma>>
Miro a un niño moreno, desnudo, echado sobre la arena húmeda y brillante de la playa. Cuida al cuerpo de la ola, sabe que es un abrazo de espuma que cuando abraza mata, ahoga, o se lleva los cuerpos a su seno, a sus cuevas profundas donde los tiene cautivos contando caracolas. Conozco todo sobre ese niño, sé como son los dedos de sus pies, y lo que siente cuando se mira al espejo. Sé lo que piensa cuando mira las riñas de la espuma que se comen unas a otras allá donde los rayos del sol flotan en cuencos luminosos que deslumbran. Tiene miedo al tiburón, lo sé. Está a la orilla en espera de una suave cola de espuma que le obsequie una caricia amorosa. Tiene miedo de que el encanto de la espuma blanca amarilla le seduzca y se lo lleve hasta el fondo del océano y nunca más vuelva. Tiene miedo de no volver. La espuma me mira desde la somnolencia limitada de mi antes despertar, llora. Todo aquello no existe, ha muerto, le han hecho suicidarse con sus propias corrientes para formar un puerto. No al mar no iré, están muertas sus olas, no quiero llorar por ellas, culparía a mi ausencia.
"Verde que te quiero verde." Esa voz del poeta (Lorca) me seduce por distintas razones. Mi paraíso es verde con un manto vaporoso que se come las veredas para que sus confines siempre sean misterios. Tal vez por eso huí, absorto de misterios y de encantos misteriosos, de las serpientes distraídas perezosas que no respetan los caminos de tierra que formaron los pasos. Huí de los encantadores de niños que se guarecen bajo las hojas del plátano en las torrenciales lluvias. De las viejas encantadoras de menores que atisban entre las peñas de las cascadas para llevárselos a quién sabe dónde. Me fui huyendo de tantos fantasmas y demonios sin saber que los hay por todas partes. Volveré para ver si mis demonios infantiles no han muerto asfixiados por las cobijas de asfalto o los muros. Ellos, recuerdo, respiraban y existían entre paredes de otate, sobre el lodo que deja la lluvia y que impide a sus víctimas escapar, o en el polvo que las cobija desde un remolino misterioso.
Hay un niño que mira el universo selvático a través de la lluvia. Sé lo que piensa, lo que sabe de sí mismo. No hace mucho, una tarde, el curandero le ha dicho en el oído su secreto: "tú eres la voz del agua." El agua canta, llora y alimenta en la vida. Tú no tiene Nahual como nosotros que somos indios de raza, tú lo eres de alma, el lama de nuestra raza tiene rostro de lluvia, de corriente de río, de ola espumosa, de nube. Ya deja de llorar, no hace falta un Nahual para que le hable a tu alma, piensa en el agua como en ti mismo. Le creí. Esa misma tarde cuando el cielo encapotó al mundo con su espeso cuerpo de humo salí y soplé suavemente hacia el centro del mundo y las nubes se abrieron y se fueron. Obedecieron a su voz. Cuantas tardes pasamos el viejo y yo, hablando en la lengua de los ancestros suyos que aprendí entre juegos, sobre los dones del agua. Ten cuidado con tu voz -me dijo-, y se murió en el tiempo que dejaron mis pasos infantiles atendiendo al llamado de eso que se llama destino.
Mariana se ríe cuando le cuento todas estas cosas. Pero a veces, cuando quiere salir una tarde lluviosa. sopla para que no haya lluvia. Soplo y el sol me sonríe agradecido por evitarle una tarde aburrida mirando la chimenea.
En estos días me voy de viaje para cerrar los círculos que quedaron abiertos tras mis pasos. Y cuando vuelva empezaré a escribir la historia nueva que contaron los muros y las calles antiguas de mi amada ciudad adoptiva. Tantas cosas han muerto como mis tranvías y cines preferidos. Algún parque ha sido vencido por los muros y los techos de un gran centro comercial. He pasado por mi calle preferida para paseos vespertinos y los viejos árboles ya no están, los nuevos no me conocen, no me miran, no me hablan, son un tanto indiferentes como es esta época de individualismos obsesivos. Les hablaré para que usen el lenguaje de sus hojas, sé que me oirán lo sé, es mi palabra extraña producto de mi cuño ancestral, hija de selva, voz para oído de nube. Me escucharán lo sé y también los saben los fantasmas del mundo, no lo olvido aunque sea un espejo de niño: yo soy la voz del agua.
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