kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
Para todos aquellos que no tuvieron la oportunidad
de sonreír ante un arcoíris inesperado,
pues no los incluía el epitafio
que la sociedad les escribió al nacer
EL ADN ES ALGO MÁS QUE ÁCIDO DESOXIRRIBONUCLEICO
Nací en Vigo.
Mi niñez fue muy corta;
la arruinó
el aliento baboso y jadeante con sabor a vino de mi padre
y la cerda textura de sus manos corrompiendo mi inocencia.
Poco hizo mi madre arropándome con sus besos,
besos con un resabio a salitre y a miedo
que anunciaban cada noche la llegada del exterminador.
La esencia del espanto
se consumaba con el torpe repique metálico de la llave en aquella cerradura.
Padre alcohólico y maltratador
y madre puta.
Él murió, por fin, a los 38,
cirrótico.
El último año no tuvo fuerzas ni para zurrar.
Al poco tiempo mi madre se marchó
se fue
estando yo embarazada.
Me abandonó un 25 de diciembre
y nunca más he vuelto a saber de ella.
La música sonaba cuando aquella madrugada
entré en casa:
—¿¡Mamá!?
Me supieron a funeral los acordes de Neil Young.
Me dejó una carta en la mesilla de la cocina que jamás leí.
Cuidé como pude de mi hija,
como pude, ¡coño!
Cuánto me arrepiento de lo que tuvo que presenciar
aquella pobre criatura.
Recién cumplidos los cuatro años
los servicios sociales se hicieron cargo de ella.
Julita, se llamaba mi nena.
Ya no tenía casa porque no tenía dinero para pagarla.
Hacía tiempo que me había enamorado del caballo
en todas sus versiones.
Me hundí en el pútrido pantano de las cucharas negras.
El padre de mi hija me pegaba,
era una auténtica mala bestia
y me culpaba de haberla perdido.
Quise recuperarla
y me derrotaron los impresos,
las autómatas explicaciones del amargado burócrata de ventanilla,
o el desconocido paternalista que en su buena acción del día
me hacía ver la triste realidad de que era poco ilustrada para comprender
que no era una madre adecuada.
¡¿Cómo coño explicarles que no tenía una puta casa?!
que mi dentadura negruzca
con piezas y huecos alternos
no era una declaración de intenciones
y que sin mi hija estaba muerta.
Les digo una cosa:
el currículo facial es la hostia.
Cumplí los 30 años.
Tuve éxito de puta;
heredé el físico y la profesión de mi madre.
Mucha cocaína,
un océano de whisky
y demasiada heroína.
Me hice vieja en tan solo dos años.
Subvencionada por mi chulo
una clínica pija me recompuso el tabique.
Tras una interminable lista de prostíbulos
recalé en Madrid,
en una tienda de campaña en el poblado del Pozo del Huevo.
Sobre morí follando por la dosis diez años,
se dice pronto,
diez años en aquella pocilga asquerosa,
en aquella jodida covacha.
¿Sabrá la gente la indignidad que se apila en el patio trasero de su casa?
Antonio, en su caravana,
nos suministraba la metadona.
Era una buena persona,
un ángel rodeado de zombis.
Muchas veces me contó su vida
y nunca aceptó mi cuerpo.
Quique, un adolescente esquizofrénico y yonqui,
en un ataque paranoico
le clavó un cuchillo en el cuello al bueno de Antonio
y lo mató.
Paco, camionero de profesión y cliente habitual,
me rescató del fangal de jeringas y semen
y me colocó de camarera en un bar de carretera cerca de Burgos
junto con otras princesas
de las que se hacía cargo.
A veces pienso que si no me hubieran quitado a mi hija
no hubiera sido la mierda que soy.
Otras
que fue lo mejor que me pudo suceder.
Con los años me pregunto de qué coño habla la gente
cuando hacen planes de un año para otro,
cuando se dicen ser tan felices
y creen en la igualdad, la bondad, el amor y en basuras por el estilo.
Ni que el puto ADN fuera solo ácido desoxirribonucleico.
Estoy harta de esta porquería de mundo que nunca me tuvo en cuenta.
Hoy es el día de Navidad.
Echo de menos a mi madre
y me duele aquella puerta que decidió cerrar.
Pienso en qué habrá sido de mi hija
y fantaseo sobre qué hubiera sido de mí
si no me la hubieran quitado.
Reflexiono, en definitiva,
acerca de mi patética vida,
y en esta noche cerrada sin luna soy plenamente consciente
de que esta sórdida existencia no ha sido más
que el epitafio cruel que se me escribió al nacer.
¿Saben?
nunca,
y digo nunca,
se me dio la más mínima oportunidad.
se me dio la más mínima oportunidad.
Kalkbadan
Madrid, 25 de diciembre de 2013
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