César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Regreso a Casa en Bus
El regreso a la casa estuvo cansado de miserias. El dueño del regreso quiso estar feliz de ser libre por unas horas, pero no pudo; transitaba entre sudores, respiraciones cercanas y demoras consuetudinarias del tráfico. Un humo leve, imperceptible a la vista pero inevitablemente presente mordía los pulmones y hacía doler los ojos. La excesiva cercanía humana, impersonal, silenciosa, incómoda... creaba una vívida atmósfera de ahogo. No había manera de sentirse feliz.
Al bajar del transporte público, una hora más tarde, encontróse lanzado en tierra estéril como una semilla caída a destiempo de las manos del sembrador. No era que no se hubiese sentido así antes, más bien, era la constatación de que nada había cambiado desde la última vez: lienzo inmutable e inconmovible donde estaba retratada, concisa como un puñal, la desdicha. Ya era la noche y su manto oscuro nebuloso le pesaba un firmamento sobre los hombros. Desandó la ruta marcada por sus mismos pasos cada madrugada, cada noche, esta madrugada. Encontraría a su mujer seguramente ocupada con la cena de frijol, arroz y agua fría, hablándole a chorros a su falta de ganas expresada en huecos y distraídos monosílabos, lanzados desde su acritud descarnada, hacia ella, para salir del paso.
A la hora de dormir deseó hacerlo para siempre, hundido en la inconsciencia y sin tener que volver a percibirse, entenderse, verse, asumirse, en un mundo que había matado de a poco, con lenta saña y mucho sufrir, cada una de sus ilusiones. Sumido en la sensación de una maldita, irreparable e interminable derrota, deseó de las pocas horas de sueño un "basta" eterno.
No tuvo esa suerte. El reloj gritaba irritado su misma monótona canción de máquina cuando un ser muerto-vivo le soltó un manotazo.
El regreso a la casa estuvo cansado de miserias. El dueño del regreso quiso estar feliz de ser libre por unas horas, pero no pudo; transitaba entre sudores, respiraciones cercanas y demoras consuetudinarias del tráfico. Un humo leve, imperceptible a la vista pero inevitablemente presente mordía los pulmones y hacía doler los ojos. La excesiva cercanía humana, impersonal, silenciosa, incómoda... creaba una vívida atmósfera de ahogo. No había manera de sentirse feliz.
Al bajar del transporte público, una hora más tarde, encontróse lanzado en tierra estéril como una semilla caída a destiempo de las manos del sembrador. No era que no se hubiese sentido así antes, más bien, era la constatación de que nada había cambiado desde la última vez: lienzo inmutable e inconmovible donde estaba retratada, concisa como un puñal, la desdicha. Ya era la noche y su manto oscuro nebuloso le pesaba un firmamento sobre los hombros. Desandó la ruta marcada por sus mismos pasos cada madrugada, cada noche, esta madrugada. Encontraría a su mujer seguramente ocupada con la cena de frijol, arroz y agua fría, hablándole a chorros a su falta de ganas expresada en huecos y distraídos monosílabos, lanzados desde su acritud descarnada, hacia ella, para salir del paso.
A la hora de dormir deseó hacerlo para siempre, hundido en la inconsciencia y sin tener que volver a percibirse, entenderse, verse, asumirse, en un mundo que había matado de a poco, con lenta saña y mucho sufrir, cada una de sus ilusiones. Sumido en la sensación de una maldita, irreparable e interminable derrota, deseó de las pocas horas de sueño un "basta" eterno.
No tuvo esa suerte. El reloj gritaba irritado su misma monótona canción de máquina cuando un ser muerto-vivo le soltó un manotazo.