Siempre me encontrarás aquí sentado
al borde lagrimal de nuestros ojos,
mirando al infinito que, si existe,
es la estación final que desconozco.
Siempre estaré a la sombra ardiente y fresca
de una palabra dulce como poco,
quieto, por si las moscas con su vuelo
quisieran empujarme hasta sus lodos.
Pensaré que el abismo es sólo un salto,
un traspiés de un presente más que incómodo,
la caída un corcel que desbocado
ya no atiende a razones ni decoros.
Morir se ha de morir todos los días,
es el principio y el final de todo,
un día estás abajo, otro arriba,
sin deudas, sin pecados ni sobornos.
En el acantilado, con los pies
colgados del vacío, me propongo
recorrer los caminos que plantea
la ventana del viento sin cerrojos.
Allí estaré mirando el horizonte,
sumiso al natural de los estoicos,
dibujando paisajes con la mente,
buscándole a la vida los contornos.