Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
La conocí tocando el violín junto a la entrada de la Iglesia de El Justo Perdón. La gente pasaba sin escuchar, alguna moneda caía de vez en cuando en la funda del instrumento, abierto como boca de lagarto. Me acerqué y miré la punta de sus dedos pequeñitos recorrer hábilmente las cuerdas. Me coloqué a su lado para mirar la partitura. Ella tocó para mí, el resto de la mañana, lo mejor de su repertorio. Luego, nos fuimos a comer al café de enfrente. La miraba a los senos, quería adivinar los tamaños, calcularlos para el goce de mis dedos, de mi boca. Comimos y bebimos; luego, nos fuimos caminando por ahí, entre la mar de libros que se ponen sobre las banquetas todos los domingos. Ella escogió uno: -el de siempre - me dijo. No le entendí. Nos quedamos mirando las pastas, en ese juego de siempre, que consiste en reconocer los libros que ya hemos leído, los que hemos leído varias veces. Los que, si faltan en una librería, hacen sentir nuestro ánimo, como que estamos entre estantes incompletos, llenos de libros mediocres y sin sentido.
En un taxi llegamos a su casa, entramos al jardín, que era enorme, y luego me llevó a conocer a su padre. Era un hombre que amaba a la naturaleza, que un día decidió ser un macetero. Lo vimos sentado en una piedra, al lado de una fuente, en su vientre tenía un nido de hormigas, entraban formadas a su barriga a través del ombligo. En los oídos vivía un enjambre, goteaba dulce miel por los hoyuelos de la nariz. Ella me dijo que pronto germinaría dentro de él una planta, había estado sentado mucho tiempo sobre un pequeño bulto de semillas diversas, que competían por germinar en la carne de un hombre.
Después de ahí dormimos desnudos sobre su sofá, hicimos de todo menos copular, ella no quería tener sexo habitual, no deseaba ser madre de una humanidad doliente, torturada y asesina de las demás especies. Cuando me despedí tenía las manos llenas de tierra, una especie de hormigas carnívoras rondaba por mi vientre, las abejas zumbaban en torno a mis oídos buscando su panal. Pase al estanquillo y compre unos cigarrillos americanos, esos de mucho alquitrán y más perfumes, no hay mejor insecticida -me dije-. Una hamburguesa Big Mac para evitar los riesgos de colonización de vientre. Una "coca" desnuda, sudorosa y destapada, como mejor blanqueador.
Ella me estaría imaginando ahora, invadido por sus sueños intensos de conformarme parte de algún nuevo mundo.
En un taxi llegamos a su casa, entramos al jardín, que era enorme, y luego me llevó a conocer a su padre. Era un hombre que amaba a la naturaleza, que un día decidió ser un macetero. Lo vimos sentado en una piedra, al lado de una fuente, en su vientre tenía un nido de hormigas, entraban formadas a su barriga a través del ombligo. En los oídos vivía un enjambre, goteaba dulce miel por los hoyuelos de la nariz. Ella me dijo que pronto germinaría dentro de él una planta, había estado sentado mucho tiempo sobre un pequeño bulto de semillas diversas, que competían por germinar en la carne de un hombre.
Después de ahí dormimos desnudos sobre su sofá, hicimos de todo menos copular, ella no quería tener sexo habitual, no deseaba ser madre de una humanidad doliente, torturada y asesina de las demás especies. Cuando me despedí tenía las manos llenas de tierra, una especie de hormigas carnívoras rondaba por mi vientre, las abejas zumbaban en torno a mis oídos buscando su panal. Pase al estanquillo y compre unos cigarrillos americanos, esos de mucho alquitrán y más perfumes, no hay mejor insecticida -me dije-. Una hamburguesa Big Mac para evitar los riesgos de colonización de vientre. Una "coca" desnuda, sudorosa y destapada, como mejor blanqueador.
Ella me estaría imaginando ahora, invadido por sus sueños intensos de conformarme parte de algún nuevo mundo.
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