Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
En el moribundo y abandonado pueblo de Ollinalah, los habitantes, muy preocupados, corrieron a avisarle al filósofo del pueblo que un perro rabioso ladraba y hacía gestos hostiles, propios de los perros furiosos, cada vez que lo miraba pasar.
El pensador que, por andar sumido en sus reflexiones, no se había dado cuenta de ello, se quedó asombrado con la noticia. -Qué debo hacer -pensó para sí mismo.
A la tarde siguiente el tejedor de ideas y variados pensamientos acudió por los rumbos del perro cargando un bote lleno con deliciosas vísceras. Al fondo del recipiente, el delicioso manjar que significa la sangre de los animales sacrificados para el alimento humano. El perro olvidó los instintivos enconos producto de su peculiar y mínimo cerebro, se avalanzó sobre los desperdicios del animal muerto y degustó, como el gran gourment que le permite ser su sentido del gusto, los manjares ofrecidos. Luego bebió y lamió los residuos de la fresca sangre. Esa tarde terminaron sus rencillas con el hombre pensante y distraído. Algunas tardes, el hombre humano e ilustrado, suele compartir la banqueta con el mejor amigo del hombre. Le acompaña en los ladridos a los extraños, a los ajenos a la cuadra, y por tanto, diferentes; le acompaña a husmear a los canes que pasan por su cuadra tras una perra en celo. La gente de Ollinalah no está contenta con el comportamiento animal de su pensador, aunque algunos justifican la audacia del hombre al superar la afrenta imaginaria que había crecido en la territorial conducta del perro, mientras que muchos de ellos, acosados ferozmente por el celo del guardián y su asociado intelectual, huyen despavoridos, entre miedos y risas, para no ser mordidos.
¡Ay Ollinalha! Cómo vuelan los polvos de tu suelo montados en los remolinos, son motivos de asombro para los transeúntes ocasionales que suelen venir a visitarte. A mí me causó más asombro la sencilla experiencia del hombre que comprende a la bestia que cumple su papel de celoso guardián, pero que dentro lleva, como instinto, también, el ser fiel amigo del hombre.
El pensador que, por andar sumido en sus reflexiones, no se había dado cuenta de ello, se quedó asombrado con la noticia. -Qué debo hacer -pensó para sí mismo.
A la tarde siguiente el tejedor de ideas y variados pensamientos acudió por los rumbos del perro cargando un bote lleno con deliciosas vísceras. Al fondo del recipiente, el delicioso manjar que significa la sangre de los animales sacrificados para el alimento humano. El perro olvidó los instintivos enconos producto de su peculiar y mínimo cerebro, se avalanzó sobre los desperdicios del animal muerto y degustó, como el gran gourment que le permite ser su sentido del gusto, los manjares ofrecidos. Luego bebió y lamió los residuos de la fresca sangre. Esa tarde terminaron sus rencillas con el hombre pensante y distraído. Algunas tardes, el hombre humano e ilustrado, suele compartir la banqueta con el mejor amigo del hombre. Le acompaña en los ladridos a los extraños, a los ajenos a la cuadra, y por tanto, diferentes; le acompaña a husmear a los canes que pasan por su cuadra tras una perra en celo. La gente de Ollinalah no está contenta con el comportamiento animal de su pensador, aunque algunos justifican la audacia del hombre al superar la afrenta imaginaria que había crecido en la territorial conducta del perro, mientras que muchos de ellos, acosados ferozmente por el celo del guardián y su asociado intelectual, huyen despavoridos, entre miedos y risas, para no ser mordidos.
¡Ay Ollinalha! Cómo vuelan los polvos de tu suelo montados en los remolinos, son motivos de asombro para los transeúntes ocasionales que suelen venir a visitarte. A mí me causó más asombro la sencilla experiencia del hombre que comprende a la bestia que cumple su papel de celoso guardián, pero que dentro lleva, como instinto, también, el ser fiel amigo del hombre.
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