Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Al fin todas las angustias, las vergüenzas, las frustraciones, han quedado atrás, olvidadas. Estoy muerto.
Hay una raíz de níspero que quiere conversar conmigo, quiere comerme. Es ahora que descubro con espanto que los vegetales son depredadores. Lo que queda de mi cuerpo va a sus entrañas de raíz. En la inmovilidad del tiempo eterno puedo advertir como sucumbe todo cuanto queda de mí en este mundo insurrecto y desesperanzado. Anhelo el calor, el hambre, el frío. Quiero sentir los desengaños que surgen del amor y la esperanza. No me importa el dolor ni el ostracismo. Pago cualquier precio al doblegar mis armaduras e ideales por un instante, solo un instante, de sentir y sufrir. Solo un instante por el sabor de lo que fui, a lo que nunca vuelvo.
Los muertos que me hablan viven en tu cabeza -me digo-. Ahí donde está la voz que siempre escuchas, la que no deja de hablar contigo, encerrada entre los barrotes de neuronas que palpitan y destellan como relámpagos en medio de una fuerte tormenta. Ese monstruo voraz de los minutos; esa telaraña que espera todo lo que sube por tejidos nerviosos; ese ser sin rostro, sin cuerpo, sin sexo, que parasita a salvo de las manos que te asolan y persiguen; ese ser que te incita, que te exige buscar el deleite que se roba sin que tú se lo evites. Los muertos que te hablan solo viven en ti, los demás están muertos. Callados como piedra, dispersos como el polvo en el viento. No hay nadie, de allá, en espera.
Todos están muertos.
Al fin todas las angustias, las vergüenzas, los sufrimientos y el dolor han partido, tengo consciencia de eso por ahora, ahora que me siento muerto mientras a mi alrededor los interminables ruidos consumen la paciencia y alimentan al monstruo que siempre habita en mí, en el sótano superior de mi cabeza.
Hay una raíz de níspero que quiere conversar conmigo, quiere comerme. Es ahora que descubro con espanto que los vegetales son depredadores. Lo que queda de mi cuerpo va a sus entrañas de raíz. En la inmovilidad del tiempo eterno puedo advertir como sucumbe todo cuanto queda de mí en este mundo insurrecto y desesperanzado. Anhelo el calor, el hambre, el frío. Quiero sentir los desengaños que surgen del amor y la esperanza. No me importa el dolor ni el ostracismo. Pago cualquier precio al doblegar mis armaduras e ideales por un instante, solo un instante, de sentir y sufrir. Solo un instante por el sabor de lo que fui, a lo que nunca vuelvo.
Los muertos que me hablan viven en tu cabeza -me digo-. Ahí donde está la voz que siempre escuchas, la que no deja de hablar contigo, encerrada entre los barrotes de neuronas que palpitan y destellan como relámpagos en medio de una fuerte tormenta. Ese monstruo voraz de los minutos; esa telaraña que espera todo lo que sube por tejidos nerviosos; ese ser sin rostro, sin cuerpo, sin sexo, que parasita a salvo de las manos que te asolan y persiguen; ese ser que te incita, que te exige buscar el deleite que se roba sin que tú se lo evites. Los muertos que te hablan solo viven en ti, los demás están muertos. Callados como piedra, dispersos como el polvo en el viento. No hay nadie, de allá, en espera.
Todos están muertos.
Al fin todas las angustias, las vergüenzas, los sufrimientos y el dolor han partido, tengo consciencia de eso por ahora, ahora que me siento muerto mientras a mi alrededor los interminables ruidos consumen la paciencia y alimentan al monstruo que siempre habita en mí, en el sótano superior de mi cabeza.