Dulces tardes de mi infancia
en que leyendo Platero,
mariposas dibujaba
con las sombras de mis dedos,
de prado una tosca alfombra
donde tendía mi cuerpo
y allí las horas pasaba
entre la prosa y el verso.
Todas las tardes venía
a visitarme el canelo,
un perrito de la calle
que era libre como el viento,
con nadie se quedó nunca
aquel chucho callejero;
allí tumbado a mi lado
dejaba pasar el tiempo,
pero al declinar la tarde
marchaba con paso lento,
lo apodaban"el marino"
los marineros del puerto.
Fue gracias a Juan Ramón,
a su burrito Platero,
a sus versos tan hermosos
y a ese perro callejero
que atardeceres sombríos
dejaron de ser encierros
esas tardes de verano
en que jugar me prohibieron.
Última edición: