prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Apenas llego a la ciudad
y me pregunto, señora,
dónde se sitúa el bufé de los relámpagos,
dónde el crepúsculo extiende su reminiscencia
sin nombrar aves, sin causar daño al recuerdo.
Vine a dejar mi testamento escrito sobre la piedra,
vine a probar el musgo de muchachas
y gastarme los ahorros de culpa
así, no más.
He sido camarero de los dioses, he recibido propina de abandono,
es verdad, ya tengo herencia
y mi lengua articula una frase
que pone en marcha a los bueyes
... conoce la ley que encarcela a la nieve.
La mañana arroja su brillo que nos somete al espejo de los tiburones
en esa orilla de la crueldad
donde las cremas del tiempo
sirven para broncearnos de envidia
y es natural, es próximo, casi nos toca.
He subido la colina
y veo, señora, que usted también
anda arrugada y con bolsas de metáfora
robadas a los gnomos.
Estaban en rebaja, dices
y miras para el otro lado,
hacia la boca de metro, donde hay carteles que prohiben la entrada
a los ángeles.
Tranquila, que yo no sé usar las escaleras mecánicas.
Sé navegar por los estuarios de la venganza, señora.
¿Es usted abogado? ¿ Y por qué no me lo ha dicho antes?
Escriba, pues, arranca una pluma de mi espalda, si no tienes lápiz.
A ver qué idioma inventa la noche
para dejarme inmerso en el asfalto.
A ver si los senos de la oscuridad
pueden con tantas bocas de poeta.
y me pregunto, señora,
dónde se sitúa el bufé de los relámpagos,
dónde el crepúsculo extiende su reminiscencia
sin nombrar aves, sin causar daño al recuerdo.
Vine a dejar mi testamento escrito sobre la piedra,
vine a probar el musgo de muchachas
y gastarme los ahorros de culpa
así, no más.
He sido camarero de los dioses, he recibido propina de abandono,
es verdad, ya tengo herencia
y mi lengua articula una frase
que pone en marcha a los bueyes
... conoce la ley que encarcela a la nieve.
La mañana arroja su brillo que nos somete al espejo de los tiburones
en esa orilla de la crueldad
donde las cremas del tiempo
sirven para broncearnos de envidia
y es natural, es próximo, casi nos toca.
He subido la colina
y veo, señora, que usted también
anda arrugada y con bolsas de metáfora
robadas a los gnomos.
Estaban en rebaja, dices
y miras para el otro lado,
hacia la boca de metro, donde hay carteles que prohiben la entrada
a los ángeles.
Tranquila, que yo no sé usar las escaleras mecánicas.
Sé navegar por los estuarios de la venganza, señora.
¿Es usted abogado? ¿ Y por qué no me lo ha dicho antes?
Escriba, pues, arranca una pluma de mi espalda, si no tienes lápiz.
A ver qué idioma inventa la noche
para dejarme inmerso en el asfalto.
A ver si los senos de la oscuridad
pueden con tantas bocas de poeta.
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