Cardiocidio
Poeta recién llegado
Hay días que no hace falta más que el simple hecho de levantar las persianas para que se vaya de lleno el sol. Para que todas las nubes se desperecen y las luces se desaparezcan. Son esos días en los que no buscas preguntas, pero encuentras las pistas para todas las respuestas. Y todo duele más de la cuenta, y ese más de la cuenta es una comisión extraña que se suma a la cuenta de las veces que te has caído. Esa proporcionalidad quizá sea justa, pero es innegable que desde aquí tiene el mismo olor del lado del perdedor, que por mucha justicia que haya, pudre. Duele ver como el aquí y ahora se transforman inversamente, como una mariposa en gusano, en el allí y el antes. Duele pensar que, a voz de pronto, no hay palabras para calificar un sitio concreto en el que vaya a suceder algo en un futuro. Algo que necesitemos. Porque, ¿Quién nos dice que el allí seguirá estando allí para entonces? Nublan la mente las nubes como nublan a los tonos azules. Duele imaginar que no hay nada. Y te mata aferrarte a algo que te mata. Pero ¿Qué no te mata si no te mata? Todo en la nada mata. Y todo a nosotros, nos mata. Duele pensar que cualquier problema aislado solo son tentáculos del mismo pulpo, pero que no sólo son ocho, si no más esta vez. Y me estoy desacostumbrando a la luz del pasillo, y no quiero.
Me estoy acostumbrando a no dormir. A no comer, a no reír. A no querer. Y lo peor, es que creo ser consciente de que quizás esté perdiendo la inconsciencia. Y no quiero. Todo lo que hubimos conseguido, y mira en qué me he convertido. Ando por los oscuros días como un esqueleto sin huesos; mi linterna interna está apagada. Y no veo nada, o sí la veo. Y el sentido del humor cada vez se esfuma más y más veloz y sin sentido, desgastándose por la erosión de las espinas de la oscuridad. Y cuando hay atisbos de luz, duele que te desesperance la esperanza, que te digan que todo irá a mejor basándose en el maldito tópico de la puta bola de nieve rodante. Sí, será cierto que crecerá y crecerá engordando durante su transcurso. Pero luego deberá desgastarse también dejando cada vez más restos de nieve por la carretera que siga. Como migas de pan que no va a volver a poder recuperar ni seguir nunca.
Como recuerdos.
O simplemente la crecida bola puede deshelarse y fundirse por el calor sin sol. Quizá elija la segunda opción. Supongo que es un ciclo, pero me duele el desequilibrio cuando la bola nunca se deshace ni derrite si hablamos de oscuridad. Solo engorda. Al menos me quedan las telas de araña que no tejieron para mí para arroparme en la cama de las noches. Y como el trabalenguas: No hay deshollinador que desholline toda esta mierda que se ha formado. Y no lo entiendo, nunca encendí mis chimeneas. Y a veces, (quizá por eso) a veces, no voy. A veces no voy a la vida. En mi paranoia mortal las chispas bailan y saltan y gritan de tristeza, y en mi mundo interno todo el mundo está muriendo sin control. Parece que solo me quedan dos corazones, ambos bajo escroto. Que el cerebro se ha ido por el sumidero del tiempo mal invertido, y me laten las costillas gastadas, desgastadas, para hacerme creer que sí queda algo aún ahí dentro, que el corazón
aún lo hace.
Me estoy acostumbrando a no vivir. Perro herido, pero existo, dicen. Ahora mismo tal vez solo me alegre vuestro odio, pero es mi cabeza; aún así: No lo siento.
Solo sigo a las estrellas sin mirarlas, ni escucharlas por su voz, como antes. Y nosotros nacimos y entre todos creamos la ironía. Que solo a estos días sobreviven sin perder un poco de nieve los cobardes, que riegan su fría esfera con nueva nieve y vida artificial. Los demás hemos de morir… O más bien pasar por esta muerte vivos. Dañan las faltas de vejaciones que acometen contra mí todas y cada uno de vuestras presencias, y me faltan las ganas también. Y cuando me chillen desde lo alto que deje lo que me chamusque y me derrita más rápido, cuando me chillen para que lo deje, no pienso hacerlo; pues ya será al desgarro al que pienso agarrarme.
Me estoy acostumbrando a no dormir. A no comer, a no reír. A no querer. Y lo peor, es que creo ser consciente de que quizás esté perdiendo la inconsciencia. Y no quiero. Todo lo que hubimos conseguido, y mira en qué me he convertido. Ando por los oscuros días como un esqueleto sin huesos; mi linterna interna está apagada. Y no veo nada, o sí la veo. Y el sentido del humor cada vez se esfuma más y más veloz y sin sentido, desgastándose por la erosión de las espinas de la oscuridad. Y cuando hay atisbos de luz, duele que te desesperance la esperanza, que te digan que todo irá a mejor basándose en el maldito tópico de la puta bola de nieve rodante. Sí, será cierto que crecerá y crecerá engordando durante su transcurso. Pero luego deberá desgastarse también dejando cada vez más restos de nieve por la carretera que siga. Como migas de pan que no va a volver a poder recuperar ni seguir nunca.
Como recuerdos.
O simplemente la crecida bola puede deshelarse y fundirse por el calor sin sol. Quizá elija la segunda opción. Supongo que es un ciclo, pero me duele el desequilibrio cuando la bola nunca se deshace ni derrite si hablamos de oscuridad. Solo engorda. Al menos me quedan las telas de araña que no tejieron para mí para arroparme en la cama de las noches. Y como el trabalenguas: No hay deshollinador que desholline toda esta mierda que se ha formado. Y no lo entiendo, nunca encendí mis chimeneas. Y a veces, (quizá por eso) a veces, no voy. A veces no voy a la vida. En mi paranoia mortal las chispas bailan y saltan y gritan de tristeza, y en mi mundo interno todo el mundo está muriendo sin control. Parece que solo me quedan dos corazones, ambos bajo escroto. Que el cerebro se ha ido por el sumidero del tiempo mal invertido, y me laten las costillas gastadas, desgastadas, para hacerme creer que sí queda algo aún ahí dentro, que el corazón
aún lo hace.
Me estoy acostumbrando a no vivir. Perro herido, pero existo, dicen. Ahora mismo tal vez solo me alegre vuestro odio, pero es mi cabeza; aún así: No lo siento.
Solo sigo a las estrellas sin mirarlas, ni escucharlas por su voz, como antes. Y nosotros nacimos y entre todos creamos la ironía. Que solo a estos días sobreviven sin perder un poco de nieve los cobardes, que riegan su fría esfera con nueva nieve y vida artificial. Los demás hemos de morir… O más bien pasar por esta muerte vivos. Dañan las faltas de vejaciones que acometen contra mí todas y cada uno de vuestras presencias, y me faltan las ganas también. Y cuando me chillen desde lo alto que deje lo que me chamusque y me derrita más rápido, cuando me chillen para que lo deje, no pienso hacerlo; pues ya será al desgarro al que pienso agarrarme.