El lago dorado
Sin saber como ni por qué,
sobre una mecedora y pipa en mano,
en el porche de una cabaña,
sin más horizonte que la línea
uniendo cielo y tierra,
allí me hallaba sentado,
contemplando el dorado atardecer
que caía sigilosamente en aquel lago.
Nenúfares adormeciéndose en la superficie,
dejaban entrever su delicada belleza.
Majestuosos pinos dominando la Naturaleza,
se levantaban entre vastos arbustos,
mientras los grillos con su grillar,
daban la bienvenida al ocaso.
Allí me encontraba sentado,
prendado de su hermosura,
observando con admiración
los últimos rayos que el astro Rey
posaba sobre el lago dorado.
Entretanto, la Luna con su blanco nieve,
de azul...
la sombría noche iba matizando.
Allí, sin moverme,
abrazado por el silencio,
cobijado por el sosiego,
donde la pena no llegaba,
el deseo no existía
y el olvido habitaba,
en donde la soledad era amable
y la quietud reinante...
¡Donde mejor sino podía estar
y sin embargo no estoy
porque estaba soñando!
Ganas tengo pues
en que arribe la noche,
dejar todo a un lado
para sumirme de nuevo…
en el lago dorado.
Luis
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