Nunca lo hablé con nadie, hasta ahora que lo hago desde mis cenizas. Tampoco es que haya vivido nada tan trascendental que no estuviera arraigado a mi niñez. Aquel sonido lejano no solo me alertó a mí. Éramos varias las cabezas de niños las que íbamos hacia el pueblo. Atardecía. Momento que no se nos permitía salir por los alrededores. Vivíamos bastante retirados.
La hoguera se encontraba en sus primeros brotes. En el mismo centro del pueblo. Sin que se viera un alma adulta por los alrededores. El sonido; ahora de horror, era propiciado por animales de granja. Estaban encadenados a la pila del fuego, muy alta, hecha con muebles de todo tipo, enceres caseros y ropas. Vivos. Los chillidos de una pareja de enormes cochinos eran, por así decirlo, de alarma. Los más oprimidos. La escena escapaba a mis ojos, hasta que de su alto cayó hacia un lado el brazo de un cadáver. De hombre. Salí corriendo. Perseguida por una imagen que no olvidaría. De trastoco.