joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
La actividad comercial de los sábados era bastante dinámica. Muchos clientes de los sitios aledaños venían a comprar las provisiones para estar abastecidos durante la semana. La tienda de Francisca era el sitio de reunión por la diversidad de productos ofrecidos. Ella atendía con presteza por orden de llegada a través de la experiencia adquirida. Algunos, en tiempo de espera, disfrutaban las frías cervezas para calmar las ansiedades. La mañana transcurría sin muchos sobresaltos y de pronto entró un desconocido. Saludó y de improviso, comenzó a dar tumbos como un borracho hasta caer al piso. Fue atendido de inmediato por la dueña de la tienda ayudada por dos clientes. Lograron sentarlo y después de ingerir unos sorbos de agua fría, emitió una tímida vocecita:
-¿Qué me pasó?-
-Usted cayó al piso sin son ni ton. ¿Cómo se siente?-
-Ya se me está pasando-
Haciendo un gesto atrayente con la mano, hizo que la propietaria acercara el rostro y con voz muy baja le dijo:
-Su esposo me envió para que me entregue cuarenta fuertes de plata para hacer una limpieza. Aquí hay un espíritu negativo y yo puedo ayudarla-
La mujer oyó con sorpresa la afirmación y un poco incrédula, soltó las preguntas:
-¿Y cómo puede ayudarme? ¿Dónde usted vio a mi esposo?-
-Él está en la gallera. Allí me habló del tema y dijo que le informara su decisión. Yo hago trabajos de limpiezas espirituales con sahumerios, tabacos y oraciones-
Con una mano en el codo y la otra mano en la barbilla, Francisca movió los ojos y boca con una actitud de duda.
-Bueno señor. Estoy dispuesta a acceder pero en este momento no tengo la cantidad completa. Si usted pasa dentro de una hora, le entrego los cuarenta fuertes de plata-
El hombre con semblante tranquilo, salió sin rastro alguno de debilidad.
Los minutos pasaron imperceptibles para la tendera. Llegado el momento, el hombre apareció puntual con una enorme sonrisa de satisfacción. Frotándose las manos dijo:
-¡Señora. Ya estoy aquí!-
Ella, con la mano abierta a la altura del rostro, bajó la mirada dejando ver con claridad la señal de espera. Atendió a un cliente y de inmediato, abordó al curandero.
-Caramba señor. Tengo pena con usted pero no pude completar las monedas. Vamos a dejar ese trabajo para otro día porque no cuento con esa cantidad.
-¡Pero señora. Es un mandato de su marido!-
-Sí. Yo lo sé pero la que maneja los reales soy yo y no voy a entregar dinero alguno-
El hombre, con síntomas de ofuscación, salió del local y cuando caminaba, con ambas manos limpiaba insistente la parte trasera del pantalón.
Cuando en la tarde León regresó de la gallera, ella lo enfrentó.
-León. ¿Tú mandaste a buscar unos reales con un hombre hoy en la mañana?-
-¡Yo! Yo no he mandado a nadie-la sentencia fue seca.
Con la respuesta del marido, sin más palabras, Francisca sólo le quedó sonreír mostrando una bella y amplia sonrisa de satisfacción mientras decía para sí misma:
-¡Lo sabía! ¡Yo lo sabía! ¡Yo no juego fuertes a real!
-¿Qué me pasó?-
-Usted cayó al piso sin son ni ton. ¿Cómo se siente?-
-Ya se me está pasando-
Haciendo un gesto atrayente con la mano, hizo que la propietaria acercara el rostro y con voz muy baja le dijo:
-Su esposo me envió para que me entregue cuarenta fuertes de plata para hacer una limpieza. Aquí hay un espíritu negativo y yo puedo ayudarla-
La mujer oyó con sorpresa la afirmación y un poco incrédula, soltó las preguntas:
-¿Y cómo puede ayudarme? ¿Dónde usted vio a mi esposo?-
-Él está en la gallera. Allí me habló del tema y dijo que le informara su decisión. Yo hago trabajos de limpiezas espirituales con sahumerios, tabacos y oraciones-
Con una mano en el codo y la otra mano en la barbilla, Francisca movió los ojos y boca con una actitud de duda.
-Bueno señor. Estoy dispuesta a acceder pero en este momento no tengo la cantidad completa. Si usted pasa dentro de una hora, le entrego los cuarenta fuertes de plata-
El hombre con semblante tranquilo, salió sin rastro alguno de debilidad.
Los minutos pasaron imperceptibles para la tendera. Llegado el momento, el hombre apareció puntual con una enorme sonrisa de satisfacción. Frotándose las manos dijo:
-¡Señora. Ya estoy aquí!-
Ella, con la mano abierta a la altura del rostro, bajó la mirada dejando ver con claridad la señal de espera. Atendió a un cliente y de inmediato, abordó al curandero.
-Caramba señor. Tengo pena con usted pero no pude completar las monedas. Vamos a dejar ese trabajo para otro día porque no cuento con esa cantidad.
-¡Pero señora. Es un mandato de su marido!-
-Sí. Yo lo sé pero la que maneja los reales soy yo y no voy a entregar dinero alguno-
El hombre, con síntomas de ofuscación, salió del local y cuando caminaba, con ambas manos limpiaba insistente la parte trasera del pantalón.
Cuando en la tarde León regresó de la gallera, ella lo enfrentó.
-León. ¿Tú mandaste a buscar unos reales con un hombre hoy en la mañana?-
-¡Yo! Yo no he mandado a nadie-la sentencia fue seca.
Con la respuesta del marido, sin más palabras, Francisca sólo le quedó sonreír mostrando una bella y amplia sonrisa de satisfacción mientras decía para sí misma:
-¡Lo sabía! ¡Yo lo sabía! ¡Yo no juego fuertes a real!