¡Pobre hombre!
Se debate en el silencio
de una amarga soledad,
vencido por el destino,
sin amparo y sin hogar.
Abatido en el camino
de un mundo frío e injusto,
clava su vista en el cielo
buscando alivio en su seno.
Siendo niño ya sintió
la ternura de unas manos,
la sosegada sonrisa,
el corazón abrazado.
Hoy nadie le ve llorar,
sus lágrimas están secas,
su vida se va apagando
entre sombras y flaquezas.
¡Pobre hombre!
En el cielo no habrán ángeles,
tampoco aquí, en la tierra...
Pero existen las miradas
que son caricia y entrega.