Évano
Libre, sin dioses.
Tú no eres del color que reflejas —que es el que vemos—, sino del color que no reflejas.
La oscuridad absoluta no existe porque una de las cuatro fuerzas fundamentales del universo, la electromagnética —causante de la luz y la oscuridad— está en todos los rincones del universo en mayor o menor medida. Sólo si estuvieras dentro, o en las cercanías de ese agujero negro, o bajo el frío absoluto —ese cero de —273,15 grados inalcanzable—, estarías dentro de la oscuridad total; y ni así, porque siempre queda una energía residual aunque las partículas carezcan de movimiento debido a tanto frío. Por ello no existe la oscuridad.
Los colores tampoco existen, son ondas que perciben las células de algunos animales y que usa nuestro cerebro para engañarnos, una vez más.
Por lo tanto, la primera frase, el primer párrafo de este ensayo, no dice la verdad, o dice una verdad a medias — como los telediarios españoles—, una verdad que conviene para que nuestros átomos se aferren a algo y no exploten o se vayan cada uno por su lado. Es decir, a la porra o el quinto pino.
El Sol expulsa energía blanca, la que contiene a todos los colores, a todas las ondas. Luego, son los cuerpos, los objetos en los que impactan los rayos los que absorben el color que quieren o pueden, y expulsan, reflejan, los colores que nuestros ojos ven. Por lo tanto, todos somos unos mentirosos —cosa que yo siempre supe—. Todos engañamos aunque sea sin intencionalidad, aunque sea sin maldad. Así, podríamos afirmar, que somos lo contrario al color que expulsamos, lo contrario de la energía que reflejamos, lo contrario de las ondas y energía y magnetismo que recibe el otro. Y no olvidemos que la energía, como la luz, ni se crea ni se destruye, por lo que el que es de una manera lo será así por toda la eternidad. Que le den dos velas al que le duela.
Pero sí se transforma, la electromagnética sí se transforma, por lo que apúrate para decorar tu obscuridad con muchas lucecitas de colores, alumbra tu alma con buenas acciones, recibe solo a buenas acciones exteriores para que lo que reflejes sean buenos colores, buenas acciones, buenas ondas, buenos magnetismos
Por eso mismo, he aquí la importancia de juzgar por los hechos y no por los hábitos del monje, porque los actos no engañan. El resto: voz, color, gestos, zapatos, camisas, misas, corbatas, harapos, un potaje de garbanzos con su sabor, una moza de Albacete, un beso, una palmada en el culo... esto sí que engaña —no siempre, claro—, son cosas, objetos relativos y no absolutos como dar de comer a tu perro, ayudar a cruzar a un ciego la calle para que lo atropelle un coche, besar a un mendigo sin tener una enfermedad contagiosa... En fin, ya me entienden.
Por último, diré para acabar mi primer ensayo, que cada persona es un compendio de billones y billones de átomos (cada uno con sus respectivos protones, electrones, neutrones, bosones...), en fin, que somos una burrada de átomos de hierro, fósforo, azufre... y en cada uno de ellos incide la fuerza electromagnética (en conjunto con la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte y la gravedad. Pero esto es otra historia y si nos metemos en ella sí que explotaremos como un botijo en Mercurio), la fuerza electromagnética, decíamos, es la causante de las luces y las sombras, lo que somos, que es lo que nos quedamos para nosotros.
O sea: cuidadín con los actos diarios de cada día, y de cada noche.
La oscuridad absoluta no existe porque una de las cuatro fuerzas fundamentales del universo, la electromagnética —causante de la luz y la oscuridad— está en todos los rincones del universo en mayor o menor medida. Sólo si estuvieras dentro, o en las cercanías de ese agujero negro, o bajo el frío absoluto —ese cero de —273,15 grados inalcanzable—, estarías dentro de la oscuridad total; y ni así, porque siempre queda una energía residual aunque las partículas carezcan de movimiento debido a tanto frío. Por ello no existe la oscuridad.
Los colores tampoco existen, son ondas que perciben las células de algunos animales y que usa nuestro cerebro para engañarnos, una vez más.
Por lo tanto, la primera frase, el primer párrafo de este ensayo, no dice la verdad, o dice una verdad a medias — como los telediarios españoles—, una verdad que conviene para que nuestros átomos se aferren a algo y no exploten o se vayan cada uno por su lado. Es decir, a la porra o el quinto pino.
El Sol expulsa energía blanca, la que contiene a todos los colores, a todas las ondas. Luego, son los cuerpos, los objetos en los que impactan los rayos los que absorben el color que quieren o pueden, y expulsan, reflejan, los colores que nuestros ojos ven. Por lo tanto, todos somos unos mentirosos —cosa que yo siempre supe—. Todos engañamos aunque sea sin intencionalidad, aunque sea sin maldad. Así, podríamos afirmar, que somos lo contrario al color que expulsamos, lo contrario de la energía que reflejamos, lo contrario de las ondas y energía y magnetismo que recibe el otro. Y no olvidemos que la energía, como la luz, ni se crea ni se destruye, por lo que el que es de una manera lo será así por toda la eternidad. Que le den dos velas al que le duela.
Pero sí se transforma, la electromagnética sí se transforma, por lo que apúrate para decorar tu obscuridad con muchas lucecitas de colores, alumbra tu alma con buenas acciones, recibe solo a buenas acciones exteriores para que lo que reflejes sean buenos colores, buenas acciones, buenas ondas, buenos magnetismos
Por eso mismo, he aquí la importancia de juzgar por los hechos y no por los hábitos del monje, porque los actos no engañan. El resto: voz, color, gestos, zapatos, camisas, misas, corbatas, harapos, un potaje de garbanzos con su sabor, una moza de Albacete, un beso, una palmada en el culo... esto sí que engaña —no siempre, claro—, son cosas, objetos relativos y no absolutos como dar de comer a tu perro, ayudar a cruzar a un ciego la calle para que lo atropelle un coche, besar a un mendigo sin tener una enfermedad contagiosa... En fin, ya me entienden.
Por último, diré para acabar mi primer ensayo, que cada persona es un compendio de billones y billones de átomos (cada uno con sus respectivos protones, electrones, neutrones, bosones...), en fin, que somos una burrada de átomos de hierro, fósforo, azufre... y en cada uno de ellos incide la fuerza electromagnética (en conjunto con la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte y la gravedad. Pero esto es otra historia y si nos metemos en ella sí que explotaremos como un botijo en Mercurio), la fuerza electromagnética, decíamos, es la causante de las luces y las sombras, lo que somos, que es lo que nos quedamos para nosotros.
O sea: cuidadín con los actos diarios de cada día, y de cada noche.
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