José Galeote Matas
Poeta que considera el portal su segunda casa
Recuerdo una mañana, gélida y soleada,
hiriendo con su filo, cartón, manta y pobreza,
y a aquel solemne viejo, insólita entereza
de rancia reciedumbre por fuego y flor forjada.
Recuerdo a aquel dïablo, su ronca carcajada
riéndose del mundo, su voz en la riqueza
del lúcido discurso de cátedra y grandeza
muestrario de su esencia febril y sosegada.
Recuerdo su enseñanza de paz y de renuncia,
recuerdo su amnistía al ego y su pasado,
recuerdo su reclamo, recuerdo su denuncia
a honores que encadenan la sangre a su legado.
Subió al cielo Millambres, lucero es ya que anuncia
el álgido sendero brillante y anhelado.
José Galeote Matas (España)
P.D. Es el único soneto alejandrino que he compuesto.
MILLAMBRES (con mayúsculas) era un anciano doctorado en Letras, de buena y con buena familia, y que negros azares en su vida, lo llevó a convertirse en un indigente y vagabundo.
Malvivía en una choza de cartón, cañas, y mantas, en un descampado del barrio obrero de Barcelona en el que yo (hijo de andaluces emigrantes obreros) vivía. Entre mis 15 y 17 años, yo, y mis amigos (hijos adolescentes, como yo, de emigrantes obreros), hacíamos corrillo, sentados en el suelo, frente a su choza, para escucharlo. Nos hablaba de filosofía, de Historia, de la esencia del ser humano, de la Sociedad.
Un día, amaneció muerto en su choza, recuerdo que sus pies sobresalían de la misma (fue en mis 17 años), y el nombre de MILLAMBRES fue un clamor en todo el barrio (se le quería, los habitantes del barrio lo ayudaban en sus necesidades básicas), sí, su nombre resonó de calle en calle.
Dejó profunda huella en mí, y cuando lo recuerdo se humedecen mis pupilas.